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Crítica:

Los 'garriris', en la playa

Además de contarse entre los pobladores más tempranos del universo de Mariscal, los garriris siguen siendo de lo mejor que ha salido de la exuberante y entrañable imaginación del gran artista valenciano. Parientes lejanos y mediterráneos del primer Mickey -o fruto, tal vez, de un desliz canino de Minnie, que los responsables de imagen de la Disney & Company se ocuparon de silenciar eficientemente-, Fermín y Pi quer han sabido, como su autor, juntar años y ganarse el rango de mitos sin perder, por ello, ni un ápice de su frescura golfa y entrañable.Tal vez por eso, y por encarnar el aliento más íntimo y vivo del espíritu de Xavier Mariscal, los garriris protagonizaron en el pasado muchos de los momentos más felices de las primeras incursiones de su creador en los terrenos de la pintura. Confesándome desde siempre como un rendido admirador del hacer de Mariscal, mantuve, sin embargo, durante años, cierta reserva frente a su, por así decir, faceta de pintor, entendiendo que ésta no siempre alcanzaba, lamentablemente, la intensidad y contagioso desenfado a los que, en sus restantes vertientes creativas, nos tenía acostumbrados. Pues bien, por regla general, la aparición de los garriris fue, en esos casos, garantía de excepción. Con ellos, la pintura de Mariscal se dejaba fácilmente contagiar por esa mordaz e irreverente energía que impregna, desde siempre, las restantes áreas de su invención y que, finalmente, acabó por presidir la excelente saga interplanetaria de su última muestra madrileña, con diferencia la mejor de las presentadas por él, hasta entonces, en esta plaza.

Mariscal

Galería Moriarty. Almirante, 5, lº. Madrid. Hasta el 15 de mayo.

La que ahora nos ofrece no tiene tampoco nada que envidiar a los logros y al talante acuñados por la exposición anterior. Con los garriris como amos y señores de todo el ciclo, Mariscal insiste aquí, de un modo particular, en esa línea de pinturas sobre cristal que, de siempre, le permiten obtener imágenes de una particular consistencia y claridad, sin diluir en nada la energía espontánea que caracteriza a otros aspectos de su universo gráfico.

Devorador de imágenes

Tanto en esas piezas como en las que establecen un quiebro irónico más literal en tomo al cuadro como objeto, la exposición centra su tema en tomo a unas vacaciones de los garriris junto al mar, en una isla mediterránea. Nada que ver, por supuesto, con el archipiélago de Hölderlin. Lo suyo son, como corresponde al paisaje íntimo de Mariscal, playas de chiringuitos y sombrillas multicolores, y mares con patines a pedal o barcos de vapor en el horizonte.La muestra tiene también, a la postre, otra sorpresa adicional. Acaparador voraz de toda clase de imágenes y lenguajes, que recrea en un gesto inconfundible, Mariscal parece haber querido, en esta ocasión, hacer partícipes a los demás de la esencia inefable de su juego. En la sala, un equipo de diseño gráfico por ordenador, con un programa especialmente concebido, se encuentra a disposición de quien quiera, a su aire e invención, poblar de garriris y veleros, "a la manera de Mariscal", sus propios paisajes marinos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de abril de 1993