Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

El narrador de la modernidad

Juan Benet, autor de una obra que por su exigencia ha supuesto una de las influencias de más largo alcance en la literatura española, murió a la una de la madrugada de ayer, a los 65 años, a causa de un tumor cerebral descubierto hace tres meses: el 27 de septiembre, unas molestias en la cara le impidieron asistir al estreno teatral de un amigo. El novelista falleció en su casa de Madrid, acompañado por su familia y algunos íntimos. La noticia fue recibida ayer por los escritores con unánime reconocimiento hacia su obra. Constructor de un buen número de presas y puentes en España, su trabajo como ingeniero goza de idéntico prestigio y se confunde con sus libros, al haberle permitido conocer el territorio sobre el que creó su mundo: la desolada geografía de Región. El entierro será esta mañana a las diez en, La Almudena.

La irrupción de los narradores hispanoamericanos y el agotamiento del realismo social colocaron a la novela española a mediados de los sesenta en un callejón. La significación de Luis Martín-Santos, cuyo Tiempo de silencio (1962) no acababa de entenderse, más allá del compromiso político de su autor, y Cinco horas con Mario (1966), de Delibes, aunque bien re cibida no representaba una novedad formal de alcance. Un texto más rupturista, como Señas de identidad (1966), de Juan Goytisolo, se antojaba, quizá, como un es tímulo, sí, pero no un modelo.La aparición de Volverás a Región, en 1967, deslumbró, entusiasmó, conscientes público, críticos y escritores de que había sonado una nueva hora para la novela española. Volverás a Región fue para ésta lo que Arde el mar, de Gimferrer, para la poesía: e¡ comienzo de una nueva era, el cierre definitivo de la literatura marcada por la dictadura. No se trataba de que la novela fuera ahistórica. Al contrario: su fábula remitía a la guerra civil. Pero no era una cuestión de contenido, sino de forma, de estructura, de concepción global del género. Benet respondía, a más de 40 años, a las interrogaciones de Ortega cuando en sus Ideas sobre la novela (1925) recusaba los módulos de la narración tradicional y postulaba, bajo el impacto de Proust, la prevalencia irrestricta de la forma, con la consiguiente derogación de la narratividad (el qué pasa) y la conversión de aquélla en fundamento de la novela, si es que ésta quería aún tener vida. Poco importa ahora que el diagnóstico de Ortega fuera parcial. Lo que importa es que Ortega daba en el blanco de la evolución de un sector sustancial de la novela contemporánea, erigido en esos años en corriente hegemónica. La narrativa española no sintonizó con el diagnóstico orteguiano, como sí lo hizo la poesía. Los narradores agrupados en la orteguiana Nova Novarum distaron de responder a las exigencias estéticas del momento. Su maduración sería posterior (Ayala, Chacel). El cambio de clima que trajo la II República llevó a nuestra novela por otros senderos, y la guerra, civil hizo el resto. La apuesta por la modernidad quedó así en suspenso.

La novedad de Benet estribó en jugar esa apuesta, que pareció non sancta durante años. Todavía en los cincuenta Juan Goytisolo acusaba a Ortega de haber impedido una auténtica novela popular y realista española. Benet llegó después del populismo y del realismo. Era, curiosamente, un miembro de la promoción del 54. Frente al contenutismo extremo opuso un formalismo radical; frente a la sencillez alzó la complejidad; sustituyó la linealidad por el tratamiento múltiple del tiempo; desplazó el centro desde la narratividad a la forma: el qué pasa fue reemplazado por el cómo pasa. Simplemente, la revolución de la modernidad narrativa entraba, en la literatura castellana. Una modernidad puesta entre paréntesis, más que desconocida. Benet conectaba con ella, sin incurrir en ingenuidades experimentalistas, en su condición de degustador de la gran novela moderna anglosajona (Conrad, James, Stevenson, Woolf, Faulkner y Joyce), francesa (Proust) o germánica (Herman Broch). En otros ámbitos de la lengua, esas señales se habían asimilado en su momento. Martín-Santos, otro escritor de la promoción del 54, se hallaba embarcado en un propósito similar. Pero Tiempo de silencio, pese a su valerosa adaptación del Ulises joyceano, seguía guardando mucha relación con el mundo de los socialrealistas. Fue a partir de la irrupción de Benet cuando comenzó a valorársela de modo adecuado. Pero el autor de Volverás a Región iba bastante más lejos.Universo secretoPara empezar, ofrecía un universo, Región, marcado por el secreto, la gran clave de la modernidad. Este universo cifrado se explica desde dentro, obligado el lector a sumirse en el complejo desenvolvimiento de la frase narrativa benetiana, en una sintaxis que coincide al fin con enunciado total que es la novela. Este uso de la sintaxis es faulkneriano, pero también. deriva de Proust, de quien Benet toma la precisión en el matiz, la contemplación estática y demorada, la sugestión melódica, las construcciones metafóricas. Todo ello cristaliza en una prosa densa, batida, tan precisa como desrealizadora, que define, y acota un mundo voluntariamente ambiguo y oscuro, mítico e irónico. De Proust y Faulkner procede la constitución de un universo geográfico imaginario. Un universo inequívocamente español, localizable en sus correlatos en alguna comarca de León, pero autónomo, mítico como el Yoknapatawpha County de Faulkner o el Combray de Proust. Escenario aquí de una oscura historia (la guerra civil), ámbito de la ruina, Región sería ya el espacio dilecto de Benet.

La significación es clara: ha sido el padre de la modernidad narrativa en España. Los 25 años de nuestra narrativa desde Volverás a Región no se explican sin su presencia. Ha sido el maestro. Porque creó un un modo de novelar. Región forma parte ya de nuestra identidad cultural.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de enero de 1993