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EL ACTOR MÁS COMPLETO

Muere Rodero, el último histrión de la escena española

Fue Max Estrella, Calígula, un caballo y, en su trabajo inacabado, un travestido

El actor José María Rodero falleció ayer en Madrid, de una enfermedad pulmonar que desde hace 30 días le mantenía internado en una clínica. Rodero, de 68 años de edad, estaba considerado como una de las más dúctiles personalidades de la escena española. Debutó como actor en 1942, no dejó de serlo a lo largo de casi 50 años, y algunas de sus interpretaciones, como el Max Estrella de Luces de bohemia, Calígula, de Camus, o sus trabajos como actor predilecto de Buero forman la mejor parte de la memoria histórica del teatro español del siglo XX. Su último papel, que la enfermedad le impidió estrenar, era el de un travestido en la obra Hazme de la noche un cuento.

¡El último de su especie! He leído hace unos días una crítica del género necrológico en la que se decía que considerar a aquel que se recuerda como el último de su especie es rebajarle, reducirle: dejar sus méritos solamente en un vestigio. No es verdad; al menos, en este caso concreto, no es verdad. José María Rodero fue el último gran histrión, dando a esta palabra todo su magnífico valor original, porque otros no pudieron resistir ese peso, o no supieron imponerse a las formas cambiantes de la dirección, o buscaron formas mas cómodas de expresarse, o porque se cansaron y se fueron. En todo caso, e podría decir que era el único histrión; y con todo el valor de su singularidad artística, el único Rodero posible.Rodero se cansó, y siguió trabajando; y estuvo enfermo de esta y otras enfermedades, y supo ganarse a sí mismo, forzar su debilidad y salir adelante; y tantas veces como anuncio su retirada, porque literalmente no podía más, volvió a la escena porque era más fuerte su naturaleza teatral; y había llegado hasta el ensayo general de la obra que debía haber estrenado, arrastrando su ahogo, su malestar, su cansancio. Pero seguía adelante.

Personajes sagrados

Los tiempos del teatro habían ido cambiando, llevados probablemente por unos arrastres políticos: en un tiempo en que Occidente empezó a rechazar los hombres fundamentales (ha recaído) y a buscar el valor de la colectividad, el teatro también lo hizo, y redujo la fuerza omnímoda de sus dos personajes sagrados, el autor y el actor: se fue al reparto de trabajo, a las creaciones colectivas, a una nueva posesión que fue la del director de escena que iba a suplantar el valor del autor y a moldear, a escolarizar, a someter a sus manos de marionetista al actor. Le deshumanizó. Salvó, evidentemente, a algunos de los que ha sido muestra insigne José María Rodero.

José María Rodero se negó desde el principio a esa pérdida de peso específico de su profesión. Siendo él muy joven, y su director de tanto gran prestigio como Luis Escobar, no quiso dejar de ser él mismo, de sacar lo que tenía dentro, y así hizo el protagonista de En la ardiente oscuridad, de Antonio Buero Vallejo, con otro joven actor como antagonista, que fue también dueño de sí mismo entonces y en todas sus actuaciones hasta que comenzó a rehuir el escenario para dedicarse a otros trabajos: Adolfo Marsillach.

Rodero pertenecía a una escuela especial de teatro: aquella en que el actor no deja de ser él mismo y su arte, adoptando como segunda figura el personaje que representa. Es una escuela de creador que resulta ser de servidor también, porque esa personalidad que se sobrepone a todo da, desde ella misma, el valor de lo que representa. Se Iba a ver a José María Rodero, bien fuera Enrique IV, bien fuera Calígula, por citar dos de sus composiciones antiguas, y con directores de fuerza, que volvió a recuperar en los últimos tiempos, como todo el teatro se está repitiendo ahora a sí mismo.

Se le iba a ver en un clásico 0 en un moderno; y en esta última obra que dejó porque tenía la garra de la muerte en el pecho -ha sobrevivido menos de un mes a la fecha que debía ser la de su estreno se le esperaba con enorme interés: se iría para ver a Rodero por primera vez en su vida haciendo el papel de un travestido; era un desafió, al que no se negaba a pesar de su edad y de su posición. Sólo se le pudo ver unos instantes, vestido ya con el traje de mujer, en la televisión., haciendo sus últimas declaraciones, que tan claramente correspondían a su personalidad: "Si el público no me acepta, me retiro". La fuerza de esa obra residía, precisamente, en esta lucha. que se iba a ver en un divo que había hecho contaba él hasta de caballo, pero nunca de mujer (digo esto sin detrimento deÍ actor que le ha sustituido, Manuel Andrés., que hace una interpretación de primera categoría).

Divo, histrión: insisto en que esas palabras no son peyorativas, sino toco lo contrario, aunque en una época perdieron categoría por la asunción de los malos, o de los falsos: por el grito., por el ademán, por la voz ahuecada con la que se ha imitado a, los histriones verdaderos. La condición de mantener su personalidad propia a través de todos los papeles y enriquecerlos así puede ser propia de] histrión, pero no es la única. Se suman las calidades, que es lo que no tienen los imitadores: el ademán puede ser ampuloso en la tragedia, pero nunca será ridículo, nunca estará pasado ni tendrá evocaciones fantasmales, sino que producirá verdadera emoción. La voz puede irse a toda la profundidad posible y alternar agudos con graves, que siempre parecerá fresca y tendrá razón al interpretar así el texto. Con estas generalidades estoy describiendo a José María Rodero- y decir que era el último capaz de sustentar este enorme esfuerzo es un elogio a su entereza, y a su capacidad de lucha, y a la convicción de que el teatro debía ser así. Y a una personalidad enteramente artística en la que lo profesional quedaba supeditado a lo creador.

Una luz distinta

Las últimas obras que interpretaba en Madrid, además de las ya citadas, fueron tan distintas como el alarde de modernismo desafiante y valeroso del Alberti de la preguerra en El hombre deshabitado., en el Centro Cultura] de la Villa., y Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, en el Español :en los dos casos, la aparición de Rodero en escena suponía una luz distinta, una sonoridad nueva; sobre todo en esta última, digamos en los versos clásicos: de los que tantas veces se ha dicho Infortunadamente- que se ha, perdido la memoria, y donde él demostraba que tienen todavía su propia enjundia.

El estreno en el que su principal presencia era la de su ausencia tuvo un aire necrológico que a algunas personas nos pareció inoportuno por adelantado. José María Rodero esperaba en la cama la llamada de Enrique Llovet para que le diera las últimas noticias del estreno. No sé si era consciente de que estaba en vísperas de la muerte, pero estaba lúcido para todo lo demás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de mayo de 1991