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Tribuna:

Tú no moriste contigo

Éste es el discurso que Eduardo Galeano pronunció el 19 de enero, en Santiago de Chile, al recibir el Premio José Carrasco Tapia. El premio evoca al periodista asesinado por la dictadura chilena en 1986.

A finales de septiembre, en Perú, una maga me leyó la suerte. La maga me anunció: "Dentro de un mes recibirás una distinción". Yo me reí. Me reí por la palabra distinción, que tiene no sé qué de cómica, y porque me vino a la cabeza un viejo amigo del barrio, que era muy bruto pero certero, y que solía decir, sentenciando, levantando el dedito: "A la corta o a la larga, los escritores se hamburguesan".

Así que me reí de la profecía de la maga y ella se rió de mi risa.

Un mes después, exactamente un mes después, recibí en Montevideo un telegrama. En Chile, decía el telegrama, me habían otorgado una distinción (así decía el telegrama: "distinción", como la maga). Era el Premio José Carrasco Tapia. Yo salté de la alegría.

Ni la más mínima sombra de desconfianza me oscureció la alegría, porque ningún premio que lleve ese nombre puede servir para recompensar a los arrepentidos, a los domesticados, a los que dicen sí.

Y tampoco me oscureció la alegría la menor duda sobre la naturaleza misma del premio: yo sabía, yo sé, que no estaba siendo convocado a una ceremonia fúnebre. Habitamos un mundo que trata mejor a los muertos que a los vivos. Los vivos somos preguntones, y somos respondones, y tenemos otros graves defectos imperdonables para un sistema que cree que la muerte, como el dinero, mejora a la gente.

Nada que ver: éste es un homenaje a la pasión de vivir, iluminada por la viva memoria de un compañero asesinado, y ésta es una celebración de la alegría de creer en ciertas cosas que la muerte no puede matar.

El sistema, que nos quiere ciegos, que nos quiere mudos, que nos quiere sordos, no nos ayuda a vivir naciendo. El sistema nos entrena para vivir muriendo y para vivir matando: matando, hacia afuera, porque todo prójimo es un competidor y un posible enemigo, y sobre todo matando hacia adentro, matando lo mejor que cada cual tiene vivo dentro de sí.

Cuando yo era niño los curas me asustaban con el diablo. Ahora creo que aquel diablo, aquel jefe de cocina del infierno, no existe. Pero en cambio tengo pruebas de que sí existe el diablo del miedo. El diablo del miedo se disfraza para engañarnos. El gran artero ofrece cobardía como si fuera prudencia y traición como si fuera realismo. Y hay que reconocer que bastante éxito tiene el muy ladino en nuestras comarcas. Ante el diablo del miedo hacen cola los que quieren entregar la libertad a cambio de la seguridad. Varias leyes nuestras llevan su firma inconfundible. Por ejemplo, la ley argentina que autoriza a torturar y a matar, siempre y cuando se haga por orden superior. Por ejemplo, la ley uruguaya que manda olvidar las torturas y los crímenes, siempre y cuando hayan sido cometidos por gente de uniforme. Éstas son dos leyes de la impunidad del poder. La impunidad del poder induce a la pudrición general de las costumbres.

En dictadura o en democracia, en democracia o en democradura, el diablo del miedo no actúa solo. En Uruguay, al menos, yo lo veo casi siempre acompañado. Con él anda su socio, el diablo de la codicia. Éste es otro diablo disfrazado. El diablo de la codicia comete sus felonías en nombre de Dios y con la bendición del Santo Padre, que riega de agua bendita el afán de ganancia, la práctica de la usura y el derecho a vivir del trabajo ajeno.

El diablo de la codicia nos dice que si le vendemos el alma prosperaremos y llegaremos a ser como Hong Kong. Él ha dictado la política económica que el régimen militar aplicó en mi país, y que el régimen civil ha perpetuado sin mayores cambios. Esa política económica condena a los trabajadores a vivir como faquires. El trabajo no vale nada, no hay plata que alcance, se hace el doble a cambio de la mitad. ¿Qué producen nuestros países? Brazos baratos. La realidad se vuelve chiste de humor negro:

-Hay que apretarse el cinturón.

-No puedo. Me lo comí ayer.

