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41º FESTIVAL DE BERLÍN

Un certamen en peligro

Que el italiano, y uno de los grandes del cine español, Marco Ferreri se haya llevado el Oso de Oro por su La casa de la sonrisa es más que discutible, pero aceptable si se tiene en cuenta que no había en concurso ninguna película de gran altura y que la idea argumental y moral de este filme es poderosa, magnífica y muy arriesgada. Aunque tal idea luego esté torpemente desarrollada y finalmente mal realizada, resulta disculpable, porque en definitiva algo merece lo que algo tiene.Pero que el Premio Especial haya sido destinado a la pura nada, es decir, a dos películas pésimas y, en el caso de La condena, bajo mínimos profesionales, literalmente ridículo, ya que provocó el mayor abucheo oído en un festival de cine desde El joven Toscanini, aquel inconcebible engendro que Franco Zeffirelli osó llevar a Venecia hace dos años. Este premio es una burla al cine y a quienes seguimos sus pasos.

Por otra parte, equiparar como los dos mejores directores al mal aprendiz que todavía es Ricky Tognazzi y a un maestro de su oficio como es el norteamericano Jonathan Demme, no sólo es humillante para este último sino para quienes tenemos el deber de transmitir tal disparate y, más aún, para quienes lo afirmaron y rubricaron. Se trata de un error de tal calibre que uno se resiste a pensar que es casual, una simple equivocación. Más o menos, lo que se presiente ante la igualmente disparatada confesión del Premio Especial a La condena, que en el mejor de los casos es un acto de incompetencia.

Finalmente, tirar del hilo de la picaresca e inventar para Kevin Costner y su Bailando con lobos un premio sin antecedentes, no tiene otra explicación imaginable que la de un pasteleo destinado a aplacar las lejanas iras de Hollywood, que durante los últimos años ha convertido a la Berlinale en el ensayo general de los Oscar.

Esta edición del festival de Berlín finalizado ayer pasará por desgracia, a la historia del ridículo, y será un jalón más en la carrera del cine hacia el progresivo y virulento proceso que padece en busca de la trivialización. Un broche negro ha cerrado a un festival de por sí bastante oscuro, donde la prensa, que es la destinataria fundamental de este tipo de acontecimientos, ha sido aislada, cercada y apartada de las fuentes de información.

La Berlinale, de seguir así en sus próximas ediciones, acabará perdiendo el exquisito culto a la libertad que le dio legítima fama y derivará fatalmente hacia el autoritarismo y la desinformación. Sería una irreparable pérdida.

Este comentarista, que ha asistido en los últimos años a decenas y decenas de festivales de cine, puede asegurar sin te mor a exagerar que esta edición de la Berlinale es, junto con aquel Festival de San Sebastián en que salió premiada una olvidada película palestina, el peor que ha conocido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 27 de febrero de 1991