Sin enemigos
A PRINCIPIOS de año, los líderes mundiales contemplaban con incredulidad la repentina desaparición de las tensiones que durante más de cuatro décadas habían asolado a Europa. De pronto, unos y otros se habían quedado sin enemigos. En ese mismo y alborozado hecho, sin embargo, se encontraba el germen de un nuevo problema: ¿qué sería de las organizaciones militares -la OTAN y el Pacto de Varsovia- que quedaban aún en pie enseñándose estérilmente los dientes? A nivel global, la cuestión podía ser más o menos académica, pero lo que no se remediaría con sencillez sería su apéndice más complicado: la unidad de Alemania y el futuro de su papel geoestratégico.Un día de noviembre del año pasado cayó el muro de Berlín, y el proceso de unión de las dos Alemanias se hizo realidad. El banco central más saneado y potente del mundo, el Bundesbank, de la RFA, se haría cargo de los problemas económicos y financieros; sobre las promesas de cobijo económico, las elecciones generales de marzo pasado en la República Democrática Alemana dieron la victoria a los democristianos y prepararon sucesivos comicios conjuntos que, en el este y el oeste, consagrarían la unión; ésta, a su vez, fue bendecida por la CE, y sus modalidades y procedimientos empezaron a ser discutidos en una conferencia de dos más cuatro. Lo único que quedaba sin contestar era el lugar estratégico en que quedaría colocada la nueva Alemania unida. ¿En el campo soviético, en el campo occidental o en ninguno de los dos? De ninguna manera, dijeron todos.
En febrero, Gorbachov avanzó la idea de una gran Alemania neutral, un concepto que todos sabían inviable: una Alemania neutral no es un colchón entre dos zonas que han dejado de enfrentarse, sino una tercera fuerza. Se trataba, sin embargo, del primer paso negociador de un político astuto que se sabe en posición de debilidad. A la negativa de los occidentales Gorbachov opuso la idea de una Alemania perteneciente de forma simultánea a la OTAN y al Pacto de Varsovia, y más adelante sólo a la OTAN, pero con presencia de tropas del Pacto. Finalmente, el pasado día 12, el Sóviet Supremo aprobaba el informe sobre política exterior de la URSS en el que se admitía la posibilidad de pertenencia de la nueva Alemania a la OTAN en determinadas condiciones.
Ello puede considerarse el simple reflejo de la convicción de que, de todas formas, las cosas van a ser así. Pero también está relacionado con el proyecto de casa común europea de Gorbachov, que pasaría por la coexistencia por un tiempo de dos alianzas más políticas que militares destinadas a converger en una sola organización de seguridad de ámbito europeo. En esas condiciones, se comprende bien su nueva posición frente a Alemania; pero se comprende aún mejor si se considera que a principios del presente mes el Pacto de Varsovia decidió en Moscú hacerse el haraquiri, encomendando a una comisión de expertos el estudio de su transformación en un tratado político entre Estados soberanos.
Éste es el marco en el que se mueve el proceso de unificación alemana. Y es interesante consignar que los partidos socialdemócratas de ambas Alemanias son los más reticentes a la hora de propiciar la celebración de elecciones conjuntas, adelantadas, al parecer, al 2 de diciembre. Para los orientales, los comicios, al acelerar la probabilidad de la unión, pueden provocar el rechazo soviético a la solución de una Alemania otánica. Para los occidentales -especialmente para un Oskar Lafontaine reaparecido triunfalmente en la escena política tras el atentado que sufrió-, una unidad rápida es demasiado onerosa y resulta necesario disminuir su ritmo. Dicho lo cual, nadie se opondrá, más que de boquilla, a lo inevitable.
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