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Crítica:CINE

Un gigante escondido

Una, por fin, arriesgada -últimamente el cineasta estaba haciendo juegos malabares de radicalismo oportunista y más de fachada que de fondo- película de Spike Lee. Se jugó con su enfoque militante y con las desmesuradas tres horas y media de esta densa biografía del celebre agitador político Malcolm X, hasta las pestañas y, para poder terminarla, tuvo que sacar, bien sacado, dinero de debajo de las piedras.La enigmática figura de aquel indomable y magnético personaje, orador excepcional y punta extrema de la estampida hacia adelante de la sublevación de la población negra estadoundiense contra el esclavismo residual durante la época de John Kennedy, se agigantó de pronto -y tras un calculado olvido prefabricado- en las últimas y terribles luchas raciales de Los Angeles, que fueron milimétricamente vaticinadas, décadas antes, por el don profético de Malcolm X.

Malcolm X

Dirección: Spike Lee. Guión: Arnold Peer. Fotografía: Ernest Dickerson. Música: Terence Blanchard. Intérpretes: Denzel Washington, Angela Basset, Albert Hall, Al Freeman, Delroy Lindo, Spike Lee. Estados Unidos, 1992. Estreno en Madrid: cines Proyecciones, Real Cinema, Ideal y, en versión original, Renoir.

Este don profético se destapó cuando Malcolm X rompió las mordazas que le impusieron las mafias negras musulmanas -los Black Muslims, desde las que saltó a la popularidad- y se convirtió, durante los años sesenta, en un islote de respuesta total a Washington. Desde entonces, insobornable y solitario, consciente de que su destino era morir pronto y a tiros -de ahí su vertiginosa, prisa en hacerse oir-, Malcolm X emprendió un combate suicida, a tumba abierta, simultáneamente contra el poder blanco y contra la moderación, tendencia al pacto de circunstancias del ala conservadora de la sublevación, representada por la figura apacible y mesiánica de Martin Luther King, asesinado también pocos años después.

Para Spike Lee, la vida de este singular hombre es una clave indispensable para entender -no solo el fondo sino también las imposturas fabricadas por el stablishment-blanco para ocultar este fondo- la historia negra de Estados Unidos. Por ello no escatima a su filme, consecuente con esta visión exaltadora del personaje, rasgos didácticos casi machacones, destinados a identificar a Malcolm X como un faro iluminador de una tragedia futura que ahora comienza ser tragedia presente.

De ahí que Malcolm X arranque del gancho y de la herida de una escena documental atroz sacada de la aludida sublevación negra en los Angeles, que es el disparadero social de la consigna "Yo soy Malcolm X" -rara especie de "Fuenteovejuna soy yo"- con que el cineasta llena de dardos políticos envenenados a este inteligente y, en ocasiones, magnífico, ejercicio de cine de agitación.

La primera parte del filme es una maravilla: captura combinando humor, dolor y violencia. Luego, en la indagación de Lee en la etapa de Malcolm X en la mafia Black Muslims, pierde fuerza: es prolija y está llena de subentendidos localistas. Pero en el último tercio del filme -gracias a un buen reparto y a la gran composición de Denzel Washington- Lee recupera la intensidad perdida y da al trágico destino de este, hoy casi desconocido, profeta político la energía que se merece: vuelve a capturarnos, aunque un poco tarde para convertir a esta interesante película en una obra redonda. No lo es, pero hay que verla: arroja mucha luz sobre una muy oscura zona de la historia de hoy.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de marzo de 1993

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