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El más largo poema jamás escrito

La segunda edición del 'Oxford English Dictionary', una gigantesca visión total de la lengua inglesa

Esta semana se ha puesto a la venta en el Reino Unido la segunda edición del Oxford English Dictionary (OED), una obra que se inició en 1884. La épica tarea, reflejada en 20 volúmenes, incluye palabras como yuppification, aunque hay decenas esperando la próxima edición cuya aparición está prevista para principios del próximo siglo. El escritor británico Anthony Burgess, que afirma sentirse maravillado ante la obra por la elegancia, erudición y esfuerzo que supone, honra en este artículo a los lexicógrafos que han trabajado en ella, especialmente al autor de la mayor parte de la primera edición, James Murray, un maestro de escuela escocés, abstemio y temeroso de Dios.

Impulsado por todas las máquinas de la moderna tecnología, el Oxford English Dictionary (OED) ha incorporado sus cuatro abultados suplementos a su cuerpo principal y ahora extiende en las estanterías la gigantesca visión total de la lengua inglesa, su pasado, su presente, aunque no necesariamente su futuro. Porque las lenguas cambian, pero ninguna lo hace más que el inglés, e incluso un léxico tan omnicomprensivo como el OED es ya, recién salido de la mano de los impresores, una visión del pasado.El trabajo no tendrá nunca fin; el OED es una hazaña épica, pero la línea final no puede ser escrita. Todo lo que podemos hacer por el momento es maravillarnos de su elegancia, de su erudición, del esfuerzo que supone. El doctor Johnson, que produjo su propio diccionario más o me nos en solitario, da una definición secundaria del lexicógrafo diciendo que es "un esclavo inofensivo". En un cierto nivel, esta definición es atinada. En una época de destrucción que siempre capta los titulares de los periódicos, un pequeño ejército de hombres y mujeres se ha esclavizado para conservar. Esto es heroísmo, pero no hay nada sensacional en ello. Es algo tranquilamente -o inofensivamente- honroso, y yo estoy aquí para honrarlo.

Pero permítaseme honrar, en primer lugar, a los pioneros.

Todo lexicógrafo construye sobre un trabajo ya realizado, y la labor principal se llevó a cabo en el siglo XIX. Era oportuno que el OED tuviera sus inicios en una época de grandes proyectos de ingeniería, de construcción de los imperios, del vuelco de la historia por Marx y de la cosmología por Darwin.

Epopeya victoriana

El OED, en su forma del siglo XIX, ha sido justamente calificado como nuestra epopeya victoriana y en la tradición johnsoniana fue obra en su mayor parte de un solo hombre. Este hombre era un maestro de escuela escocés, polímata, temeroso de Dios, abstemio, no fumador, con numerosa descendencia, llamado James Murray.En La feria de las vanidades, de Tackeray, Becky Sharp tira su ejemplar del diccionario de Johnson -regalo de despedida de miss Pinkerton, quien dirige una academia para chicas jóvenes-. Se trata de un gesto en la dirección de la modernidad, porque Johnson trató de fijar unas normas para siempre de uso del inglés con su origen en un pasado ya muerto. Después de Waterloo empezaba una época científica, y era el tiempo incluso para que los diccionarios fueran objetivos, puestos al día, descriptivos y no prescriptivos.

Johnson era un hombre extravagante y muy personal. No obstante, había en su diccionario una cosa que los nuevos lexicógrafos abandonarían sólo por su cuenta y, riesgo -abundancia de citas para mostrar las palabras en su uso-. Una de las glorias del OED es el montón de citas ilustrativas que respaldan la definición. Éste es el motivo de que el OED sea de tan gran tamaño.

El año 1876 fue trascendental para los autores de diccionarios. Los únicos léxicos que el mundo anglo-estadounidense tenía entonces eran los de Noah Webster, Charles Richardson y Joseph Worcester. El de Richardson, impreso por Johnson, estaba lleno de citas, pero éstas sustituían a las deriniciones. Las etimologías de Richardson eran muy poco sólidas: por ejemplo, fue bastante rápido para derivar hash (pizadillo) del ash persa, que significa estofado. El Wesbster era bueno, y todavía lo es, pero no lo suficientemente bueno. Harrier, el editor estadounidense, quiso colaborar con Macmillan, en Londres, en la producción de un nuevo diccionario "como el Webster en volumen, pero tan superior en calidad como sea posible". ¿Quién debía dirigirlo? Sólo había un hombre que pudiera hacerlo, y ese hombre era James Murray.

Autodidacto

Murray era un erudito autodidacto. Nacido cerca de Hawick, en Roxburghshire, fue profesor en la Mill Hill School, en las proximidades de Londres, una de las academias disidentes creadas como réplica a las escuelas públicas anglicanas. Tenía una pasión por aprender que, si bien nunca necesita justificación, podía encontrarla en el deber de servir a Dios y honrar su creación intentando entenderla. Sentía una gran curiosidad por todo, y especialmente por el lenguaje. Tenía al menos un conocimiento teórico de todas las lenguas, vivas y muertas.Cuando el patriota húngaro exiliado Kossuth visitó Hawick -una ciudad apasionada por la libertad nacional- fue recibido por la banda de la ciudad y con una pancarta escrita en magiar -Jöjjön-el a' te orszagod, que quiere decir "venga a nosotros tu reino"- Murray había estado trabajando. Aprendió los idiomas a partir de traducciones de la Biblia. En su vejez aún pudo escribir en caracteres chinos buena parte del Génesis.

