Crítica:42º Festival de VeneciaCrítica
i

'Tangos, el exilio de Gardel' muestra la vitalidad argentina

De entre todo lo que nos ha ofrecido la selección oficial a concurso de La Mostra, lo más sorprendente es Tangos, el exilio de Gardel, coproducción francoargentina dirigida por Fernando Solanas que oscila entre lo sublime y lo ridículo, tal y como corresponde a un producto planteado desde lo que podríamos llamar la poética del riesgo, y que hace honor a la cita borgiana que convierte el esnobismo en la más porteña de las características, propia de un país que se autodefine como "inacabado".Rodada con un esmero técnico y artístico fruto de las ayudas ministeriales, Tangos es la versión argentina de la Carmen de Saura, es decir, de una determinada manera de mezclar espectáculo y realidad. Aquí el espectáculo es el tango, la tanghedia -neologismo que acoge las palabras tragedia, tango y comedia- y la realidad es el imposible regreso, la miseria y la esperanza de la vida del exiliado. Carlos Gardel asume en esta función el papel de héroe popular que Juan Domingo Perón desempeñaba en La hora de los hornos, célebre película militante del mismo autor rodada en 1966.

El escenario de la ficción es París, que aparece como la capital cultural del mundo, no se sabe si como tributo a la parte de producción francesa o si como resultado de un convencimiento. En cualquier caso, los protagonistas logran expresar el desastre de su. país a través del baile y de su vida cotidiana, a través de la música de Piazzolla y de la representación de los problemas de la supervivencia.

La película, realizada con virtuosismo, pone en primer plano la licitud de convertir en materia artística un drama contemporáneo, e indirectamente plantea otras muchas cuestiones sobre la validez de cierta idea del nacionalismo, un poco autocomplaciente, que invita a desempolvar las citas oportunistas de Lenin al respecto. Tangos, el exilio de Gardel es una película polémica, una nueva prueba de la vitalidad argentina, de la necesidad que siente un pueblo de hablar libremente de sí mismo.

Los otros dos títulos competitivos exhibidos en la, jornada de ayer son dos graves errores del comité seleccionador. Glissando, de Mircea Danieluc, es una cinta rumana en la que se confunden realidad y sueño, con pretensiones de crónica histórica de las raíces profundas del fascismo, pero lo cierto es que todo queda en un despropósito de casi tres horas de duración.

Por su parte, Italia ha presentado Mamma Ebe, de Carlo Lizzani, una cinta cuya presencia aquí sólo puede justificarse por el carácter de antiguo director de la Mostra que avala al cineasta, un autor cuyos mejores trabajos están datados en los ya lejanos años sesenta, cuando la batalla frontal con la censura aseguraba un discurso personal a muchos directores. Mamma Ebe parte de un fait divers y se limita a ilustrarlo recurriendo a la modalidad del film-processo, salpicando el juicio contra una curandera tridentina de flash backs explicativos, que cuidan de la demostración de la intrínseca malignidad de la protagonista, mujer de vida disoluta y preocupada por enriquecerse a costa de la credulidad de los demás. Mamma Ebe se adscribe al ya periclitado cine de denuncia, y en muchos momentos sus cotas artísticas no superan las de un Iquino y su Aborto criminal.

Salto en el tiempo

En las acciones paralelas del festival hemos podido asistir a un homenaje en honor de Erich Von Stroheim, consistente en la proyección de Queen Kelly. ¿El motivo? Los 100 años del nacimiento del cineasta y la posibilidad de volver a ver las ruinas de una cinta inacabada debido a las discrepancias entre el director y su estrella. Gloria Swanson, en aquella época amante de Joseph Kennedy, productor que asumió la interrupción del rodaje y expulsó a Stroheim del mismo. Todo esto, que los biógrafos de la familia Kennedy cuentan con gran lujo de detalles picantes acerca de las peculiaridades de la relación entre la actriz y el padre del presidente, así como de las no menos peculiares costumbres del director austriaco, cobra ahora una nueva dimensión al proyectarse la película con algunas escenas antes cortadas y otras reconstruidas a base de fotos y carteles.

Por su parte, Steven Spilberg ha presentado su última producción, Back to the future, dirigida por Robert Zemeckis. Se trata de una comedia divertida e ingeniosa, en la que el protagonista es un muchacho al que la casualidad, en forma de máquina del tiempo, lleva hasta 1955. Conoce allí a sus padres y soluciona su futuro, practicando un insólito celestinaje.

Mucho más adulta que los lamentables Goonies, ésta es una producción en la que no faltan gags -por ejemplo, nadie cree en 1955 que treinta años después Reagan pueda ser presidente- y situaciones que dan de sí mucho juego, como la invención del rock and roll durante un baile escolar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 28 de agosto de 1985.