El Gobierno aleman inicia una ofensiva lingüística en Europa Central y Oriental

El presupuesto para el Instituto Goethe en el extranjero es de 35.000 millones de pesetas

El nuevo mapa geopolítico de Europa repercute también en el ámbito de las lenguas. El Instituto Goethe, el arma cultural del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, por deseo expreso del canciller Helmut: Kohl, ha iniciado una ofensiva lingüística en Europa Central y Oriental. Con un presupuesto de unos 35.000 millones de pesetas, sus 3.626 empleados mantienen abiertos 161 institutos en 78 países, en los que estudian anualmente unos 90.000 alumnos. A esta cifra se añaden 28.000 estudiantes de los 16 centros en Alemania, cuyo número ha disminuido desde el recrudecimiento de la xenofobia en el país.

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En Europa, el alemán es la lengua materna de algo mas de 90 millones de personas -60 millones hablan inglés y 62 francés- y uno de los nueve idiomas oficiales de la CE, pero, pese a ser mayoritario, Bonn no ha conseguido imponerlo como idioma de trabajo en las instituciones europeas, aunque lo intentara recientemente el propio canciller con una carta a Jacques Delors en la que alegaba supuestos perjuicios por ello para la administración y economía alemanas. Perdida la escaramuza en el frente occidental, queda el frente oriental. Según Horst Harnischfeger, secretario general del Instituto Goethe, "los cambios políticos en el centro y este de Europa nos han presentado una oportunidad de cooperación que antes no teníamos".Lo cierto es que en la Mitteleuropa de resonancias germánicas el alemán fue durante siglos la auténtica lingua franca, como lo prueban los numerosos personajes alemanes que se pasean por las novelas de Dostoievski, o los Gabinetes de los zares rusos -especialmente, Catalina la Grande, ella misma alemana-, o el primer congreso paneslavo celebrado en 1848 en Praga, donde el idioma de trabajo era el alemán, como relata un sorprendido Karl Marx. Mucho se perdió tras la II Guerra Mundial y durante la guerra fría. Pero la vieja lengua de Lutero se ha vuelto a abrir paso por el Danubio. De un total estimado de 20 millones de estudiantes de alemán en todo el mundo, 13 se encuentran en la Europa Central y del Este.

En Bulgaria, Polonia, Rumania y Hungría el alemán compite ventajosamente con el francés y el inglés. En estos lugares, el 40% de los alumnos de instituto opta por el alemán. El problema es que faltan centros, pero la decisión política de Bonn de apoyar la expansión del idioma empieza a dar sus frutos. Por iniciativa personal del canciller, el Estado alemán invertirá, hasta 1995, 45 millones de marcos anuales (unos 35.000 millones de pesetas) en la construcción de una red de institutos en esta región. Actualmente se realizan gestiones para establecerse en San Petersburgo, Kiev, Minsk y Almá Atá (Asia). La cifra, aunque parezca alta, queda muy por debajo de lo que exige la demanda. Sólo en Polonia faltan 9.000 profesores.

Los fondos destinados al el Este, sin embargo, escasean en otras partes del mundo. En los últimos años se han cerrado unas 20 bibliotecas de institutos a las que "se les daba poco uso". Entre otras, las de Accra, Bogotá, Casablanca, Kinshasa y Dar ese Salam. En otros lugares se salvaron gracias al apoyo de instituciones privadas, como en Amsterdam y Brasilia. Es el precio que la cultura paga por el pragmatismo de la enseñanza de la lengua.

Incluso el actual director del departamento de cultura, Lothar Wittmann, pone el énfasis en la enseñanza de la lengua, aunque insista en que no hay que olvidarse de la colaboración en materia cultural; por ejemplo, en la conservación del patrimonio. La restauración de órganos de bambú en Malaisia o la conservación de manuscritos del Corán, según Wittmann, tienen como efecto "la creación de una imagen del alemán que no quiere dominar al otro ni manipularlo, sino conocerlo".

Este aspecto, el de la imagen alemana en el extranjero, es la otra gran labor del Goethe. Si, tras la unificación, la emergencia de un Estado gigante en el centro de Europa levantó temores entre los vecinos, los actos de violencia racista que se suceden actualmente no son precisamente el mejor medio para tranquilizarlos. En este sentido, considera el Gobierno alemán, que es fundamental una política cultural. que minimice las crispaciones y los conflictos y que ayude a contrarrestar el efecto del racismo en la opinión pública internacional.

El propio instituto, cuyo número de alumnos extranjeros en Alemania se ha reducido en un 25% desde que se inició la ola racista, recoge recortes de la prensa mundial sobre la violencia neonazi para encuadernarlos bajo el título: La imagen de Alemania en el extranjero.

Las sedes españolas

En España hay dos institutos, uno en Madrid, en la calle de Zurbarán, y otro en Barcelona, en la Gran Vía de les Corts Catalanes. El de Madrid organiza cursos y actividades en San Sebastián, Granada, Sevilla, Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria. Con 38 empleados, una biblioteca de unos 25.000 tomos y más de 20.000 horas de clases de alemán al año, tiene previsto para finales de 1993 una serie de conferencias sobre la Convención Europea contra el Racismo, en colaboración con los institutos culturales de Francia, Italia y del Reino Unido.En Barcelona, el número de empleados y alumnos es muy inferior al de Madrid, pero se realiza casi el doble de actividades culturales. Así, está finalizando en estos días la exposición documental Ser o no ser-la destrucción industrial de la naturaleza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0004, 04 de octubre de 1993.