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36º FESTIVAL INTERNACIONAL DE BERLÍN

Un rudo experimento británico sobre Caravaggio pone dureza y riesgo en la muestra berlinesa

Después del mediocre chaparrón de rutinas que nos ofrecieron el domingo, ayer, lunes, se proyectaron tres filmes de muy diferente estilo que dieron a la muestra berlinesa el sabor del riesgo, esa levadura que hace del cine un arte todavía en crecimiento y en busca de espacios abiertos. El primero fue el griego Manía, le siguió el finlandés Huida hacia el Norte y, finalmente, Caravaggio, un filme británico difícil, abrupto, que devolvió a este festival el sentido del experimento.

Los autores de los filmes, el griego George Panoussopoulos, la finlandesa Ingemo Engström y el inglés Derek Jarman, tienen 45 años. En el oficio de hacer películas, salvo contadas excepciones, es alrededor de esta edad cuando comienzan a coincidir en el cineasta el dominio de las posibilidades expresivas del medio y la capacidad para decir algo propio con ellas. Se trata, por consiguiente, de tres cineastas europeos que asoman titubeantes a la madurez.El filme griego, Manía, busca dentro de las grietas de la realidad más inmediata los brotes de una pesadilla. Ninguna de sus imágenes es fantástica, pero su sucesión sigue un ritmo abiertamente onírico. El desarrollo inicial convence, pero un grave defecto de guión hace tambalearse al final a la fabulación, que se queda muy corta.

Huida hacia el Norte es un interesante filme que adolece de desdoblamiento estilístico, lo que hace flojear el necesario ritmo de ascenso a una bella historia de amor entre una joven alemana, militante socialista bajo el régimen de Hitler, y un aristócrata finlandés, en cuya casa se refugia la muchacha cuando huye de Alemania. Es el verano de 1933. Debajo de Finlandia comienza a asomar la cresta del volcán, y los dos enamorados, casi inconscientemente, deciden hacer una excursión hacia arriba, hacia los límites superiores de Europa, hasta que algo les detiene: más allá de los últimos poblados finlandeses no queda nada humano. El hombre, un esteta educado en el desprecio a la historia, pretende seguir aún más arriba, pero la muchacha se detiene. Ante ella sólo queda el norte profundo y da la vuelta sola en busca del volcán. Una hermosa parábola que gratifica cuando es expresada con imágenes y actos, pero que en ocasiones desvaría hacia el lado especulativo y entonces aburre.

Ambos son filmes frustrados pero hay en su frustración algunos elementos, aunque mal ordenados de lo que llamamos plenitud. Estos gramos de plenitud se pueden expresar así: ambos filmes investigan en la compleja identidad de Europa con miradas dubitativas, contradictorias en estilo, pero actuantes. Dan idea de que incluso en sus productos inacabados algo común está ocurriendo en las diversas latitudes de un cine como el europeo, que padece más de un decenio de perplejidad y parálisis.

Caravaggio es un filme más coherente que los anteriores. Le amenazan más riesgos, pero se la arregla para darles la cara. Su autor, Derek Jarman, es pintor y escenógrafo. En Caravaggio, un pintor cineasta narra literalmente, no la vida, sino la pintura de otro pintor que hace dos siglos y medio presintió el cine. Obsesionado por este príncipe italiano de la negrura, Jarman hace decir a su Caravaggio: "La pintura ocurre en la noche. Más allá del lienzo sólo hay oscuridad y delante de él está el hollín de los candelabros".

Tal es el fondo de una película que es pura forma: una inmersión detrás de las oscuras telas del pintor italiano en busca de su no menos oscura personalidad. Michelangelo Merisi, nacido en la zona agónica del siglo XVI, en la ciudad de Caravaggio, cerca de Milán, es todavía un hombre de hoy. Derek Jarman narra la pintura de Caravaggio con iconografías extraídas de un raro conocimiento de la teatralidad de aquel pintor genial y de vida maldita.

Es Caravaggio una obra experimental, minoritaria -hasta ahora la práctica totalidad de la obra cinematográfica de Jarman procede del underground londinense-, pero que, como las dos películas anteriores, aunque con más fiereza y alcances, busca en un rincón de la cultura mediterránea algunos porqués de las sombras nórdicas sin respuesta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de febrero de 1986