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La guerra sucia del trabajo negro

La actividad sumergida enfrenta a las vecinas de Bellvitge en el cinturón industrial de Barcelona

Barcelona
Primero fue en Mataró, luego en Cornellà y ahora en Bellvitge. Es la guerra entre vecinos por culpa de actividades económicas sumergidas y trasladadas a los hogares obreros. No es un trabajo espontáneo, improvisado por la necesidad y el paro. Es una planificación impulsada por empresas aparentemente desaparecidas que siguen operando con márgenes de beneficio infinitamente superiores y sin compromisos contractuales ni fiscales. Pero si los conflictos laborales y sindicales dejan de ser problema para el empresario emboscado, las luchas internas entre vecinos aparecen como una nueva forma de conflictividad social.

En Bellvitge todo es posible; hasta encontrar piso. Algunas viviendas quedaron vacías a consecuencia de las últimas reestructuraciones de SEAT. Las indemnizaciones fueron suficientes como para intentar la nueva aventura de retomar al pueblo de origen y montar un pequeño negocio. En tiempos de paro se resiste mejor en zonas agrícolas que en suburbios industriales. En Bellvitge siguen sobreviviendo unos 40.000 habitantes.La vecina del quinto de uno de sus bloques de viviendas era empleada de una empresa de confección textil. Como algunas más del barrio, perteneciente al municipio de l'Hospitalet de Llobregat. La empresa, un buen día la sorprendió con la noticia de una inmediata debacle y con el cuento de la lechera.

Las dificultades de la empresa obligaban a un cierre inmediato. Pero sin alarmas. Ni siquiera sería preciso indemnizar ni nada. Como el empresario no deseaba perjudicar a nadie y era muy imaginativo, le propuso de inmediato ofrecerle trabajo a domicilio y pagarle a tanto la pieza confeccionada. Le llevarían las telas cortadas, le dejarían en depósito una máquina idéntica a la que utilizaba normalmente en el taller. No le podrían pagar mucho pero tendría tanto trabajo o más del que pudiera realizar sin parar durante 24 horas sobre 24.

Trabajo para todo el barrio.

Dentro de la gravedad de la situación, la perspectiva no era tan grave como quedarse en la calle y sin trabajo. Si no aceptaba, ella y otras compañeras del taller, la empresa tendría que declararse en quiebra y quién sabe si sacarían un duro del desaguisado.La ex empresa le trajo la overlock a casa y en la misma furgoneta una primera partida de piezas cortadas. "Cuando estén terminadas nos llama a este teléfono, las recojemos y le traemos otra partida", le dijo el encargado de siempre. A los pocos días el trabajo podía aumentar, "hay trabajo para todo el barrio, dígaselo a las vecinas que quiera. Usted hará de intermediaria y repartirá el trabajo como más le convenga".

Nuevas máquinas eran instaladas en casa de otras vecinas. Las antiguas empleadas del taller desaparecido se convierten en cabeza de puente. Unas pocas vecinas organizan una auténtica red de trabajo negro. Las furgonetas vienen y van, varias veces por semana. El sueldo es bajo y para sacarse un jornal entre las

15.000 o 20.000 pesetas semanales hay que trabajar duro y muchas horas. La vecina que se entusiasma con un salario complementario para la familia pide más tarea. Alguna también reclama estar mejor pagada y pierde su cupo en el reparto.

La vecina del quinto empieza a pensar que el conjunto del trabajo que se realiza en el barrio supera con creces el que se hacía en el taller que amenazaba con la quiebra. Pero, en estos casos, pensar puede ser un mal negocio. Se lo cuenta al encargado convertido en chico de los recados y pierde la overlock y su cuota sumergida de participación.

Su sensación de haber sido estafada, su reflexión en tomo a lo sucedido en los últimos meses, la envidia a la vecina que se ha quedado con su parcela de pastel -"ella, que ni siquiera era empleada del taller desaparecido"- todo, tanto y a la vez, es suficiente para perder la serenidad. Empiezan las discusiones en la escalera, la enemistad con la vecina que pocos días antes se mostraba tan agradecida porque le proporcionaba trabajo.

Un día pierde los nervios y comienzan las denuncias a la delegación de Hacienda por trabajos ocultos y no declarados. Cunde el pánico. Las peleas llegan a las manos y a los pelos. El avispado furgonetista detecta que algo está pasando y no tarda en retirarse de la zona y largarse con las máquinas y las partidas de telas cortadas o otro barrio del extrarradio barcelonés. "Ustedes se lo han perdido, hay mucha gente con ganas de trabajar". El encargado recuerda que le contaron que esto ya había pasado en Matará y también en Cornellà. Son servidumbres del trabajo sumergido.

Pocos datos

Las complejas cifras de la economía oculta

El subdirector general de Estadísticas Demográficas del INE, José Vicente García Sestafe, basándose en los últimos datos aportados por la Encuesta de Población Activa, señala que unos 170.000 trabajadores practican la economía sumergida en los sectores del textil y del calzado; más de 30.000 en el sector químico y en los transportes; y entre 15.000 y 20.000 en la extracción y transformación de metales. Para el INE, las zonas más afectadas por la economía sumergida se encuentran en Cataluña, Levante, Madrid y algunas áreas del País Vasco, Andalucía, Extremadura y ambas Castillas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 1985

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