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Tribuna:

Contra la tolerancia

Es justa la alegría de los lexicólogos y de los editores cuando aparecen, al son de los tambores y trompetas de la publicidad, anunciándonos la entrada, de unos cuantos millares de palabras nuevas en sus diccionarios. Con el paso del tiempo, la lengua va perdiendo y ganando, se vuelve, cada día que pasa, simultáneamente más rica y más pobre: las palabras viejas, cansadas, fuera de uso, apenas resisten la frenética agitación de las palabras recién llegadas, y acaban por caer en una especie de limbo donde permanecen a la espera de la muerte definitiva o, en el mejor de los casos, del toque de la varita mágica de un erudito obsesivo o de un curioso ocasional, quienes de esta manera le darán todavía un breve destello de vida, un suplemento de precaria existencia, una última esperanza. El diccionario, imagen ordenada del mundo, se construye y se desenvuelve sobre tantísimas palabras que vivieron una vida plena, después envejecieron y languidecieron, primero generadas, después generadoras, como lo fueron los hombres y las mujeres que las hicieron nacer y de las que vendrán a ser, a su vez, y de modo simultáneo, señores y siervos.Crecen, pues, los diccionarios, se expanden continuamente, como universos alfabéticos, con sus entrelazadas constelaciones de verbos y pronombres, conjunciones y preposiciones, sustantivos y adjetivos, adverbios y tutti quanti. Serían vertiginosamente mayores si en ellos decidiésemos admitir las múltiples y multiformes formas verbales, serían un poco más breves si de ellos eliminásemos los antónimos, palabras en verdad innecesarias siempre que no perdiésemos de vista y de sentido la simple noción de los contrarios. Nos bastaría que el diccionario registrase, por ejemplo, las palabras "feliz", "felicidad", para que, por una especie de operación mecánica conmutativa, en seguida se nos presentasen en el espíritu, quizá ayudados por la experiencia, los estados y sentimientos alternativos, la lágrima en vez de la sonrisa, la tristeza en vez de la alegría. La ausencia de los antónimos no volvería mejor el mundo ni nos liberaría de la parte de negatividad cósmica del bien y del mal, pero representaría, sin duda, un ahorro considerable de celulosa y de papel, nada despreciable en los pródigos y desperdiciado res tiempos que vivimos.

De igual manera procederíamos con aquella detestada palabra que se escribe con las letras de la "intolerancia", sombra de nuestros días, pesadilla de nuestras noches, embrujo retornado al mundo cuando, ingenuamente estúpidos, la creíamos desterrada de él para siempre, tomada, cuando mucho, exclusiva de las relaciones entre perros y gatos, los cuales, como es sabido, no se pueden ni oler los unos a los otros. Así fuera lanzada la maldita, expulsada de una vez de los diccionarios, nos quedaríamos viviendo en la buena paz de su contraria, la humanitaria y dulce "tolerancia", mil veces cantada y alabada, diana inocente de arengas de parlamento y sermones de iglesia, pío consejo de padres bien educados a la prole esperanzadora, guía inmaculada de moralistas impenitentes y confiados, estrella y faro de editorialistas, y filósofos. "La tolerancia", proclaman a coro, para el caso, y aquí sin mayores primores de estilo, pero con excesos de convicción, "la tolerancia, señoras y señores, es lo mejor que hay". Habiendo dicho esto, y como si, por su boca y pluma, hubiese sido anunciada la más incontrovertible de las verdades, esperan de la simplicidad de la gente común -yo, vosotros, casi todos- que tomemos por oro de ley, contrastado y a prueba de falsificaciones, lo que, probablemente, no pasa de imitación engañadora, insuficiente y equívoca aproximación de un estadio que ya tarda: el de la instauración de una relación de igualdad auténtica, ontológica, por decirlo así, si los puristas no me prohíben la palabra, entre todos los seres humanos, sean cuales sean sus orígenes, razas, colores y religiones.

Con su implacable magistralidad, el diccionario afirma que "tolerancia" e "intolerancia" son prácticas y conceptos extremos e incompatibles entre sí, y, definiéndolos de este modo, implícitamente nos concita, con exclusión de alternativas posibles, a situarnos en otro de aquellos polos, como si, entre ellos o más allá de ellos, no existiese o no pueda llegar a existir otro lugar, el de la reunión y, perdónese la retórica, de la fraternidad. Para ese lugar no tenemos nosotros la palabra identificadora, la brújula, la piedra de toque. No está la palabra en el diccionario porque no tenemos en la inteligencia la conciencia fulgurante que representaría, y también porque no llevamos en el corazón (séame perdonada otra vez la retó rica) el sentimiento que le con feriría una definitiva humanidad: los hombres, al final, no pueden, antes del tiempo exacto, inventar las palabras de las que, sin saberlo o no queriendo saberlo, vitalmente ya necesitan.

Bien vistos los casos y los comportamientos, ¿qué es la tolerancia sino una intolerancia aún capaz de vigilarse a sí misma, temerosa de denunciarse a sus propios ojos, siempre bajo la amenaza del momento en el que las circunstancias la arranquen o la fuercen a dejar caer la máscara de buenas intenciones que otras circunstancias le habían pegado a la piel como si fuese aparentemente la suya propia? ¿Cuántas personas hoy intolerantes eran tolerantes todavía ayer? Tolerar (lo que dice el respetabilísimo diccionario de la Real Academia Española) es "sufrir, llevar con paciencia, disimular algunas cosas que no son lícitas, soportar, llevar, aguantar", dándose como ejemplo de todo esto una elocuente frase: "Mi estómago no tolera la leche". Así, académicamente abonado, el tolerante podrá siempre decir que su estómago, en realidad, no soporta negros ni judíos, ni nadie de esa raza universal a la que llamamos inmigrantes, pero que, en fin, teniendo en cuenta ciertos deberes, ciertas reglas, y no raramente ciertas necesidades materiales y prácticas, está dispuesto a sufrirlos, a llevarlos con paciencia, transitoriamente, hasta el día en el que la paciencia se agote o las ventajas vengan a padecer una disminución sensible.

La tolerancia y la intolerancia son los dos peldaños de una escalera que no tiene otros. Del primer escalón, que es el suyo, la tolerancia lanza hacia abajo, hacia la planicie donde se encuentran los tolerados de toda especie, una mirada que desearía ser, quizá, comprensiva, pero que, las más de las veces, va a buscar equivocadas formas de compasión y de remordimiento por cuenta ajena a su razón de ser y a su afirmación cívica. Desde lo alto del segundo escalón la intolerancia mira con odio a la multitud de los extranjeros de raza o nación que la rodean y con desprecio irónico a la tolerancia, pues claramente ve cómo ésta es frágil, asustadiza, indecisa, tan sujeta a la tentación de subir al segundo y fatal peldaño cuanto incapaz de llevar a consecuencias extremas su perpleja voluntad de justicia, que sería renunciar a ser lo que es -simple permisión-, para volverse identificación e igualdad. O igualancia, si una palabra nueva hace falta, aunque de bárbaro sonido.

Tolerantes somos, tolerantes continuaremos siendo. Pero sólo hasta el día en el que haberlo sido nos parezca tan inhumano como hoy nos parece la intolerancia. Cuando ese día llegue -si llega-, seremos, finalmente, humanos completamente.

José Saramago es escritor portugués. Traducción: Eduardo Naval.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de diciembre de 1992