Ilegalidad en la casa de la ley
"Los contrayentes podrán traer a la boda sus propios fotógrafos", reza en un cartel colocado en una sala de los juzgados de la calle de Pradillo, donde se celebran los matrimonios civiles en Madrid capital. La guerra de los 20 fotógrafos que allí trabajan por conseguir a su parejita empieza en la escalinata.
"Soy el fotógrafo de la sala", se presentó el jueves un hombre mayor y bajito a la pareja: una morena de traje minifaldero y un chaval de esmoquin. "Le recomiendo que utilice mis servicios, porque le saldrán las fotos más baratas y de calidad". Así se vendía el fotógrafo. Todos ellos cobran 900 pesetas por instantánea. Los novios se quedaron sorprendidos. "No, muchas gracias". Les inmortalizó un amigo con cámara, que debió de atenerse a la advertencia de la juez: "Que no salgan funcionarios y magistrados".
Los fotógrafos de Pradillo dicen que no imponen a nadie sus fotos. "Para persuadir a las parejas no utilizamos métodos violentos ni avasallamos a nadie", dicen. "¿Vas a publicar esto? Que nosotros sepamos, nunca han existido incidentes por culpa de las fotos", asegura uno.
Pero Eduardo, un fotógrafo profesional que se casó hace diez días, cuenta otra historia. Cuando estaba esperando ante el juez, uno de los fotógrafos se le acercó, desafiante, y le dijo:
-Aquí somos nosotros los que hacemos fotos. Estamos aquí trabajando, que se marche ése.
-Lo siento -repuso el novio-, pero yo soy un profesional y sé que aquí no hay exclusivas. Además, en un cartel se especifica que puedo traer mi fotógrafo.
-Aquí estamos nosotros, le repito, y vivimos de esto.
-Te comprendo, pero no necesito que me hagas las fotos.
-(En tono amenazante) Está bien, pero ya sabes para la próxima (sic) cómo funcionan las cosas aquí.
Belén y Alejandro vivieron algo similar el pasado lunes. Una fotógrafa se acercó. "Tenemos nuestros fotógrafos", replicó la novia. La mujer contestó: "Ésos son unos aficionados, nosotros lo haremos mejor". Tras un nuevo cruce verbal, la fotógrafa se esfumó.
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