Criado en la frontera angloescocesa, Murray se vio sorprendido cuando aún era muy niño por el hecho de que no existiera una frontera política que coincidiera con una isoglosa (o frontera entre idiomas). Los ingleses de allí para abajo hablaban su misma lengua. La lengua era un continuum -tanto en el tiempo como en el espacio-. El inglés anglosajón y el hablado en los siglos XII al XV seguían vivos, en la forma de un habla incorrecta. La lengua era primariamente un habla, no signos en un papel.

Si fuéramos verdaderos filólogos, lo primero que tendríamos que aprender es el inglés como un sistema de sonidos, con éstos siempre en proceso de cambio. Murray aprendió fonética de Alexander Melville Bell y, mientras estaba en ello, dio lecciones de electricidad al hijo adolescente de aquél, Alexander Graham Bell, quien luego inventó el teléfono. Grahani iba a llamar a Murray el abuelo de esa maravilla. La paternidad de la misma estaba reservada a algo más, así como a los niños llamados Wilfrid, Hilda, Oswyn, Ethelwyn, Elsie, Harold Ethelbert, Aelfric, Rosfrith, Gwyneth y Jowett.

Ese algo más era un diccionario tan compendioso que Macmillan y Harper se asustaron. La Sociedad Fílológica de Gran Bretaña, a la que Murray pertenecía entonces, consiguió de los editores una obra de 6.000 páginas, cuando éstos querían que fuera solamente de 2.000. La lexicografia anglo-estadounidense iba a entrar en la corriente principal de la filología moderna, tal como se practicaba en Alemania. Esto fue idea de Murray. Los delegados de la Oxford University Press asumieron el proyecto, pero incluso ellos llegarían también a asustarse. No, evidentemente, para siempre.

El 'scriptorium'

En su casa de Mili Hill, Murray instaló lo que él llamaba el scriptorium y revistió sus paredes de clasificadores. Nunca hubo bastante. El proyecto creció. No se omitiría ninguna palabra si Murray podía evítarlo. Tuvo que ceder ante la mojigatería victoriana, pero en el cielo, sin la menor duda, estará asintiendo con la cabeza ante la inclusión de fuck (joder) y cunt (coño) en el OED de nuestra más permisiva época. Se enfadó con Robert Browning por emplear mal muchas palabras, incluyendo twat (en jerga tabú, los genitales femeninos). La colosal labor siguió su curso en los intervalos de sus clases en la escuela, pero Murray, confiando en un posible nombramiento universitario y en conseguir más cantidad de alimento erudito del que podía disponer en Mill Hill, trasladó a Oxford el scriptorium. Oxford no fue amable con él. Henry Sweet, el gran filólogo al que Bernard Shaw convirtió en su Henry Higgins, le avisó:"De ahora en adelante debe usted estar preparado para sufrir muchas intromisiones y órdenes fastidiosas, y verse expuesto en cualquier momento a un despido sumarísimo. Verá entonces cómo sus materiales y los ayudantes preparados por usted son utiliza dos por algún pez gordo de Oxford, quien sacará un buen salario por no hacer nada. Conozco algo de Oxford y de su bajo esta do de moralidad en lo que se refiere a las intrigas y a los intereses personales". El aviso era pertinente. Ceguera académica, plazos tiránicos, arrebatos de indiferencia y un comercialismo indigno rodearon el largo viaje desde la A hasta la T (hasta donde llegó Murray). Pero el indomable maestro siguió adelante.

Desprecio

Un tanto menospreciado por los oxonienses como un hombre sin título universitario (aunque en el Reino Unido no existe ninguna facultad de Filología), recibió un doctorado de la universidad de Edimburgo y encontró útil el birrete académico para mantener caliente la cabeza. Finalmente recibió un título de caballero, pero temió que los comerciantes locales le subieran sus precios. No hizo dinero con su trabajo y no deseaba la fama. "Soy un don nadie -si tienen ustedes algo que decir sobre el diccionario, ahí está a su disposición-, pero tómenme como un mito solar, o como un eco, o como una cantidad irracional, o no me hagan ningún caso".En 1884, Murray todavía tenía la visión de una obra en cuatro volúmenes, con 6.400 páginas, que le llevaría 10 años completar. Pero llegar hasta la palabra ant le llevó cinco años a él y a su puñado de colaboradores. El primer fascículo, publicado en febrero de 1884, fue, de alguna manera, una bomba. Indicaba no solamente la complejidad de Ia tarea, sino también la complejidad del propio lenguaje. Murray fue un gran hombre para abrirse camino a través de las complejidades. En Mill Hill, uno de los libros de estudio era Horae paulinae, de William Paley, una valiosa exposición del utilitarismo teológico que los alumnos de Murray encontraban muy enrevesado. El gran maestro hizo una sinopsis de dicho libro y empleó caracteres diferentes para hacer "elocuentes para los ojos" los argumentos de Paley.

