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Crítica:CINE

La huella del infierno

No es la primera vez que un director elige el territorio privilegiado de la infancia para desarrollar sobre él su primera obra. José María Carreño, antiguo crítico que ha abandonado ahora esas tareas por las de la realización cinematográfica, nos propone Ovejas negras, relato austero y exigente que intenta encontrar en la niñez (la suya y la de los que vivieron con él los años difíciles de la reciente posguerra española) la clave de viejas angustias, examinadas a la luz de la razón.Me parece encontrar en esta película un eco muy claro de El mensajero (The Go-Between) de Joseph Losey, que analizaba también las reacciones de un hombre maduro ante unos hechos turbios que vivió cuando todavía era un niño. Esto no supone un obstáculo, por supuesto, para que el guión de este nuevo autor español se alimente con emociones e ideas propias. Su personaje central es un ejemplo acabado de acatamiento a las directrices de una época cuyo sistema educativo Intentaba dominar las conciencias e imponer la intolerancia como única forma válida de conducta.

Ovejas negras

Productor ejecutivo: Gerardo Herrero. Guión y dirección: José María Carreño. Imágenes: Antonio Pueche. Montaje: Nieves Martín. Música: Bernardo Bonezzi. Intérpretes: Maribel Verdú, José Sazatornil Saza, Juan Diego Otto, Miguel A. Rellán, Gabino Diego, Francisco Vidal. Estreno, cine Renoir.

Los resultados definitivos son, sin embargo, muy inferiores a lo que podían haber sido -de acuerdo con la fuerza de la historia- y las limitaciones no se deben sólo a la lógica inexperiencia del guionista y director, sino a la complejidad del proyecto y a las frecuentes ingenuidades narrativas que simplifican lo que hubiera debido ser más denso y ambiguo, como suele suceder en la mayoría de las primeras obras. Hay personajes que no están bien construidos y abunda demasiado un cierto tono de caricatura -en el personaje interpretado por Saza, por ejemplo- que quizá hubiera sido mejor abandonar.

Pese a estas indiscutibles limitaciones, José María Carreño ha demostrado una gran coherencia al construir su película, animada por un férreo propósito moral, para poner de manifiesto los peligros que existen en la tarea de pretender enterrar el pasado -simplemente, sepultándolo en la memoria- en lugar de intentar comprenderlo y aceptarlo, racional y afectivamente, con sus contradicciones e incoherencias inevitables.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de mayo de 1990

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