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Crítica:CINE

Todo un cineasta

Es Mientras haya luz una bella y humilde película española Estrenada en malos horarios lo que dificultó su difusión, en el último festival de San Sebastián, donde gano el premio a la mejor opera prima; producida con un presupuesto muy bajo; fotografiada en blanco y negro; realizada casi artesanalmente, por etapas y según llegaba el dinero; ha tardado más de un año en encontrar en Madrid una sala que la acogiese. Y, mientras esta más que notable aportación a la mejor y más refinada historia reciente del cine buscaba, casi mendigaba, una pantalla donde dejarse ver, se han estrenado, sin dificultad alguna, centenares de filmes que nada aportan al cine y que incluso lo degradan. Así son las cosas.Felipe Vega, escritor y director de Mientras haya luz procede de la crítica especializada y esto se nota en su filme, que deja ver detrás de sus hermosas imágenes una gran cultura cinematográfica. Y no nos referimos a sus homenajes, más o menos ostensibles, a Jean-Luc Godard -el plano que abre el filme está inspirado en otro casi idéntico del maestro suizo-, Victor Erice, Fritz Lang, Victor Fleming, Spencer Tracy y otros grandes cineastas, sino a la inimitable cadencia de la película, a su raro, austero y exquisito estilo, que en la superficie recuerda a algunas obras de Wim Wenders, pero que, a mi juicio, va mucho más lejos que ellas: un estilo difícil de imaginar en quien no sea un experto degustador de buen cine.

Mientras haya luz

Dirección y guión: Felipe Vega. Fotografía: José Luis López Linares. Música: Bernardo Bonezzi. Montaje: Iván Aledo. Productor: Gerardo Herrero. España, 1987. Intérpretes: Rafael Díaz, Jorge de Juan, Teresa Madruga, Joaquín Hinojosa, Marisa Paredes, Iciar Bollaín. Estreno en Madrid: cine Renoir.

Complejidad

El transcurso, aparentemente lineal, de Mientras haya luz, encubre en realidad una gran complejidad. Vega es un cineasta genuino, porque es capaz de crear una sucesión de imágenes que, por muchas referencias que uno encuentre en ellas a otro cine, son suyas, no tienen precedentes, porque carece de ellos su secuencia, el hilo de tiempo sobre el que esas imágenes se engarzan y se suceden. Por ejemplo, su empleo sistemático del fundido en negro, que podría recordar a un manierismo derivado del cine primitivista y del que eligió Robert Bresson para su obra cumbre, Un condenado a muerte se ha escapado, puede parecer abusivo o imitativo. Y lo sería en un cineasta sin mirada propia, pero en la de Vega, en lugar de un forzamiento o un apriorismo formalista aprendido, resulta ser un rasgo de estilo tan natural, que perece fundido con la respiración de su inventiva.Sirva lo anterior como ejemplo, entre otros muchos, de que, con Mientras haya luz, el cine español ha adquirido, con la de Vega, una manera inédita de entender el cine. Estamos ante uno de esos casos en que, con toda evidencia, el cineasta está por encima de su obra, pues esta, pese a ser siempre bella, a ratos apasionante, seria donde los haya, es defectuosa en un aspecto fácil de desmontar: hay estrechez, e incluso zonas confusas, en la historia narrada en Mientras haya luz, si se le compara con la anchura y la diafanidad con que su autor la narra. De otra manera, el misterio argumental de la película tiene menos enjundia que su misterio formal, de tal manera que la intriga urdida le viene pequeña a la estatura poética de su urdidor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 30 de mayo de 1988

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