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Tribuna:50ª ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA

Una lección de angustia radical

Nuestro problema ante Vallejo: ¿cuál es ese problema? Todos los poetas que han atravesado en sus obras una línea enigmática tras de la cual se hace evidente ese acontecimiento -que es siempre indescifrable- al que llamamos la genialidad, nos plantean alguna clase de problema. Por lo general, y cuando menos, sacuden el adormecimiento de nuestra relación con el lenguaje. Ante Vallejo, ese sacudimiento es radical. En frente del idioma o abrazados a él, los poetas siempre creemos que nos mantenemos alertas. Esa creencia suele ser -como tantas otras creencias- un anestesiamiento. En realidad, hablamos a menudo -escribimos incluso- de memoria, de prestado o de oídas. Casi siempre llevamos colgando de la lengua cierto freno de inercia. A veces el error es aún más grave: buscamos la originalidad. O peor aún: suponemos que la hemos encontrado: cuando quizá no haya. nada más tradicional, más ortodoxo, más conformista que el propósito de ser originales. Son formas aparentemente diversas del anestesiamiento. Y es entonces cuando llegan los genios: los leemos, nos enorgullecemos de volver a ser aprendices, nos asombramos de la grandeza del idioma, nos admiramos de la súbita majestad que ellos, los genios, les reotorgan al numeroso misterio del idioma. En suma, nos desanestesiamos. Los grandes poetas, nos hacen sospechar una vez más que nuestro oficio de escribir poesía es algo muy distinto a la soberbia de sentirnos satisfechos y relajados, y que en el espacio de esa distinción y esa tensión, la facilidad, el buen oído, la originalidad, son asuntos triviales. Los genios nos enseñan que, ante la magia que se contiene en las palabras, lo más lícito es vivir angustiados y escribir con angustia. Todos los genios nos regalan esa lección de angustia. En el fondo, es una moral.Sobresalto sin alivio

Miramos con atención los corredores, los destellos, y las penumbras de todos nuestros años de oficio y nuestra historia de lectores, y adivinamos que la lección de angustia más radical que aún tenemos cierta oportunidad de seguir aprendiendo nos la entrega César Vallejo. El castellano de Vallejo es un sobresalto sin alivio, un testarudo y casi brutal desanestesiamiento. Tocamos sus palabras españolas y notamos que nos queman la mano. Abarcamos con nuestros ojos alguno de sus versos precipitados y escalofriantes, y notamos que nos crecen los ojos, de un modo parecido a como crecen en el miedo: se nos abren con ansia, como en legítima defensa. "Murió mi eternidad y estoy velándola": seismos verbales como éste no habían sonado nunca en el terremoto del genio del idioma. El poeta Cintío Vitier ha acertado a escribir que un buen verso, un verso que merezca ese nombre, es "una calidad súbita del mundo". Algo que no existía en el,universo súbitamente existe, súbitamente y con candor sucede, y se queda a habitar para siempre en el mundo, agrandándolo. A ese milagro le solemos llamar revelación. La poesía de Vallejo está plagada de revelaciones.

Uso a conciencia la palabra plaga: esos versos caen como una plaga de langosta sobre nuestras modosas, originales, satisfechas cosechas expresivas. Algunos versos de Vallejo (a menudo poemas enteros, pues en él lo prodigioso se dilata, igual que crece una pasión hasta casi romper el pecho), algunos versos granizan sobre nuestras plantas de uva, sobre nuestras lindas matas de flores y sobre nuestros naranjales, y pura y sencillamente las arrasan. Esa pureza, esa sencillez, esa inocencia en cierto modo demoníacas nos resultan devastadoras. Nos hacen comprender que. nos pasamos la vida distraídos, que escribimos, casi siempre, aletargados por la aventura de la satisfacción, la originalidad, el anestesiamiento. Nos hacen sospechar que la originalídad verdadera, la originalidad radical, es hija de la angustia, es hermana de la inocencia, pariente del candor. ¿Tenemos, pues, que regresar? ¿A dónde? Tal vez a la severidad de la núra da originaria, esa mirada que tuvimos un día y que la inercia, el éxito, la vanidad y otras maneras del apocamiento fueron cargando de presbicia. Hemos ido dejando de ser candorosos, renunciando a la severidad de la inocencia, y todo ese montón de dejadez amenaza con convertirnos en poetas ¡con la vista cansada. Es un error escandaloso, pues la mirada de un poeta debiera ser infatigable, inocente y severa. Los genios nos lo prueban. Vallejo, de manera perturbadora y radical. En la revelación poética del español, la inocencia y severidad de Vallejo son únicas.

Ha sido escrito que Vallejo es el más severo monasterio verbal levantado en las tierras americanas. Esa palabra, monasterio, nos reconduce al espacio de la inocencia: lo sagrado. En la poesía de Vallejo, el alivio -y el espanto- de lo sagrado frecuentemente nos asaltan juntos, en una especie de dentellada de cariño, de arañazo de amor: "Amado sea el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas". ¿Hemos visto de verdad ese verso? ¿Lo hemos oído verdaderamente? ¿Lo hemos tocado de verdad? Abrasa. Ese verso calcina. Ese verso, de una claridad que es a un tiempo revelatoria e indescifrable, que está lleno a la vez de evidencia y de enigma, de angustia y de consuelo, calcina, por de pronto, al anestesiamiento que suele segregar nuestra inteligencia pequeña y adulta de poetas distraídos, originales, incandorosos y desinocentados. La inteligencia poética de Vallejo es ahí distinta, es violentamente real.

Y éste es nuestro problema, el severo problema que a nosotros, los poetas, nos plantea la poesía de Vallejo: que, apretado con el lenguaje, llenos ambos de compasión -el lenguaje y Vallejo- llenos ambos de angustia y de inocencia, nos dan una limosna. Y es entonces, en ese instante, cuando nosotros hemos de preguntarnos: ¿seremos de nuevo capaces de vivir de limosna? ¿Tendremos el coraje de regresar hacia el lenguaje con la inocencia y la exigencia del mendigo?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de abril de 1988