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Tribuna:

El difícil relevo francés

Jéróme Gracin es crítico de L'Événement du Jeudi.

Los finales de siglo suelen ser inclementes: a sólo una vara de un pasado mistificado, exaltado, se juzga la propia época con una severidad a veces ingrata. Víctima de ese escepticismo afectado, la literatura francesa de los años ochenta no escapa a esta regla conminatoria. Se esgrimen las figuras literarias cimeras del siglo XIX, las grandes obras filosóficas del XVIII o la perennidad de los textos poéticos de la Edad Media, como testimonio de la pobreza creadora de los tiempos modernos. Y el florecimiento intelectual de la primera mitad de este siglo se opone, por supuesto, a la indescriptible chatura que siguió a la desaparición de los maestros-pensadores (Sartre, Camus, Malraux, Aragon y otros), para ilustrar una melancolía de buena ley.Seamos serios, ¿es necesario ser tan masoquista? ¿Acaso desde entonces Francia sólo publica novelas prescindibles? ¿No existe, pues, el relevo? De no referirnos más que a las cifras, nos impactarían dos evidencias contradictorias: nuestros editores publican, de literatura, cada vez más títulos (un promedio dé 300 novelas francesas sólo en los meses de septiembre y octubre) y sus homólogos extranjeros, incluyendo los europeos, traducen cada vez menos obras francesas. Más allá de los grandes nombres del nouveau roman, es como si el billete de la novela francesa hubiera perdido validez: entre nuestros contemporáneos, sólo restan Michel Tournier, Patrick Modiano y J. M. G. le Clézio, para encontrar demanda en ultramar.

'Síndrome Rank Xerox'

¿Por qué demonios nuestra literatura tendría que seducirlos? No faltan los talentos, lo que falta es el genio. Hay buenos libros, pero no hay grandes obras. Se ha sacrificado la ambición literaria en aras del éxito de temporada. Los mejores se quedan sin resuello: Tournier se aburre, Modiano se repite y, prudente, Le Clézio toma la tangente mexicana. En cuanto al resto, y a falta de innovación, se copian. El síndrome Rank Xerox ha aquejado a las jóvenes generaciones.

En los años cincuenta hubo una escuadra de húsares inflamados de diestra fogosidad (Roger Nimier, Jacques Laurent, Antoine Blondin, Michel Déon). Éstas son ahora sus pálidas copias: los nuevos húsares (Eric Neuhoff, Didier van Cauwelaert, Patrick Basson, Denis Tillinac), elegantes nostálgicos, de rápidos coches y estilo fustigante. Existía, en los años sesenta -inmortalizada en una fotografia tomada en 1959 delante de la sede de Editions de Minuit- la célebre familia del nouveau roman (Claude Simon, Alain Robbe-Grillet, Claude Ollier, Nathalie Sarraute, Samuel Beckett, Robert Pinget). Ésta es, siempre en Minuit, su blanca progenie (Jean-Philippe Toussaint, Jean Echenoz, Marie Redonnat), nostálgica de una objetividad desprovista de todo sentimiento. En los años setenta había revistas literarias ofensivas y saludables, Tel Quel, de Philippe Sollers; Change, de Jean-Pierre Faye; la NRF, de Georges Lambrichs, y ahora, a modo de sucesión, la revista L'Infini, de un Sollers fatigado, o Roman, que reunió, antes de apagarse en el mayor silencio, a tristes émulos de la novela clásica...

Lo más sorprendente es que, si bien el relevo no se lleva a cabo, los últimos monstruos sagrados se conservan asombrosamente en forma. L'ombre du soupçon, para retomar la feliz expresión de Nathalie Sarraute, pesa sobre los novelistas de la joven generación, que ya no gozan de la confianza del público, pero no sobre los últimos representantes de la literatura de los años sesenta: en las librerías la gente se arrebata de las manos los nuevos libros de Robbe-Grillet, de Sarraute, de Simon, de Duras, festeja lo prolífico del nonagenario Julien Green, del octogenario Henri Troyat, del septuagenario Jacques Laurent o de la eternamente joven Françoise Sagan; en resumidas cuentas, otorga su confianza, con una confortable prudencia, a los escritores consagrados.

Hoy en día hay que ser un profesional del libro para poder citar a las jóvenes promesas, y esto es una lástima. En lo que me es personal, creo en el porvenir de algunos treinteañeros realmente inspirados: Emmanuel Carrère, Yve Laplace, Patrick Basson, ya citado, Catherine Lépront, Sylvie Germain, Patrice Delbourg, Dan Franck, Alain Absire y otros. Estilistas de alto vuelo, también se distinguen del lote por su pirroísmo negro, heredero cosmopolita de Kafka, Beckett, Reverdy y Vialatte.

El público francés que gusta de las historias rosas queda defraudado: pero no es ésta razón suficiente para ignorar a sus jóvenes autores de un final de siglo sin ilusiones. Tal vez el siglo XXI nos los envidiará despreciando, a su vez, a sus propios contemporáneos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de octubre de 1989