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Editorial:

El Rey, en Bolivia

EL VIAJE de don Juan Carlos por tierras de Bolivia es una nueva etapa en una labor que la Monarquía española viene desempeñando con particular brillantez en los últimos años: afirmar los lazos que nos unen a los pueblos de aquel continente, presentar la imagen de una España moderna y democrática y aportar el pleno apoyo a la causa de los derechos humanos y de la democracia, que es política del Gobierno y que expresa a la vez hondos sentimientos del pueblo español.Parece obvio que el momento escogido para la visita a Bolivia, aplazada ya en diversas ocasiones a causa de crisis políticas en dicho país, no ha sido el mejor. Una huelga minera y enfrentamientos frecuentes con la policía en las calles no podían crear el clima óptimo. Si bien los incidentes no reducen el alcance de la presencia de los Reyes ni el valor del mensaje de amistad y de aliento que ha aportado a la nación boliviana, con sus glorias y desgracias, sus conflictos y tensiones y por encima de cualquier partidismo.

Merece un comentario distinto la actitud de sectores indigenistas que han aprovechado la visita del Rey para protestar contra la destrucción de la cultura incaica por la colonización española. Protesta muy minoritaria, en un país que tiene un alto porcentaje de población indígena, pero de la que no vendría mal sacar alguna indicación acerca del enfoque del quinto centenario de 1492. Las actitudes triunfalistas, que el Rey siempre ha sabido evitar, pero que no están siempre ausentes de ciertas actitudes oficiales, al pretender negar o callar una realidad histórica en la que no escasean páginas negras, son contraproducentes.

La realidad que los Reyes han encontrado en Bolivia refleja la fragilidad de la democracia. Desde la independencia, en 1825, los regímenes militares han sido numerosos hasta fechas recientes. Hoy, el enemigo de la democracia es el narcotráfico, que constituye un verdadero doble poder. Ha estado detrás de varios golpes militares, y sigue infiltrado en puestos decisivos de la Administración. Controla una economía sumergida de enormes proporciones. Por otra parte, las luchas sociales tienen rasgos peculiares en Bolivia: la miseria de amplios sectores y el desarraigo de las poblaciones indígenas no han engendrado fuertes movimientos guerrilleros. En cambio, existe un movimiento obrero, sobre todo entre los mineros, que ha llegado a tomar las armas. La poderosa Central Obrera Boliviana (COB) se enfrenta de forma radical a la política neoliberal del presidente Paz Estenssoro, cuyo Gobierno es apoyado por el partido de derecha del general Bánzer. Las luchas obreras reflejan situaciones sociales de desesperación. La recuperación económica es imprescindible para asentar la democracia.

A pesar de sus limitadas posibilidades, España está haciendo un esfuerzo particular en este terreno, y Bolivia ha sido colocada en el primer rango de los países latinoamericanos que reciben nuestra ayuda económica y técnica. Pero el problema de la cooperación debe ser situado en un marco más amplio. El actual viaje del Rey es el primero que realiza a un país de América Latina después del ingreso de España en la CE. Nuestro europeísmo no supone alejamiento o debilitamiento de los lazos con aquel continente. Al contrario: nuestra presencia dentro de la Comunidad puede ayudar a que ésta valore la importancia de las relaciones con los países latinoamericanos. A pesar de la deuda que ahoga hoy sus posibilidades de despegue económico, América Latina es uno de los continentes del futuro. Para Europa sería suicida ignorarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de mayo de 1987