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El Gobierno de EE UU estudia las opciones a su alcance para restaurar la democracia en Haití

El presidente norteamericano, Bill Clinton, contrapesa las opciones a su alcance para restaurar la democracia en Haití, pero a medida que se acerca el plazo dado por las Naciones Unidas para imponer sanciones si los militares no abandonan el poder, la posibilidad de una intervención militar se presenta como una baza a la que Estados Unidos tendrá que recurrir antes o después. El principal riesgo de esa alternativa es que nadie le puede garantizar en este momento al presidente norteamericano si será tan exitosa como Panamá o tan desastrosa, por lo contrario, como en el caso de Somalia.

"Nosotros no queremos una acción militar ni la estamos provocando, pero es cierto que los acontecimientos van cerrando todos los caminos de solución del conflicto", dijo esta semana un alto funcionario de la Administración norteamericana al referirse al asunto.El Gobierno estadounidense quiere esperar unos días para comprobar la reacción de los militares haitianos a la entrada en vigor de las drásticas medidas de embargo económico que la ONU impondrá a partir del próximo 21 de mayo. Pero lo cierto es que casi nadie en Washington confía, en que esas sanciones sirvan para algo más que para hacer más dura la vida de la población haitiana.

En cierta medida, las sanciomes podrían incluso acelerar los acontecimientos en Haití, puesto que las más difíciles condiciones económicas, unidas al hecho de que Bill Clinton entreabrió la pasada semana la puerta a los refugiados políticos procedentes de aquel país, podrían incrementar considerablemente los niveles de emigración haitiana a territorio norteamericano.

Problema determinante

Ese es un problema determinante en este asunto. Bill Clinton, que acusó a su antecesor de conducir una política "inhumana", contra los refugiados haitianos a los que se obligaba a regresar a su patria, tuvo despues que repetir ese mismo comportamiento restrictivo ante la avalancha migratoria.Con ello, la imagen de Clinton y su política de derechos humanos sufrieron considerablemente. Desde ese momento, el presidente de Estados Unidos se comprometió públicamente a devolver la democracia al país del Caribe y ha hecho de ello casi un asunto personal.

Por encima de Oriente Próximo, Ruanda o Bosnia, desde hace dos semanas Haití es la prioridad número uno del equipo que conduce la política exterior norteamericana. Haití, es también, a diferencia de esas otras crisis, un conflicto en el que Estados Unidos tiene la última palabra. Ni el Gobierno norteamericano puede esconder aquí su responsabilidad como lo hace en otras partes ni nadie parece capaz de frenar.los planes estadounidenses en esa región del mundo.

Aunque a lo largo de esta semana la Casa Blanca ha desmentido en dos ocasiones otras tantas informaciones sobre planes precisos para invadir Haití publicadas por la prensa nacional, el Gobierno norteamericano, que..insiste en que se trata de una alternativa que no está descartada, hace movimientos que indican que está estudiando los pros y los contras de la solución militar en el país del Caribe.

El último de ellos es la visita que la próxima semana efectuará a Canadá el secretario de Defensa, William Perry. El objetivo oficial del viaje es comprobar la disposición de ese país a contribuir con tropas a una eventual fuerza internacional en Haití que sirviera para reconstruir sus fuerzas armadas una vez que los actuales jefes militares ya se hayanido.

Pero al mismo tiempo Perry discutirá de cerca con el Gobierno canadiense el rechazo expresado por el. ministro de Relaciones Exteriores de ese país, André Ouellet, a una intervención militar.

Un pacto regional

Para echar mano de esa alternativa, EE UU necesita construir previamente un cierto consenso regional. Por el momento, a excepción de Argentina, que ha defendido el uso de la fuerza, otros países latinoamericanos de peso, como Brasil, Colombia y Venezuela, se han mostrado en contra de intervenir en Haití. Uno de los factores favorables a la invasión es la escasa amenaza que, según los expertos, representan las Fuerzas Armadas haitianas.Estados Unidos podría, aparentemente, desarrollar una operación rápida con un reducido número de bajas e instalar inmediatamente un presidente, Jean Bertrand Aristide, que espera en su exilio de Washington ese momento.

Fuerzas de Naciones Unidas, con Estados Unidos a la cabeza, crearían después un Ejército fiel a Aristide, y los norteamericanos podrían salir de allí con el trabajo cumplido. El ex presidente Geórge Bush, que realizó con éxito dos operaciones militares durante su mandato, ha desaconsejado, sin embargo, que su país se meta en esa aventura en Haití.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de mayo de 1994

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