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Tribuna:GALARDÓN A UN ESCRITOR DEL MAR Y EL MESTIZAJE

Nuestro hombre en La Martinica

Derek Walcott, un poeta de 62 años, nacido en la isla de Santa Lucía y radicado en Trinidad, fue distinguido Con el Premio Nobel de Literatura correspondiente a 1992, anunciado ayer en Estocolmo, "por su obra poética de gran luminosidad sustentada en una visión histórica nutrida de un compromiso multicultural". Derek recibió en Boston (Estados Unidos) la comunicación del secretario permanente de la Academia Sueca, Sture Allen, con mezclados sentimientos de sorpresa y halago. "¿Porqué justo a mí habiendo tantos buenos escritores que merecen el premio?", manifestó, agregando que no era solamente un honor para él sino para toda la literatura de las Antillas.

Este verano, al azar, conecté con la TV-5 francesa. Emitían en ese momento un programa sobre una isla del Caribe: Santa Lucía. A las imágenes de una playa visitada por dos reporteros sucedió la de un hombre alto, sonriente y en bañador que salía de las aguas. Su rostro me resultó familiar, e, inmediatamente, una broma entre risas: venimos a comunicarle la concesión del Premio Nobel. Era Derek Walcott, y la broma es hoy, dos meses más tarde, la noticia del día. Yo llevaba varios meses traduciendo una antología de sus poemas para la editorial La Veleta, de Granada, y el dibujo del rostro de aquel nadador figuraba en alguna de las ediciones de Faber & Faber que descansaban sobre mi mesa de trabajo.Sin embargo, esté poeta no traducido apenas a ninguna de nuestras lenguas -sólo la revista malagueña Litoral publicó hace poco cuatro de sus poemas en una antología de poesía norteamericana contemporánea y una de mis traducciones figura en el catálogo homenaje al pintor Dis Berlín (1991)- es, junto con Joseph Brodsky, el poeta más importante de esta segunda mitad del siglo XX. Y forma, con el rusoamericano Brodsky y el mexicano Octavio Paz, el triunvirato aristócrata de la poesía actual. De entre los tres, él es quien mejor simboliza a través de su voz poética la historia de toda la cultura occidental vista con una mirada nueva que la enriquece: la de un negro que no se inclina sólo por la negritud, sino por el mestizaje como método de apropiación del viejo mundo de las colomas. Es decir, de la Europa trasplantada a lo que se llamaron las Indias occidentales. Y cuando digo Europa no me refiero sólo a la esclavista de los siglos XVIII y XIX, sino a la que arranca en Grecia por un lado y en la Biblia por otro hasta llegar al día de hoy, con la vista fija en el mar: el de Homero, por supuesto, que es el único mar que poseen los hombres.

Walcott es la mirada inteligente, profunda y culta, una mirada emparentada con la de Ulises a su, regreso, que habita en la poesía como "esencia de la cultura del mundo", según Brodsky, sin renegar de su condición caribeña y su ancestro africano. Porque los vasos comunicantes entre múltiples culturas son precisamente el secreto donde reside la fuerza de Walcott. Como lo es también su visión de la vida como un solo plano donde se funden todas las fechas, todos los mitos, todos los estilos y todo lo que de esplendoroso y trágico ha dado el hombre hasta crear una prodigiosa, por infinita,. metafísica personal: la de Derek Walcott.

Si los premios de la Academia sueca han pecado a veces de oportunismo sin cuento y estrategias coyunturales, esta vez se ha saldado cualquier error. Ante un Occidente en plena galerna y una implacable ceguera hacia todo lo que no nos concierne, la voz premiada -y por tanto difundida- de Derek Walcott no es sino uno de los más altos símbolos de la riqueza del hombre: el de la fusión en sí mismo de todos los hombres: vivos, muertos y los aún por venir.

José Carlos Llop es crítico literario y traductor de Derek Walcott.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de octubre de 1992