Antesala del infierno
QUIZÁ LA cárcel no sea el infierno, pero no debe existir nada en este mundo que se le parezca más. En lo que se refiere a España, el director general de Instituciones Penitenciarias ha rechazado con energía la metáfora y ha atribuido el infundio al discurso demagógico de algunas asociaciones marginales de amigos o familiares de los presos. Pero el discurso real -repleto de datos- con el que el responsable político de las cárceles españolas ha descrito ante el Congreso su situación actual viene a confirmar que, si no el infierno, el mundo carcelario español es su antesala.Y los datos rezan lo que sigue: un 50% de los más de 32.000 reclusos que hay en toda España son drogadictos, y el 28% de ellos son portadores de anticuerpos del SIDA. Vista la incidencia desbocada de ambas plagas entre la población reclusa española, la atención sanitaria se ha convertido en el primer y más urgente deber de los responsables penitenciarios. Pero la cuestión es que el proceso de masificación a que están sometidas las cárceles españolas dificulta en extremo todo intento de mejora en este terreno. La postura oficial hace hincapié en que no dejan de construirse nuevas cárceles -y ello es cierto-, pero, considerando que en su mayoría se destinan a sustituir a otras obsoletas, de poco sirven para absorber la riada de nuevos inquilinos que llegan a sus puertas: de 2.000 a 3.000 cada año.
Este hecho -es decir, la multiplicación por dos de la población penitenciaria a partir de 1984- es el que trastoca la hasta no hace mucho tradicional política penitenciaria, basada en periódicos vaciamientos carcelarios merced a los indultos generales. Esta tendencia no solamente exige un mayor compromiso de¡ Gobierno en medios, sino también una mayor concienciación por parte de la sociedad respecto de las contrapartidas que implica la opción de la cárcel como el remedio escogido como más eficaz frente a la delincuencia. De no hacerlo así, sería hipócrita escandalizarse ante las pinceladas más o menos apocalípticas sobre las cárceles españolas. El hacinamiento, el insuficiente tratamiento sanitario de los miles de reclusos necesitados de él, la escasa actividad cultural y deportiva, la ausencia de trabajo, y, en definitiva, la falta de alicientes y la desocupación, conforman una situación difícil de no calificar de infernal.
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