Además, esa política económica obliga a los productores a convertirse en especuladores. Tiempo de los ventajeros: para sobrevivir hay que avivarse. La sociedad se divide en jodedores y jodidos. Trabajar no es negocio, producir no es negocio, crear es delito. La dignidad no se cotiza en el mercado. La crónica social muestra a los tramposos del brazo de los verdugos. Turno de los camaleones: nadie ha enseñado a la humanidad tanto como estos humildes animalitos.

El sistema, que elige al revés, estimula a los copianderos y desalienta a los creadores, recompensa a los infames y castiga a quienes dicen lo que creen y a quienes creen en lo que hacen. Se eleva la picaresca a la categoría de doctrina económica y se la rebautiza, pomposamente, con el nombre de modernización. Un amigo me decía el otro día que si seguimos así habrá que sustituir la estatua del general José Artigas, nuestro héroe nacional, en la plaza de la Independencia. En lugar de Artigas, decía mi amigo, habrá que poner al Lazarillo de Tormes.

El reciente aluvión de firmas del pueblo uruguayo contra la ley de impunidad, que manda olvidar las atrocidades de la dictadura militar, implica una voluntad de justicia que va más allá del rechazo de esa ley. Las firmas también expresan, creo, la negación de todo un modo de vida fundado en el conformismo egoísta, el qué me importa, el qué le vas a hacer, el no te metas, el sálvese quien pueda. El pueblo ha firmado contra los crímenes visibles del terrorismo de Estado, pero también contra los crímenes invisibles: para demostrar que están vivas, malheridas pero vivas, las energías nacionales de solidaridad, la capacidad popular de creer y crear, la peligrosa y maravillosa pasión de libertad.

¿No era ésta, también, la lucha del Pepe Carrasco? ¿No es ésta, salvadas las distancias de tiempo y de lugar, la lucha de todos los chilenos que aquí rompen lanzas contra el diablo de la codicia y el diablo del miedo?

Yo no soy chileno, pero es como si fuera. Mi canción preferida es una canción chilena, una canción que da gracias a la vida. Esa canción me mueve los labios cuando ando extraviado en los laberintos de la duda o el desaliento; y cantándola recupero el rumbo, y cantándola recupero las ganas de agradecer a la vida, que me ha dado tanto amor al vuelo y tanto odio a las jaulas.

Ese amor y ese odio forman la cara y la contracara de una misma certidumbre, más poderosa que la duda y el desaliento. Hay certidumbres, como ésa, que me encuentran cada vez que me pierdo y me levantan cada vez que me caigo. Se las debo a la gente que quiero. La gente que quiero me las regaló.

Yo no soy chileno, pero es como si fuera. Una de mis más invulnerables certidumbres es la certidumbre de que vale la pena morir por las cosas sin las cuales no vale la pena vivir. Y esa fe se la debo a un amigo chileno que se llamaba, que se llama, Salvador Allende.

Hoy nos hemos reunido para celebrar una certidumbre que desconcierta a los burócratas y a los generales. Los tecnócratas no la pueden descifrar, los mercaderes no la pueden comprar, los policías no la pueden vigilar. Hace poco, en la clausura de un congreso, yo intenté definir esa certidumbre con estas palabras: "Crear y luchar son nuestra manera de decir a los compañeros caídos: "Tú no moriste contigo".

No es una certidumbre que se refiera al Más Allá. Se refiere al más acá, se refiere a la alegría de la continuidad de la aventura humana en la tierra. Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías, y también tenemos la alegría de nuestros dolores, porque no nos interesa la vida indolora que la civilización del consumo vende en los supermercados, y estamos orgullosos del precio de tanto dolor que por tanto amor pagamos. Tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que prueban la pasión de andar y el amor al camino; y tenemos la alegría de nuestras derrotas, porque la lucha por la justicia y por la belleza vale la pena también cuando se pierde. Y sobre todo, sobre todo tenemos la alegría de nuestras esperanzas: en plena moda del desencanto, cuando el desencanto se ha convertido en artículo de consumo masivo y universal, seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano.

Y aquí nos juntamos, y así nos juntamos. Y juntándonos decimos, al Pepe Carrasco y a quienes cayeron como él, en Chile o donde sea, a todos y a cada uno de los que se han jugado la ropa y la vida con la dignidad, les decimos: "No, no, no; tú no moriste contigo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de enero de 1988