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Crítica:TEATRO

El tiempo lo ha dorado

Quintero, León y Quiroga fueron los tres grandes de la canción española antes de la guerra, durante la guerra -a los dos lados de las trincheras- y en la posguerra. Los dos primeros, letristas; el tercero, compositor, al que hace algún tiempo se tributó un homenaje en el que músicos cultos contemporáneos se inspiraron en él para un concierto sinfónico en el Real. Hubo una serie de nombres que abundaron en esa labor: poetas como Duyós, Ochaita, Xandro Valerio... O músicos como Solano. Se pensó siempre que aquellos poetas, sin sus colaboradores y sus músicos, no eran suficiente firma; y, sin sus intérpretes, como Miguel de Molina -el primero-, Concha Piquer y luego toda la legión de aquellos a quienes se llamó folclóricos.Un tipo de espectáculo que tuvo un gran auge y en el que algunos sociólogos vieron franquismo, sin culpa de sus autores o cantantes: últimamente hay una corriente de intelectuales a los que quizá se pudiera llamar posmodernistas que reivindican a Rafael de León como poeta andaluz, más allá de la canción. El espectáculo del teatro Infanta Isabel no favorece mucho esa idea, aunque haya una parte recitada y un levísimo apunte biográfico del poeta que fue conde de Gomara y amigo de Lorca. Esta parte está a cargo de la entonada actriz Berta Labarga, con textos de los libros, de Rafael de León y un apunte dramatúrgico de Luis Gaspar. Pero predominan, lógicamente, las canciones que interpreta la tonadillera María Salinas: una gran voz, un estilo aflamencado y una dramatización de las letras. No hay que olvidar que la mayor parte de estos versos para café cantante de Rafael de León fueron narrativos, teatrales: encerraban un relato, contaban un personaje y sus vicisitudes, casi siempre amargas.

La canción del poeta Rafael de León

De Luis Gaspar. Berta Labarga (actriz recitadora), María Salinas (canzonetista), Rafael Rabay (pianista). Teatro Infanta Isabel. 10 de mayo.

En el espectáculo se dice que cantó y ensalzó siempre a los marginados. Es cierto, y el propio Rafael de León prefirió su propia marginación a las tentaciones que le ofrecía su nacimiento. Cada canción es una pieza teatral. María Salinas las interpreta, en ese sentido escénico con vocación de actriz. Para algunos puritanos de la tonadilla, excesivo; para otros, muy adecuado. Todos la aplaudieron.

Sin dejar de reconocer los merecimientos de Rafael de León como poeta, y poeta popular por vocación propia, molesta un poco que los que fueron sus colaboradores y los músicos que compusieron para él -o para los que él escribió- queden apenas citados de pasada; y al creador de muchas de estas canciones, el malagueño y hoy argentino -por el largo exilio- Miguel de Molina, ni siquiera se le cite. Se trata de una época muy especial, muy fecunda, que cubre mucho tiempo de la sociedad española, antes y después de la guerra, y en la que hubo muchas personas trabajando. Entonces se apreciaba mucho por el pueblo, pero poco por los intelectuales, porque se suponía que había una Andalucía más sincera y más honda, que otra poesía buscaba y encontraba: Lorca y Alberti, los Machado, Juan Ramón Jiménez. Y unos puntos suspensivos muy amplios. Pasado el tiempo, tiene un color de oro antiguo que la ennoblece.

Los espectadores que llenaban el Infanta Isabel no estaban sólo atraídos por la nostalgia: había muchos Jóvenes, y entre todos aplaudían y ovacionaban. Un espectáculo sencillo, pero del que trasciende una belleza directa. ¡Pero faltó La zarzamora! Algunos no se lo perdonarán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de mayo de 1990

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