Grietas en el asfalto
Lawrence Kasdan se ha ganado en una década un puesto indiscutido, como escritor y director de películas, entre los más solventes y originales cineastas del Hollywood actual. Desde Fuego en el cuerpo a El turista accidental, hay obras construidas sobre los cimientos -que faltan en los pies de barro de algún aficionado a parecer (sin serlo) genio del cine, que no sabe cómo colocar una cámara frente a un actor: igual que esos supuestos escritores que no saben situar un verbo en una frase- de una sólida profesionalidad. Apoyado en ella, Kasdan hace películas de género y obras no encasillables. Es igual: en todas hay el sello de su fuerte personalidad, que las convierte en obras singulares.Aunque Kasdan ha realizado ya películas con cierto equilibrio entre el escritor y el director, no obstante en todas predomina el ingenio del primero sobre el oficio del segundo. Pero en la última -esta Grand Canyon triunfadora en el festival de Berlín- por fin puede hablarse de complementariedad plena entre uno y otro: el director Kasdan está a la altura que de él exige el escritor Kasdan. No se distingue en esta película dónde acaba el trabajo del guionista y comienza el del creador de imágenes. El guión no se ve en la pantalla, al contrario de lo que ocurre en otras suyas, y esto es indicio no sólo de su calidad como tal guión, sino de que el director cumple con su imprescindible función de hacerlo desaparecer en su trabajo de puesta en escena.
Grand Canyon
Dirección: Lawrence Kasdan. Guión: Lawrence y Meg Kasdan. Fotografía: O. Roizman. Música: J. N. Howard. EEUU, 1991. Intérpretes: Kevin Kline, Danny Glover, Steve MartIn, Mary McDonnell, Mary-Louise Parker. Palacio de la Prensa, Parquesur, Roxy, Alcalá, Vaguada, Dúplex, Ideal (V. O.).
De sueño a pesadilla
Es Grand Canyon una obra al mismo tiempo sencilla y compleja. Está en la línea de cineastas tan dispares como Joseph L. Mankiewicz (con cuya Carta a tres esposas tiene relación) y Preston Sturges, escritor y director de la genial Los viajes de Sullivan, a la que hay una referencia explícita en Grand Canyon que no es casual. Ambas películas, bajo su amable y relajado ritmo, son una incursión pesimista en el mito del sueño americano y la conversión de este sueño en pesadilla americana.Es un filme de protagonismo colectivo. Una decena de habitantes de Los Ángeles viven su cotidianidad. Son gente que creen pisar en el terreno firme de una sociedad bien cimentada, que merece la pena vivirse. Pero algo, la súbita aparición bajo sus pies de inquietantes grietas en el asfalto material y moral de su ciudad, no funciona bien --algo se pudre y contagia sus vidas- en ese modelo de vida. Y en el modelo inmóvil surge un brusco sobresalto; en, medio de la norma aparece la excepción: el síntoma surreal de una descomposición de lo real.
Es cine al mismo tiempo que transparente, comprometido en la indagación de algo oscuro que se mueve en el subsuelo de la vida en Estados Unidos. Kasdan no es un revolucionario: no intenta demoler una forma de vida que ama. Pero es inteligente y le inquietan esas grietas que observa en el subsuelo de su ciudad. No hay moralina en su mirada. Hay capacidad para penetrar con la cámara detrás de las apariencias e iluminar el interior de ese detrás, lo que hace que unas vidas vulgares adquieran, vistas por él, una fuerte carga representativa.
Son gente a la que Kasdan ama -su capacidad para afirmar revela la generosidad de un artista de fuste: en cine es muy fácil negar- y le duele su dolor, tal vez porque es el suyo. Es un dolor tenue, que impregna la historia con una mezcla de comedia y de drama en la que es difícil distinguir dónde termina lo vivido y comienza lo soñado; dónde termina el humor y comienza el horror. Son gente de paz acosados por la agresión y decadencia de un sistema de vida que se creía insuperable, pero que ya deja ver que esas aludidas grietas en su asfalto son en realidad abismos. Película mayor hecha en tono menor, sin énfasis alguno: divertida y, en su amargura, amable.
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