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Crítica:TEATRO

Aire de libertad

Fabià Puigserver sostiene que la localización de la obra de Beaumarchais en las cercanías de Sevilla, en ese palacio-cortijo de Aguas Frescas, feudo del conde de Almaviva, señorito andaluz y grande de España, no es gratuita ni sirve para que la pieza resulte más digerible para la censura de Luis XVI.Sin embargo, cuesta creer que el barbero Fígaro, "rasant de ville en ville", sea ese sevillano deslenguado, vivales y mentiroso que quiere hacernos creer Puigserver. Porque, para ser sevillano, y sevillano de 1784, el tal Fígaro, a sus 30 años, parece más cultivado que el notario Blas Infante y con más mano izquierda que el señor Rodríguez de la Borbolla.

Amén de ser licenciado en química, farmacología y cirugía, ciencias relativamente novedosas para la época (1784), el tal Fígaro demuestra -en su monólogo de la escena tercera del quinto acto- saberse al dedillo su Montesquieu, su Voltaire, su Diderot -sobre todo su Diderot-, y haberse leído, de cabo a rabo, el Tabliau économique, aquel mamotreto de Frangois Quesnay, con sus parrafadas sobre el producto neto. Para un sevillano de 1784 no está mal, nada mal.

Les noces de Fígaro

De Caron de Beaumarchais. Traducción de Francesc Nel.lo. Intérpretes: Jordi Bosch, Anna Lizaran, Lluís Homar, Emma Vilarasau, Carlota Soldevíla, Alfred Lucchetti, Santi Ricard, Enric Serra, Artur Trias, Rut Descais, Rafael Anglada, Blai Llopis y Joan Matamalas. Música: Josep M. Arrizabalaga (interpretada por la Orquesta de Cámara del Teatre Lliure). Iluminación: Xavier Clot. Vestuario: César Olivar. Escenografía y dirección: Fabiá Puigserver. Barcelona, Teatre Lliure, 8 de febrero.

En aquel siglo de gendelettres, en el que todo quisque, desde los reyes a las queridas, era puntiagudo y envenenado como las plumas de oca, Caron de Beaumarchais pasó, al decir de Paul Morand, "à còté de la littérature potir entrer droit dans le génie". Y así, el padre de Fígaro -acojonado, con su cuchilla de barbero, ante la cuchilla del doctor Guillotin, que él afilaba con sus frases-, pasó, casi de puntillas, a la inmortalidad. Hoy, todavía, esas Noces de Fígaro, esa folle journée, hacen pupa en Pretoria, en Gdansk, en La Habana y en Barcelona (si las dejan). En el Lliure, concretamente, más de uno de esos "puissants de quatre jours", como les llama Fígaro, se sintió tocado (hasta el punto de no asistir al estreno), y el público, lanzado, gozoso y lanzado, soltó la carcajada cuando Fígaro aludió a la inmunidad de que gozan aquí los "comediants francesos", como si el gobierno de Cataluña le hubiese puesto un pisito en las mismas Ramblas a la mismísima mademoiselle Champmeslé. Y es que el Lliure, y el público -de Raimon Obiols a Rosa María Sardá- sabían muy bien lo que se traían entre manos. Como bien dijo ayer TVE-2 en su informativo del mediodía, la noche del estreno de esas Noces fue una noche inolvidable.

Hay que ver con qué sabiduría, con qué puñetería coloca las frases Anna Lizaran (la condesa), más comedianta que nunca, rezumando toda ella Chanel número 5 y mirándose al Querubín (Santi Ricart, una perla; haciendo la muda, descaradamente, de la infancia a la adolescencia, a la vista del público, guiñándole el ojo) como quien se mira al niño Jesús de Praga. Hay que ver como Lluís Homar (Fígaro) agarra al público y se lo mete en un puño con su célebre monólogo, servido esta vez con la honestidad, la tozudería y el arte del que sabe lo que dice y por qué lo dice, más allá de las martingalas del teiatru. Hay que ver, y aplaudir, a ese Jordi Bosch (el conde de Almaviva), que si bien nunca será un grande de España (para eso hay que ser Vittorio Gassman, el de La escapada, el Almaviva ideal), demuestra en ese espectáculo su gran condición de actor cómico, un cómico con autoridad y presencia, con un rostro y unas manos, sobre todo con unas manos a las que uno no confiaría su vajilla, como no la confió en su día a las de Peter Sellers.

Hay que ver y aplaudir a Emina Vilarasau, la suivante perfecta, una actriz dramática que, cuando quiere, sabe convertirse en un delicioso bolado. Hay que verlos y aplaudirlos a todos, porque conocen y practican esa gran verdad que es la que mantiene vivo el teatro, el gran teatro: "L'art de plaire". Y hay que sacarse el cráneo, como diría mi colega Joan Casas, ante el talento y el arte -el arte, siempre el arte, como en los toros- de Fabiá Puigserver, el cual se ha montado un patio andaluz, iluminado como nunca por Xavier Clot, entre cuyas once puertas corre un aire de libertad. De poesía, de malicia y de libertad. La de Beaumarchais, la de Fígaro, la de Almaviva, la de la condesa, la de Susana, la de Querubín y la del Teatre Lliure.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de febrero de 1989