Entrevista:

Carlos Fuentes: "La amnesia de nuestra historia nos obliga a ver la importancia del pasado"

Carlos Fuentes, verdadera paradoja del hombre moderno, por un lado; profundamente ligado al destino de su país, al mismo tiempo es un hombre cosmopolita. Desde la infancia, un largo peregrinaje le ha conducido a vivir en diferentes países. Actualmente vive en Estados Unidos y enseña en la universidad de Harvard. De cuando en cuando viaja a Europa, y en París recuerda los años pasados, visita amigos queridos y contempla un paisaje familiar. "La amnesia demasiado prolongada de nuestra historia nos ha obligado a ver la importancia que tiene el pasado y la necesidad de la memoria para nuestro presente", opina el escritor.

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Pregunta. Todo ha comenzado por el olvido... En su última novela, Gringo viejo, el pasado resurge nuevamente de la historia, omnipresente, implacable.Respuesta. La amnesia demasiado prolongada de nuestra historia nos ha obligado a ver la importancia que tiene el pasado y, la necesidad de la memoria para nuestro presente. Desde la colonia, América Latina quedó paralizado por el miedo en el contacto y frente a la presencia del mundo europeo. Si no asumimos los conflictos y las dificultades de nuestro pasado lo mismo que su riqueza y posibilidades, no podemos, tener un presente vivo, y el futuro se nos escurrirá entre las manos.

P. Una herencia histórica. dificil para América Latina...

R. Que se agravó más tarde por la no aceptación de la cultura española y que ha dado ese carácter caótico a nuestra historia y nos ha dejado una especie de lagunas y abismos que pueblan la historia del continente latinoamericano.

P. El gringo viejo es en realidad el escritor norteamericano Ambrose Bierce, que a comienzos de siglo parte a México y muere en el misterio. En la novela, él mismo dice: "Ser gringo en México es mejor que suicidarse".

R. El relato se da durante: la revolución mexicana. Es la época de Pancho Villa y la convulsión de la guerra civil que vive el país. A la llegada del viejo escritor y misántropo se produce el encuentro de dos culturas, de dos formas de vida, dos formas diferentes de ver el mundo. Gracias a la ficción, la novela desarrolla el enfrentamiento de estos mundos...

P. EE UU y México, es decir, entre el gringo y el mexicano de la revolución...

R. La novela intenta un viaje a través de la historia de México, trata de atravesar el tiempo, los diferentes tiempos de la historia; levantar el velo que cubre la revolución para percibir más claramente los símbolos que encierra, que tratan siempre de ahorrarnos la visión de la muerte y el horror de la guerra facilitando nuestras buenas conciencias frente a la violencia.

Referencias culturales

P. Diferentes referencias de cultura, de razas, de lugares en un mismo tiempo, la impulsión de un mundo múltiple...R. La visión que hemos tenido en México de nuestro pasado ha sido como una especie de paraíso para turistas. Hoy estamos obligados a salir de esta ilusión perversa, revelar los problemas y los conflictos que estaban escondidos. Esto significa un enfrentamiento doloroso y difícil, pero necesario y vital con nuestra propia verdad y las apariencias. Yo cada vez estoy más convencido de la necesidad de aceptar nuestro carácter profundamente mestizo. La aceptación del mestizaje en América significa aceptar lo que somos, por dificil que esto sea.

P. Un acto de libertad que supone superar una visión trágica de su propia historia....

R. Eso viene de la necesidad profunda de un continente de reintegrarse a la historia, de vencer el absurdo de su situación histórica; necesidad de desentrañar los nudos de nuestra herencia cultural e histórica, que no es otra cosa que la aspiración natural de América Latina de abandonar una vida que se encuentra al margen de la historia.

P. ¿Cómo nació la historia de Terra nostra, el proyecto de escribir un libro tal?

R. Terra nostra es el resultado de una larga preocupación contenida ya en mis libros anteriores de alguna manera, quizá menos evidente pero que está allí. Es un intento de ir hacia ciertas raíces españolas comunes a todos nosotros, latinoamericanos. Por un lado, la preocupación de develar el ejercicio del poder trasplantado a las colonias por España; el ejercicio del poder de Felipe II, el absolutismo español de los Austrias, que es todo el mecanismo y las estructuras verticales del poder en América española. La única posibilidad que teníamos en ese momento era una herejía total frente a las versiones oficiales de nuestra historia, del triunfo de los hombres nuevos, de los conquistadores: Hernán Cortés, Pedro de Alvarado; hombres terriblemente crueles, pero que representaban el élan, el impulso del Renacimiento. Por otro lado hay también en la novela una preocupación que se sitúa en el nivel del lenguaje y que se encuentra en el origen de toda la narración.

