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Tribuna:

Grimau

Es decir, por lo que interpretan casi todos los que han leído la noticia, Julián Grimau ha vuelto a ser condenado. Ha sido condenado a no ser inocente. Con toda la razón, el régimen anterior prohibió la existencia de los partidos políticos, autoamnistió a todos sus matarifes y algunos incluso fueron ministros, persiguió a los que se empeñaron en reivindicar libertades democráticas, los torturó salvajemente cuando estuvieron a su alcance en las dependencias de la Brigada Político-social, los tiró por la ventana cuando las torturas habían roto demasiado el juguete, les montó consejos de guerra o tribunales de orden público en los que la farsa ética podía llegar al extremo de que el fiscal no tuviera acabada la carrera de derecho y finalmente los fusiló severamente, al amanecer, pasándose al Papa de Roma o a quien fuera por los forros del alma.Pues todo eso estuvo muy bien. Es posible que los profesionales del derecho puedan encontrar en la sentencia del Supremo otra interpretación, pero me atrevo a proponer una encuesta nacional para saber qué ha pensado la mayor parte de consumidores de información ante la noticia glosada. Ha pensado lo peor. Ha pensado que, a pesar de la democracia que nos envuelve, Grimau sigue mereciendo no ser inocente, y, por tanto, son inocentes los que lo detuvieron, lo torturaron, lo tiraron por la ventana, lo juzgaron haciéndose incluso trampas a sí mismos y finalmente lo fusilaron. Es evidente que la historia no ha sido como la esperábamos, ni siquiera como nos la merecíamos. Pero esta alianza impía entre la justicia franquista y la justicia democrática supera todas las catástrofes previsibles. Ya sé que la resolución del Supremo está llena de otros síes y considerandos. Que les aproveche la jerga. "Vana palabrería liberal", como nos decía en 1963 aquel jefe de servicio de una cárcel de España al comentar prepotente el coro de protestas universales por el linchamiento de Julián Grimau.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de enero de 1990