Utilizó la misma técnica para el OED, haciéndolo muy cómodo de manejar debido a la apreciación por Murray de la semiología de los caracteres -algo que los peces gordos de Oxford, que nunca habían dado clase a niños, tardaron mucho en ver- Inventó también su propio sistema fonético, pero éste ha tenido que ceder su puesto al International Phonetic Alphabet (IPA), que debería ser la primera cosa que se enseñara en nuestras escuelas, aunque nunca lo es.

Murray murió en 1915, a la edad de 78 años. Llevó otros 13 años -bajo la dirección, primero, de Heriry Bradley; luego, de William Craigie y de Charles T. Onions (a quien los hijos de Murray cantarían en son de burla Charlie is my darling)- llegar al volumen final. Esto fue en abril de 1928, con 15.488 páginas, que cubrían más de 400.000 palabras y frases. Los 20 volúmenes de la segunda edición -o edición de 1989- tienen 22.000 páginas y definen más de medio millón de palabras, con 2,4 millones de citas ilustrativas. Este resultado final (si se puede hablar de finalización en el contexto del siempre fluyente río del lenguaje), labor principalmente de J. A. Simpson y E. S. C. Weiner, incluye los cuatro gruesos y asombrosos suplementos de R. W. Burchfield, quien llevó el estudio del inglés hasta su tiempo y muy cerca del nuestro.

El argot, la jerga, la obscenidad y el resultado lingüístico de un imperio liberado -incluido Estados Unidos- están todos en ellos. Se muestra el inglés como una totalidad, no simplemente como algo propiedad de las personas letradas y de los literatos. El órgano tiene todos los registros resonando, todos sacados. Tiene que haber un cielo que albergue al santo Murray 37 le permita bendecir la obra. En esencia, es toda suya.

Ejército anónimo

Es también la obra de miles de personas anónimas, no retribuidas e invisibles, que contribuyeron con las citas ilustrativas. Murray heredó de la Sociedad Filológica dos toneladas de fichas -encabezamientos con citas- de todo el mundo anglófono. Llegaron en sacos (con una rata muerta en uno de ellos, un ratón vivo con toda su familia en otro), en paquetes, en una cuna, en una cesta con el fondo roto llena de íes. La H se encontraba con el cónsul estadounidense en Florencia, aunque había comenzado 15 años antes con Horace Moule, el maestro y amigo de Thomas Hardy. Fragmentos de pa se encontraron en un establo de County Cavan, pero la mayoría de las fichas habían sido utilizadas para encender el fuego. Todo ello revelaba una chapucera falta de profesionalidad. Murray tuvo que empezar todo de nuevo, estableciendo normas, haciendo el papel de maestro en cartas de extensión desmesurada. El trabajo que ha llegado a la ilustración de las palabras en la segunda edición de 1989 se fundamenta en la minuciosidad de Murray, como también lo hace la claridad de las definiciones. Tomemos el cubo de Rubik, que tan de moda estuvo en 1981. "Un rompecabezas consistente en un cubo aparentemente formado por 27 cubos más pequeños, iguales de tamaño, pero de diversos colores, pudiendo cada capa de nueve u ocho de lo*s cubos más pequeños rotar en su propio plano; el juego consiste en restablecer en cada cara del cubo un solo color después de que la uniformidad ha sido destruida por la rotación de las diversas capas". Ejemplar.En cuanto a la ilustración, tenemos de todo: periodistas, novelistas, biógrafos (por lo que yo sé) de los perros galeses de la reina. Yo ilustro la palabra rothacismus (rotacismo). Recoge incluso solecismos en tanto que estén ratificados por un uso distinguido. T. S. Eliot escribió "In the Juvescence of the year / came Christ the tiger". Estaba equivocado; debía haber escrito Juvenescence. Su autoridad prevalece, y todos podemos faltar a la etimología latina si lo deseamos. El OED nos otorga el derecho a hacerlo.

No es éste un diccionario utilitario en el sentido dé que invite a una rápida mirada para buscar un significado, una pronunciación, un origen. Una vez abierto cualquiera de sus volúmenes, se empieza a hojearlo. Evelyn Waugh hojeaba para informarse sobre el whisky postcenal, y lo mismo hacía VIadimir Nabokov. W. H. Auden aprendió del diccionario que la exactitud de una palabra (etymon, en griego) no es sincrónica (aquí y ahora), sino diacrónica (que cubre toda la extensión de su historia). Si silly (tonto) significó en otros tiempos santo (como todavía lo hace en Silly Suffolk), en un poema aún puede llevar un sabor del antiguo significado. Exactitud no es delimitación. El OED debe ser el más largo poema jamás escrito.

Traducción: M. Carmen Ruiz de Elvira.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de abril de 1989