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Editorial:

Español para todos

POR PRIMERA vez se va a producir, a lo largo de tres años, un curso de español para ser difundido en el extranjero sobre el sistema, aplicado desde hace años por otros países, de imágenes de televisión, grabaciones de sonido y libros (en el nuevo idioma, multimedia). Las autoridades lingüísticas que respaldan este curso -la universidad de Salamanca, catedráticos de otras universidades, la Real Academia Española-, el carácter gubernamental de quienes lo difunden y encargan -el Ministerio de Cultura y el de Asuntos Exteriores- y de quienes lo producen -Radiotelevisión Española- deben dar al método una condición superior a la de un simple curso de idioma: el de un compendio oficial del español básico o, siguiendo la termínología inglesa para su idioma, estándar.La diferencia entre España y los otros países que difunden su idioma -como el inglés, el ruso, el francés- es que aquí el estándar apenas existe. Podría ocurrir que si muchas personas de los 300 millones que el ministro de Cultura considera como seguidores potenciales del curso se aplican realmente, hablarían un español más puro, en prosodia y en sintaxis, que el que se habla en España por término medio. No ya en la calle, sino en los mismos medios que van a producir el método -radio y televisión-, en los hemiciclos y los congresos políticos y hasta en libros y periódicos, pese a que el ritmo de la escritura permite corregir algunos defectos en los cuales abunda la improvisación oral.

El idioma español viene desde hace muchos años sufriendo una deterioración que se hace aguda. Forma parte de una psicología nacional de la desgana, de la exaltación del método aproximativo como variante exagerada de la ley del mínimo esfuerzo. Lo importante, se dice, es entenderse, "y usted ya me entiende". Y por esta vía vamos camino de no entendernos en absoluto: en política y en tecnología está pasando ya. Cierto que algunas autoridades cada vez más lejanas lo utilizaron como arma, como forma de desnaturalización ofensiva, como castigo.

Sería también conveniente que el curso de 15 horas se aplicase a España. No son muchas horas, y los que han tomado aquí el uso de la palabra, o los que se creen con derecho a hacerlo para plantear sus propias cuestiones, podrían encerrarse con su vídeo de cuando en cuando, ya que les produce repulsión la gramática, no consideran válida la prosodia y la sintaxis se la inventan como pueden, para afinarse en un idioma de forma que lo tengamos bien establecido aquí antes de que los extranjeros lo aprendan, vengan y se asusten.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de enero de 1988