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CARTAS AL DIRECTOR

Libertad de vivir, libertad de morir

Santiago de Compostela, La Coruña.

He leído detenidamente la carta del señor Arribas Vázquez, publicada en su diario el día 11 del corriente, y quiero dejar constancia, antes de nada, que me ha impresionado grandemente ver cómo un ser humano no puede poseer el legítimo derecho de elegir libremente qué hacer con su ser. Por fortuna, en nuestra Constitución, España se declara país aconfesional Por tanto, a toda aquella persona no comprometida con una determinada ideología religiosa (así pues, guiada por sus criterios, más o menos ponderados y más o menos válidos) se le debería permitir seguir el dictado de su conciencia.Me ha conmovido profundamente el estado de desaliento en que está este señor. Veo en sus palabras un enorme abatimiento, producido por el estado de impotencia en el que se encuentra.

Esta. situación -nadie lo quiera- puede sucedernos a todos. ¿No preferiríamos tener una muerte rápida y tranquila gracias a los métodos de la eutanasia, que un hórrido e interminable tránsito por los tortuosos caminos de un dolor lento e intenso?

Según la moral de cualquier católico barato -muchos lo son cuando en realidad no practican o practican poco-, éste sería, incluso para ellos, un hecho intolerable, deleznable y punible en grado sumo. Como dijo Bertrand Russell (no cito textualmente): "Las religiones, al igual que el nazismo, convierten a sus seguidores en un rebaño de fanáticos, asnos que, protegidos de inmensas orejeras, sólo ven en una dimensión, hacia la zanahoria que se les cuelga delante, sin saber lo que les rodea".

Somos muchos, gentes librepensadoras (sin llegar a la magnanimidad de Voltaire, Rusell, Spencer o Stuart Mill, pero sí de un modo más cotidiano y simple), los que sabemos -o creernos saber- discernir entre términos como: democracia / autoritarismo, libertad / esclavitud (sometimiento), tolerancia / intransigencia, propiedad / no-propiedad, igualdad / desigualdad, y otros muchos que faltan y que, a buen seguro, el señor Arribas no ha olvidado.

Conste, finalmente, mi más desinteresado apoyo a su situación y mi más sincero aliento para que siga luchando por lo que cree más justo.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de diciembre de 1984