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Tribuna:SALVADOR ESPRIU

Un hombre que sonreía

Hablábamos de la imprevista enfermedad de Espriu en un descanso del Congreso sobre literatura catalana de la Renaixença. Alguien tenía un ejemplar de su reciente discurso de ingreso en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona: Alguns records sobre B. Rosselló Pòrcel (Algunos recuerdos sobre B. Rosselló Pòrcel). Logré sacar una fotocopia y al acabar la tarde de erudición pude leerlo. Espriu, emocionado por llegar a la acadenmia en el lugar que debía ser para el añorado Antoni Comas, una vez más se refugiaba en Rosselló Pórcel. "Li sonirèiem" ("Le sonreíamos").Ésa es la clave de su discurso. Sonreían (Espriu y otros amigos no especificados) con afecto y cierta ironía hacia el entusiasmo revolucionario de Rosselló Pórcel, desconocedores de la catástrofe innúnente. Insiste Espriu en la descripción de la figura física del amigo y ese cuerpo imperfecto, o que por lo menos no coincidía con aquel ideal de belleza deseada por Rosselló Pórcel, nos dibuja el perfil geométrico de una persistente figuración literaria. Porque, como sabe todo lector de Espriu, Rosselló Pórcel es una constante dentro del universo poético espriuiano.

Sin embargo, casi siempre se ha dado de ello una explicación mecánica, alegando motivos sentimentales o éticos fundamentados en el recuerdo de esa breve primavera que fueron los años treinta en España y, por supuesto, en los Países Catalanes. Rosselló Pórcel era, podía ser, además, también el enlace, pronto declarado desierto, de una amistad peninsular, esa bella ilusión iberista en que soñaron los populistas demócratas desde Portugal hasta Cataluña, pasando por Andalucía. Ahí está su revalorización del barroco catalán que Rosselló Pórcel (y Espriu) operaron de acuerdo con un gusto que los poetas del veintisiete difundían entonces por Europa.

Quizá sea por todo eso también que la poesía de Salvador Espriu carezca de un auténtico punto de vista, puesto que es el mismo cuerpo el paisaje posible tras la dispersión. De ahí tal vez proviene el áspero humanismo del poeta, esa identificación con el interlocutor efímero: su pueblo, cuya memoria histórica guardan la amistad y el afecto.

Juegos métricos

Se evoca a menudo, por parte de la crítica, la constante espriuiana expresada mediante la referencia temática a Rosselló Pórcel. Más raro es encontrar alusiones a otra característica de su poesía: el estilo. Espriu es probablemente el único de los grandes poetas catalanes contemporáneos, y uno de los pocos escritores catalanes de todas las épocas, que haya trabajado con éxito hacia el expresionismo lingüístico. Encontramos en él esa distancia afectuosa de las vanguardias históricas, tan peculiar en las figuras que se han situado al margen del modemismo literario. Así sus juegos métricos o verbales me hacen pensar en Aldo Palazzeschi, que también ha sido un gran escritor mal leído.Hay que decirlo todo. Espriu nos ha llegado involucrado en una mitología que lo oculta casi todo. En Italia, por ejemplo, Espriu se leyó por primera vez en 1966, en una versión generosamente antológica de La pell de brau, Llibre de Sinera, CanCons de Ariadna. Pero, más allá del texto de aquellos famosos poemas, nos pareció en aquel momento que debíamos agradecer también a Espriu ese territorio feliz, y supuesto próximo, donde pudieran abrazarse los poetas kurdos que nos traía Joyce Lusou, los angolanos y mozambiqueños de Giuseppe Tavani, esos norteamericanos que traducía Femando Pivano y aquellos fabulosos brasileños de quienes nos hablaba Luciana Stegagno. Sólo muchos años más tarde, luego de experimentar la desilusión y el despecho, descubrimos ese lugar, que creíamos definitivamente perdido, en un hombre que sonríe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de febrero de 1985