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ENTREVISTA

Claudio Prieto: "Para el músico es una trampa modificar el pasado"

A los 50 años se contempla el pasado con perspectiva y se otea el futuro con definitiva responsabilidad. El músico Claudio Prieto asciende a esa cota vital apoyado en un gran triunfo: el Premio de Composición Reina Soria, creado por la Fundación Ferrer Salat, que le entregó ayer la reina Sofía en el palacio de la Zarzuela. Un jurado presidido por Krzysztof Penderecki concedió el galardón a Prieto por su Concierto nº 2, para violín y orquesta, "la obra más importante que he conocido en los últimos años", según el gran compositor polaco. "El Concierto", dice Claudio Prieto, "nació para el concurso, y lo escribí con entera libertad, pues la convocatoria no supone condicionamiento alguno". Sobre el sentido global de su carrera, Prieto afirma que es una trampa para los músicos tratar de modificar su pasado.

Pregunta. El Concierto estaba ya en su mente cuando decidió presentarlo al concurso, lo que suponía agotar los plazos de la realización.Respuesta. En otros casos -como en el de la Sinfonía que decidió el encargo de la Orquesta Nacional- ha sucedido así. No en éste: los primeros pasos, las primeras ideas del segundo concierto nacen con el Concurso Reina Sofía. Si la alegría de ver terminada bastante a mi gusto la obra fue grande, la obtención del premio la multiplicó. Por su importancia, por el nombre que lleva, por su proyección, el Premio Reina Soria es, como el Manuel de Falla, el que estimo más entre cuantos he recibido a lo largo de mi carrera.

P. Si en estos momentos vuelve la vista al pasado, ¿cómo lo juzga?

R. Veo con agrado cuanto hice, lo que no quiere decir que no cambiaría muchas cosas si pudiese. Pero el pasado está ahí, es un trozo de nuestra biografía y me parece una trampa tratar de modificarlo a posteriori. Ahora bien: pasan los años y las experiencias. De modo progresivo las ideas se tornan más claras, la realización más sencilla. Al principio siempre se peca por exceso: se derrochan materiales y se actúa con prisa, como si fuéramos a morir al día siguiente. No renuncio a nada de lo que hice, incluso a las pequeñas composiciones anteriores a mi estancia en Italia y mis estudios con Petrassi y Porena. A veces, incluso te llevas la sorpresa de que una obra que consideraste intrascendente -mi Juego de la música, por ejemplo, escrita al regreso de Roma- contenía el embrión de un cambio bastante importante en la evolución del propio pensamiento y estilo.

P. En esa época, 1970, ya había estrenado diversas obras en las que se advierte la presión de la vanguardia de los años cincuenta, sus cuasi leyes dictadas desde Darmstadt por sus grandes profetas y semidioses: Stockhausen, Boulez, Ligeti.

R. Todo estaba muy presente en la Roma que viví durante tres años, a partir de 1960. Las clases de la Academia Santa Cecilia, con Petrassi, o las del conservatorio, con Boris Porena, resultaban apasionantes. Maestros y alumnos discutían con calor, pontificaban si llegaba el caso y excomulgaban al primer reo de delito tonal que encontraban a mano. Desde tal disciplina -que viví también en el mismo Darmstadt junto a un grupo de compañeros españoles- rompimos con la anterior, la llamada académica y conservadora. Después nuestro quehacer se inundó de esa luz imprescindible para el creador: la libertad. Sin prohibiciones ni beatas adscripciones podíamos "seguir", como decía Falla, "nuestro gusto y nuestras tendencias". En este aspecto, la aparición en El juego de la música, de material popular -tratado de modo distinto al nacionalista- inauguraba una de las que creo características de mi estilo. Otra es la búsqueda de la belleza sonora.

P. Ahora está metido en una especie de tour de force: la orquestación del Fandango del padre Soler.

R. La he terminado hace unos días, y me ha dado tanto trabajo o más que componer una obra original. Pero la genialidad del Fandango lo merece y quisiera de todo corazón haber hecho posible su normal circulación por el repertorio de las orquestas sinfónicas. En el telar están también dos ciclos de canciones que titulo Españolía; el primero, coral, y el segundo para voz y piano. Parten de textos y de algunos temas musicales tradicionales: la juglaría castellana, el Cancionero de Barbieri y otras fuentes. Y en lontananza diviso, con giro que empieza a ser intimidador, un concierto para violonchelo y orquesta y la tercera sinfonía en la que, como en la primera, los coros se sumarán a la orquesta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de noviembre de 1984

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