La lengua castellana se encontraba como callada por los siglos detenida, encerrada sobre sí misma; Juan Goytisolo la ha llamado lengua ocupada. Yo creo que gracias al esfuerzo de nuestros escritores vamos sacándola de ese letargo de cuatro siglos, recuperando toda su inmensa riqueza El intento mío en Terra nostra es recoger todo ese caudal inmenso esa gran riqueza para nombrar designar, describir, expresar todo ese mundo que ha estado como inmóvil. Esa lengua popular y cotidiana de España tras plantada a América; nosotros tenemos la necesidad de inventar de manera poética el idioma. Es parte de nuestro patrimonio, es algo que nos pertenece por la historia. Yo he querido resucitarlo en Terra nostra.

P. La novela ha sido posible por la poesia que la precede y que ha labrado el camino...

R. La línea profunda de la literatura latinoamericana ha sido la poesía desde los inicios. Aparte del poema épico La araucana, en seguida tenemos una gran poesía barroca: la de sor Juana Inés de la Cruz. Luego descubrimos la vena lírica en el madrigal de Gutierre de Cetina. Ésta es la voz que puede hablar en medio del si lencio impuesto por la Contrarreforma y la Inquisición por la colonia española. Ésta es continua; luego es la voz que en el siglo XIX nos relaciona con el resto del mundo y que incluso devuelve nuestra voz al mundo, como en el caso de Darío, primero, Neruda después y posteriormene Octavio Paz y otros poetas contemporáneos. Yo creo que la poesía ha realizado una labor extraordinaria. Yo siento que sin la elaboración del lenguaje hecha por los poetas latinoamericanos a través de los siglos no habría novela contemporánea en América Latina. Y sé que yo no podría escribir sin haber leído a Pablo Neruda, a Huidobro, a Lugones, a Vallejo, a Octavio Paz; con toda evidencia ellos han alimentado mí lenguaje; gracias a ellos sé que poseemos un lenguaje nuestro, latinoamericano.

P. Ha habido también la poesía española del Siglo de Oro. En Terra nostra el genio y la figura de Quevedo han acudido en su ayuda...

R. Ah, naturalmente. En el caso de Quevedo fue a través de las litografías que hizo José Luís Cuevas, el artista mexicano, dedicadas a los Sueños de Quevedo. Cuando yo me encontraba bloqueado frente a abismos que no podía sondear, miraba las litografías y los textos que acompañaban de la poesía de Quevedo y encontraba una salida inesperadamente fácil. Encontraba imágenes, sugestiones, anzuelos literarios que me sacaban del problema.

P. Terra nostra está impregnada de un trasfondo cristiano, como una obsesión religiosa por toda la mitología cristiana que debe de haber vivido usted...

R. Yo crecí en un ambiente liberal, entre comillas, porque mi padre lo era. Mi abuelo salió de Alemania porque era socialista lasalliano en oposición al régimen de Bismark, y por eso fue a México. Mi padre creció en un ambiente republicano, liberal, juarista, anticlerical, y mi madre es muy católica; entonces existe ese eterno tira y afloja de muchas de nuestras familias que Buñuel mostró muy claramente en Tristana. Eso de tomar chocolate con los curas y ser comecuras en público. Católico en privado y anticlerical en público. Yo no fui educado en la religión católica prácticamente hasta que cumplí 15 años. Eso fue muy traumático para mí. Fue en la época en que volví a México. Había vivido en Estados Unidos, Chile, Argentina, pero siempre había estado en escuelas laicas.

Pero a mi regreso a México mi padre me dijo: "Aquí vas a ir a una escuela católica porque son las únicas buenas". Entonces, a los 15 años me metí a una escuela marista, en pleno despertar del sexo, con todo lo que significaba eso: el mundo del pecado, de la prohibición y de toda esa hipocresía. Fue terrible. Pero quizá fue una experiencia que yo necesitaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 10 de junio de 1986.

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