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41º FESTIVAL DE BERLÍN

Anthony Hopkins y Vanessa Redgrave realizan dos formidables actuaciones

Optan claramente, con trabajos fuera de norma, a los premios de interpretación

ENVIADO ESPECIALEs casi la ley del circo metida dentro de los códigos del cine: el no va más, el más difícil todavía convertido en emocionante ejercicio de genio cinematográfico. Nos referimos a las interpretaciones de dos colosales histriones, procedentes ambos de la más aristocrática solera de la escena británica: Anthony Hopkins, protagonista del magnífico thriller del estadounidense Jonathan Demme El silencio de los corderos, y Vanessa Redgrave, que en La balada del café triste, y dirigida por su compatriota Simon Callow, nos hace creer lo increíble. Son dos composiciones desmedidas, fuera de norma, que les hacen optar claramente a les premios de interpretación.

Sólo dos genios del arte interpretativo pueden sostener unas actuaciones así sin caer en el ridículo. En El silencio de los corderos, Anthony Hopkins encarna a un psicópata de crueldad e inteligencia inquietantes y estremecedoras, una representación casi en estado puro de lo demoníaco, de lo que podemos intuir bajo el enunciado más radical de El Mal. Pues bien, lo que llegamos a vislumbrar detrás del enrarecido aire que rodea a ese concepto se queda corto respecto de lo que Hopkins convierte en materia, en imagen. No es posible combinar mejor, de manera más endiabladamente rica, la frialdad y la turbulencia, la viscelaridad y la inteligencia, como logra hacerlo este hombre de la escena londinense, que elige con cuentagotas sus apariciones en la pantalla y que, cuando por fin se decide a cambiar el escenario por el plató, devuelve a su arte -tal vez el que más se acerca a lo sagrado entre cuantos salen de la imaginación humana- el alto lugar que le corresponde dentro de las jerarquías de la creación cinematográfica, el primer lugar en ocasiones.El silencio de los corderos está dirigida por Jonathan Demme y hay que detenerse con la coronilla descubierta ante este nombre, pues corresponde a un cineasta norteamericano de gran originalidad y enorme oficio, una especie de lobo solitario e irónico, al que le gusta hurgar en los residuos de los viejos géneros de Hollywood, especialmente en el thriller o género negro, y con sus viejas formas y fórmulas componer cine nuevo y sin equivalencias, de especie única. Su trabajo de dirección en esta película, tensa, trepidante y una de las más truculentas que se han visto nunca, es perfecto, sin un solo fallo, es decir sin permitirle al espectador ni un solo respiro. Juega mucho Demme, es un jugador nato: trucos y truculencias al por mayor en el punto de mira de una cámara convertida en ametralladora de sustos, de enigmas, de emociones, es decir en diversión de la mejor especie, porque se trata de una diversión no envilecida por el engaño, sino encaramada en el humor y, por lo tanto, en una, la más elegante de todas, fuente de verdad cinematográfica.

La balada del café triste está dirigida por un primerizo, el británico Simon Callow, que ha elegido uno de los hermosos cuentos de la escritora Carson McCullers sobre el universo sureño de Estados Unidos, de donde ella procedía. Es un relato tan melancólico como su título y tan triste como la palabra que lo cierra. Pero bajo esta tristeza, no se sabe bien cómo, poco a poco va aflorando una alegría suave, que crece y crece hasta hacerse estallido. Oficiante de esa transición desde lo callado a lo explosivo es Vanessa Redgrave, de nuevo dispuesta a salirse de madre, como una riada, sin perder nunca la compostura: a actuar sin red en la cuerda floja y sin que se vea una sola vacilación en sus pasos, exponiéndose al trastazo sin provocar jamás una risita burlona del espectador. Y esto hace de ella, por sí sola, un espectáculo.

La película adolece de un defecto grave: el relato de McCullers es demasiado corto para el metraje convencional .del filme; y guionista (Michael Hirst) y director se ven forzados a imprimirle un tempo demasiado lento para poder llenar la duración convenida por el comercio de películas. El relato, ajustado a una duración menor (una hora aproximadamente) se hubiera encerrado en -una medida más apropiada a la proporción de la anécdota y la película hubiera así ganado en densidad. Pero no es el caso. De ahí que resulte morosa, hinchada, estirada como una goma elástica, en busca de su frenética secuencia final. Esta secuencia es una pelea a puñetazo limpio entre Vanessa Redgrave y Ketih Carradine que es a su vez una de las más bellas y sangrientas escenas de amor del cine reciente: una secuencia inolvidable, que quedará en la memoria sentimental, archivada como una oculta joya erótica.

Gueto

Y mientras tanto la Berlinale, que este año fue encerrada en el gueto del Kongresshalle, se ha especializado en ofrecernos -tal como dijimos en crónicas anteriores, no por azar- películas sobre guetos.Ahora es el joven cineasta francés Olivier Schatzky quien nos busca otra nueva encerrona de esa especie: el gueto de un oscuro y lúgubre centro de rehabilitación de muchachos parapléjicos, en Fortuna Express. Una inquietante insistencia del cine, limbo de hoy, en los infiernos de la tierra.

Hombres y fantasmas de hombres buscan en los laberintos sin salida de los cercos una oscura rehabilitación, una salida a la luz en tiempos de sombra. Y otra vez otro gueto: el de la caldera donde hierven los dementes en El silencio de los corderos, de Jonathan Demme y Anthony Hopkins: el manicomio, el gueto psiquiátrico, tal vez el más amenazador y, no obstante, visto a través de las lentes de este divertidísimo y emocionante filme, el único transitable. Su final feliz, que no cuento, es una de las más graciosas y reconfortables burlas del mundo contemporáneo, en cuanto gueto en sí mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de febrero de 1991