Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La gran redada contra el aborto

De las 39 personas detenidas el pasado miércoles, cinco de ellas, todos médicos, están en la cárcel

En la madrugada del sábado, tras casi 60 horas de incertidumbre y sordidez, el juez Carlos Valle puso en libertad a los últimos detenidos en la redada masiva efectuada el miércoles en centros de planificación familiar de Madrid, a excepción de cinco médicos que ingresaron en prisión. Casi simultáneamente el Gobierno aprobaba el decreto que liberaliza la aplicación de la ley despenalizadora del aborto.

Marisa Castro, relaciones públicas del centro médico Dator, abandonó el calabozo de los juzgados de la plaza de Castilla en la madrugada del sábado. Durante la pasada dictadura fue detenida 13 veces a causa de su militancia comunista, pero asegura que esta última vez "ha sido especialmente dramático". Una nueva detención que no presintió el miércoles a las seis de la tarde, cuando al sonar el timbre de la puerta pensó que se trataba de una llamada rutinaria. "Eran las seis de la tarde y entraron dos chiquitas y una pareja. Pero al atender a la pareja resultó que eran dos policías. Dijeron que iban a hacer un registro y uno de ellos abrió la puerta para que entraran algunos más. Les pedí la orden judicial, pero al parecer tenían mucha prisa por ver qué estaba pasando en la zona de consultas. Me empujaron hábilmente y echaron un vistazo. Cuando comprobaron que no había mujeres me entregaron la orden judicial"."En la sala de espera había entre 25 y 30 personas entre pacientes y acompañantes. Una de las usuarias, que vivía en la periferia y que tenía a sus cuatro hijos solos lloró amargamente y pidió que la dejaran marchar, pero dijeron que no era posible, que estábamos detenidos todos". En medio de lo que Marisa Castro califica "un desmesurado despliegue policial que sumió en el estupor al barrio", los detenidos fueron conducidos a los juzgados de la plaza de Castilla. Tras tomarles su filiación, se decidió que los hombres, en su mayoría acompañantes, aunque uno de ellos declaró que iba a hacerse una vasectomía, quedaran en libertad. Por el contrario, todas las mujeres, fueran pacientes -algunas en edad menopáusica- o acompañantes, fueron retenidas hasta que declararan ante el juez. Un rosario de declaraciones que duró hasta las cinco de la madrugada.

Los trabajadores de Dator fueron aislados en celdas hasta que declararon ante el juez. "No había suficientes celdas y me metieron, incomunicada, en una de hombres que era una auténtica pocilga", señala Marisa Castro. "Las paredes estaban manchadas de heces; las colchonetas, de gomaespuma, estaban sucias de semen, vómitos y sangre. Sólo verlo era una tortura". Durante las primeras horas de la noche "resistimos sin tumbarnos", pero al final "terminamos echándonos sobre las mantas, infestadas de piojos y sarna". Ambiente dantesco en el que destacan los inodoros, "indescriptibles y medievales".

"Peor que medievales", apostilla María Luz, la psicóloga del centro, también procesada y visiblemente afectada. María Luz también tuvo que alojarse en las celdas de hombres, que, a lo que parece, ostentan el máximo grado de suciedad en ese reino de la suciedad que impera en los calabozos. "Viví esas horas de aislamiento con una tensión y angustia terribles, así que cuando me tocó declarar, a la una y media del día siguiente, me puse muy nerviosa y no pude terminar. El juez me mandó otra vez a la celda y volví a declarar a las diez".

"El registro fue exhaustivo", explica Begoña, que, junto a Guillermo Alonso y Juan Manuel Sánchez, presenció como testigo la acción judicial. "Desarmaron hasta el sillón; al parecer, buscaban restos de no sé qué". A Marisa Castro, que se ha sumado a la huelga de hambre de las Juventudes Comunistas, le preocupa algo, a su juicio, más grave: "Incautaron las historias clínicas, lo que me parece una violación de la intimidad de las pacientes y un abuso de autoridad".

Llevarse los espéculos

Un relato similar ofrece la procesada Paloma de Andrés, una de las ginecólogas del centro de planificación Duratón, situado en el barrio del Lucero. Se da la paradoja de que este centro de barrio modesto, autofinanciado por las mujeres que trabajan en el mismo, ha contado con una subvención de la Administración, a través del Instituto de la Mujer, de 100.000 pesetas. Un segundo piso, ahora precintado por orden judicial, "en el que en la tarde de¡ miércoles entraron cuatro policías de paisano y afirmaron que tenían orden de registro", afirma Paloma de Andrés. "Nos dijeron que no nos moviéramos y nos impidieron llamar por teléfono. Si éste sonaba, lo descolgaban", añade. "Pretendían llevarse las historias, pero les pedimos que eso era secreto profesional, así que llamaron y consultaron y se llevaron sólo los ficheros, aparte del instrumental". Otra testigo agrega: "Como el centro no dispone de instrumental para intervenir, decidieron llevarse todos los espéculos".A las pacientes de Duratón no se las detuvo formalmente. Se les retuvo durante un tiempo, se les tomó la filiación y ftieron saliendo de una en una "para'que no armaran alboroto fuera". Sin embargo, una de ellas, Pilar Moreno, considera un atropello que se le tomaran los datos del DNI y algunos más, "como el estado civil". Además, "fue una humillación tener que contar en voz alta a aquellos señores qué quería consultar".

Las ginecólogas Paloma de Andrés y Malte Massot, así como la psicóloga del centro, también fueron incomunicadas tras la detención. Con ellas fue detenida la feminista Victoria Virtudes, a la que la orden judicial también citaba, pese a no trabajar en Duratón. Amiga de Paloma de Andrés, Victoria Virtudes llegó al centro justo cuando la policía sacaba a los detenidos, por lo que corrió idéntica suerte.

"Llegamos a las celdas de la! primeras y pudimos elegir", reseña Paloma de Andrés. "Las mismas funcionarias me dijeron que la mejor era una en la que había ya seis gitanas y una niña, así que allí me quedé, pese a que sólo teníamos tres mantas para todas". Por el contrario, la psicóloga, que está enferma, llegó tarde al reparto de camastros y tuvo que contentarse con una silla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de noviembre de 1986