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RECOMPENSA A LA CREACIÓN DE UN EXILIADO

El Cervantes premia en Augusto Roa Bastos una obra breve y exigente

El ministro de Cultura denuncia presiones en el jurado y anuncia cambios en la dotación y el reglamento

El novelista paraguayo Augusto Roa Bastos, de 72 años, autor de una obra breve y exigente y exiliado durante más de 40 años de la dictadura de Alfredo Stroessner, y entre la que destaca la novela Yo el supremo, fue elegido ayer premio Cervantes de literatura de 1989, galardón que pretende premiar la labor de toda una vida, y que está dotado con 10 millones de pesetas; esta cantidad será ampliada en el futuro. Según explicó el ministro de Cultura, Jorge Semprún, que denunció una "inadmisible presión sobre el jurado", Roa fue elegido en la segunda votación "por amplia mayoría". Quedaron finalistas dos españoles y un latinoamericano, aunque sus nombres no trascendieron.

Nunca desde 1976 el premio Cervantes había suscitado tamaña expectación, y nunca tantos periodistas asistieron a la tradicional rueda de prensa en la que el ministro en ejercicio anuncia el premio y casi no se hacen preguntas.El premio a Augusto Roa Bastos -que al cierre de esta edición viajaba en Francia y no había podido ser localizado- confirma la no escrita y no obligatoria tradición que hace oscilar el premio de uno a otro lado del mar -por más que Roa Bastos viva desde hace muchos años en Toulouse- y aplaza para ulterior ocasión el probable premio a Miguel Delibes, principal favorito junto al premiado (véase EL PAÍS de ayer).

Según dijo el ministro de Cultura, Jorge Semprún, dos españoles y otro latinoamericano quedaron finalistas, si bien tanto él como otros jurados se negaron a revelar estos nombres por haber hecho un pacto al respecto. Los otros candidatos más probables eran Miguel Delibes, Camilo José Cela, Juan Goytisolo, Rosa Chacel y Jaime Gil de Biedma, José Donoso y Arturo Uslar Pietri.

Tras la inmediata y previsible pregunta de si la candidatura de Camilo José Cela, reciente premio Nobel, había pesado en el jurado, Jorge Semprún quiso hacer una declaración formal en la que denunció "la extraordinaria presión sufrida por este jurado" por parte de algunos medios de información: tal como estaban las cosas por la mañana, dijo, "o le dábamos el premio a Cela, y entonces éramos unos seguidistas, o no se lo dábamos, y entonces éramos unos canallas". [Aunque el pacto de silencio no se ha roto, es previsible que Cela obtuviera al menos el voto del director de la Española, que le propuso].

Semprún rechazó tajantemente cualquier pretensión de parcialidad en el caso de Cela, se preguntó si cualquiera de los premiados en anteriores convocatorias tiene cualidades menores que las de ese . excelente novelista" que a su juicio es Cela, y recordó que los jurados -cambiantes- convocados por tres administraciones, dos de ellas de signo político distinto, han preferido los méritos de otros candidatos, por lo que cualquier insinuación "es injusta con los demás premios Cervantes".

El ministro anunció que el próximo año será aumentada la dotación del premio, que desde. hace una década es de 10 millones de pesetas, y que también será cambiado el reglamento con el objeto de que se pueda elegir a cualquier escritor y no sólo a los que proponen las academias y los premiados. Este año la lista de candidatos con posibilidades. reales era relativamente breve, y en sus dos terceras partes estaba compuesta por nombres de resonancia local. Odón Betanzos, director de la Academia del Español de Estados Unidos y jurado por el sillón correspondiente a las Academias, negó que hubiese intrigas y pactos y lamentó que muchos de esos nombres no fuesen más conocidos. Los cuatro intelectuales de identidad secreta que formaron parte del jurado, además del ministro, el director de la Española y el de la academia americana, fueron el escritor paraguayo Rubén Bareiro; el ensayista Juan Marichal, y los escritores José Miguel Ullán y Juan José Millás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de noviembre de 1989