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Tribuna:UN ANÁLISIS DE LA IZQUIERDA / 2

El Estado del bienestar

AGNES HELLERProsigue la autora en su reflexión sobre las equivocaciones del socialismo -en su concepto ortodoxo- y los esfuerzos por superar la difícil etapa en la que se encuentra en la actualidad. En el segundo capítulo analiza lo que se vino en llamar la versión socialista del Estado del bienestar, surgido paralelemante al fallido intento de reinventar un sistema que trascendiera todo lo establecido en el mundo moderno. A su juicio, tampoco este nuevo intento ha conseguido lo anhelado.

La esterilidad de la fantasía política del socialismo, su indiferencia orgánica hacia la esfera política junto con la vivacidad de su imaginación social tienen en su combinación un fatal resultado. Una sociedad moderna altamente compleja, con su organización capitalista de la economía, con su casi incontrolable impulso al crecimiento industrial (tanto en los países con una economía capitalista como en aquellos que tienen una economía anticapitalista), y con su democracia todavía en proceso de desarrollo, ha sido reducida a un fantasma llamado capitalismo no sólo por el socialismo tipo bolchevique, sino también prácticamente por todas las variedades de socialismo. Esta imagen verdaderamente unidimensional del mundo moderno generó un deseo casi irresistible de crear un nuevo tipo de sociedad llamado socialismo que era la negación absoluta de todo lo que había existido, incluso en los socialistas que no eran necesariamente enemigos de todos los aspectos del mundo moderno. (Y aquellos socialistas que han venido resistiéndose a esta tentación político-metafísica sienten a menudo remordimientos de conciencia y sufren sentimientos de culpabilidad a causa de su pusilanimidad filosófica y política.)Reinvenciones

En este universo socialista de nuevo tipo, cada rasgo individual de vida sociopolítica y cultural tenía que ser reinventado; todo viejo hábito, institución o principio debía ser reemplazado. El nuevo orden tenía que basarse en principios de gestión económica totalmente sin precedentes; esto era la economía planíficada (en realidad, decretada). Ni siquiera los nombres de las antiguas transacciones comerciales y de mercado fueron tolerados en este maravilloso mundo de la planificación hiperracionalista.

El socialismo debía generar su propia dinámica política, una dinámica que concluía en el intento posiblemente más espectacular de cuadrar el círculo: "el centralismo democrático". Estaba destinado a desarrollar una nueva cultura, un nuevo tipo de seres humanos, una nueva visión del mundo que implicara y al mismo tiempo superara todo lo que había existido con anterioridad. El monstruoso resultado de este audazmente llamado universo no sólo se nos aparecía como una transgresión moral, política y filosófica.

La verdadera aventura, incluso sin Stalin y sin los mini-Stalins, se revela como una invención calenturienta de una fantasía religiosa. Aspiraba a trascender el mundo moderno y a crear su negación absoluta, un genuino paraíso sobre la Tierra, al tiempo que orgullosamente afirmaba en público su ateísmo.

En paralelo con el tiránico intento, ahora espectacularmente fallido, de una total trascendencia del mundo moderno, existen también varias formas diversas y limitadas de socialismo. El más conocido de ellos es la versión socialista del Estado del bienestar.

Encontramos particularmente estéril el debate sobre su carácter auténticamente socialista. Con mayor precisión, todo el debate ha tenido su origen en la identificación tácita del socialismo con la trascendencia total del mundo moderno incluso por aquellos que se oponen a este temerario y terrorista experimento. Sin tener en cuenta si los Estados del bienestar fueron creaciones de los socialistas o si se dieron como resultado de los esfuerzos conservadores de cerrir el paso al peligro de una revolución bolchevique, los políticos del Estado del bienestar aceptaron uno o varios puntos del ideario socialista.

La profundidad y el radicalismo de este tipo de políticas fueron directamente dependientes del grado de militancia entre los seguidores de los socialistas. Y solamente por los intelectuales romántico-desilusionados puede demandarse críticamente más socialismo que el pretendido y apoyado por sus beneficiarios más naturales.

Deficiencias

Sin embargo, dos deficiencias estructurales han caracterizado de manera permanente al socialismo del Estado del bienestar. Primera, su socialismo ha sido una fuerza negativa, limitadora, que actuaba como un impedimento para la dinámica destructiva de un sistema de mercado libre; no fue una energía positiva y creativa. El entendimiento del socialismo como una limitación es una idea muy vieja. Siempre ha aparecido intermitentemente, como postulado o como práctica, desde la Revolución Francesa y desde las revueltas de los trabajadores contra la moderna tecnología industrial.

El socialismo como impedimento es una tendencia necesaria del mundo moderno, porque un sistema de mercado libre, en vez de crear armonía, destruiría nuestro medio ambiente natural y social. Pero en algunos momentos es inevitablemente percibido como una camisa de fuerza impuesta a la sociedad y particularmente a los individuos. Nuestra hipótesis es que precisamente esta percepción de un socialismo obstaculizador como camisa de fuerza fue el principal antecedente sociopsicológico del thatcherismo, no sólo en el Reino Unido, sino también en algunos países escandinavos y en Israel.

Segunda, el socialismo del Estado del bienestar, aunque enemigo autoconfesado de la aventura de la transcendencia total del mundo moderno, estaba poderosamente influenciado por su enemigo. Los socialistas del Estado del bienestar, con pleno conocimeinto de los resultados de la audacia filosófica y práctica de los bolcheviques, han desechado toda clase de metafísica socialista y han elegido con orgullo un socialismo prosaico, sin grandes frases ni fanfarria intelectual. La vaciedad de la vida diaria de los Estados y sociedades del bienestar es, en nuestra opinión, un resultado directo de esta opción, comprensible aunque profundamente problemática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 31 de marzo de 1989