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Crítica:MÚSICA CLÁSICA

El fuerte encanto de la música olvidada

Un recital como el dado el martes por la pianista francesa Marie-Catherine Girod en el ciclo de cámara de la Orquesta Nacional constituye toda una sorpresa y una suerte de ducha que nos defiende del sota, caballo y rey al que suelen obedecer los programas habituales.

Suele pensarse -y lo que es peor, practicarse- por nuestros, organizadores de conciertos que la alternativa al gran repertorio es casi únicamente la música contemporánea, la un día denominada de vanguardia.

Entre el pasado más repetido y el presente más desigual, kilos enteros, quizá toneladas, de música impresa o autógrafa yacen en el sepulcro de los diccionarios y las enciclopedias. Esto aunque sus autores se llamen nada más y nada menos que Carlos María von Weber, Karol Szymanovski, Igor Stravinski y Vincent d'Indy, que fueron los seleccionados por la Girod para su nueva aparición madrileña.

Marie-Catherine Girod

Obras de Weber, Szymanovski, Stravinski y D'Indy. Teatro Real, 12 de noviembre.

Los grandes románticos -Mendelssohn, Chopin, Schubert y Schumann- han cortado el paso al pianismo de Weber, interesante y lleno de belleza. Una obra como la Sonata en la bemol, op. 39 forma parte de la gran herencia legada por el romanticismo a través del gran piano.

Cuando Gilels la repuso en sus programas constituyó un casi-descubrimiento, lo mismo que cuando Risler la interpretaba en la vieja Filarmónica madrileña, en la preguerra de 1914.

Figura fundamental entre los clásicos de nuestro siglo es la del polaco Karol Szymanovski, tan interpretado en tiempos por Rubinstein y más tarde dado de lado hasta la resurrección del centenario en 1982.

Ya en 1908 Stravinski demostraba su maestría en páginas tan irresistibles como los Cuatro estudios, que por su escritura suponen el puente entre un pretérito no abandonado y un presente no conquistado hasta La consagración. "La brillante apropiación de los recursos pianísticos" de que habla Cortot llega casi a la exaltación y facilita el entendimiento de futuras hazañas pianísticas del compositor, como la transcripción de Petruchka.

Tirios y troyanos

En fin, del superolvidado Vincent d'Indy, la Sonata op. 63 nos habla de cómo las diferencias entre impresionistas y scholistas fueron menos graves de lo que en su momento se supuso y que, en definitiva, cuando los vemos desde la distancia, los tirios parecen a veces troyanos y viceversa.Un programa de tan alto atractivo se impone absolutamente cuando la interpretación no sólo es fiel, sino creativa; no sólo informa, sino que encanta.

Y Marie-Catherine Girod, una música de los pies a la cabeza y una pianista de poderosos y muy variados recursos, fue transmisora genial de los cuatro capítulos que formaron su recital-lección.

A ellos añadió (¡qué tino para elegir!) un Granados precioso y tocado con primor: el de las Escenas románticas. El éxito estuvo en consonancia con los merecimientos de la ilustre profesora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de noviembre de 1985