La condición de lo efímero
El Otello del grupo italiano Falso Movimento está dentro de la fortísima tendencia contemporánea a sacar el teatro de la literatura -el género dramático- y llevarlo al dominio de las artes decorativas nutridas por las técnicas. No puede decirse que sea un dato de modernidad. El intento se viene haciendo, por lo menos, desde Fortuny y Madrazo: la cúpula Fortuny, el diorama, la nueva luminotecnia escénica. Mucho más atrás: la linterna mágica. La contemporaneidad de este Otello está, sobre todo, en su contenido, en la utilización de mitos actuales: el dibujo del comic, la conversión de Desdémona en Marilyn Monroe o las variaciones de jazz, rock y derivaciones orientales sobre la partitura de Verdi. Muchas veces con gran belleza, con excelerites aciertos. Generalmente, con tosquedad: no sólo atribuible a la prisa por montar, a las condiciones especiales del lugar o las inevitables servidumbres de una compañía viajera con escenografía compleja, sino también a un estilo.El estilo tópico de juventud, que parece requerir una no terminación de las cosas, un pasar del oficio, de lo cuidado, de lo bien hecho (como deleznables e inútiles obligaciones de lo antiguo); un cierto tono agrio y discordante en los colores (procedente de la mala tipografía de los comics primitivos). Es decir, que más que a un estillo corresponde a una moda: pero, sin duda, la condición de erimero forma también parte de este ensayo. No se trabaja para la eternidad, naturalmente. Influye también, en todo, un factor económico: el del teatro de festival, limitado en el lenguaje, en la palabra, en busca de un espectáculo capaz de ser contemplado en todas partes. Un riesgo más para el teatro: generalmente empobrece su significación.
Otello
Inspirado en la obra de Verdi, por el grupo Falso Movimento. Intérpretes: Andrea Rienzi, Licia Maglietta, Tomás Arana, Fathi Hassan, Antonello Jaia, Cristiana Liguori, Daghi Rondanini. Música de Peter Gordon. Escenografía: Linio Fiorito y Mario Martone. Director: Mario Martone.Estreno: cuartel del Conde Duque, 4-8-1984.
La aparición del ser humano
Sucede inevitablemente en el teatro -en cuanto se levanta un tinglado frente a unas gradas que la aparición del ser humano y vivo lo domina todo. Este espectáculo no es una excepción. Los actores sin palabra -mimos, danzarines, dueños de un cuerpo bien adiestrado- atraen inmediatamente la atención sobre todo lo demás, a pesar de que dentro de esta moda estén mal tratados por la luz. Algunos son excelentes: Tomás Arana, en el supuesto Yago, es flexible, limpio de movimientos, expresivo; Andrea Rienzi, en el de Otelo, es eapaz de comunicar dramatismo, está admirablemente dotado para esta clase de trabajo. Todo el conjunto tiene fuerza, vitalidad. Siempre están por encima de la luminotecnia, de las artes decorativas, aunque tratan de implantar en ellas sus cuerpos siguiendo la dirección. Hay otro valor importante, y es el de la música de Peter Gordon, valiente y decidida.
En cuanto a Otello, Shakespeare o Verdi, texto o música, es sólo un pretexto, un punto de partida, un arranque para el trabajo intelectual del director Mario Martone, un verdadero creador: tan joven que será interesante ver su desarrollo posterior, más allá de la moda, de la concesión al sistema de festival; cuando salte por encima de la investigación y el ensayo y se defina.
El conjunto es muy interesante de ver, muy grato, muy inteligente: dentro de una insuficiencia básica, la de su estilo y su propósito. Una parte del público -en su mayoría joven- percibió esa insuficiencia y protestó, probablemente por un cierto despecho porque había tenido que esperar a la puerta -a que terminara la colocación de luces- más tiempo de lo que dura el espectáculo; más probablemente por la superficialidad y la falta de consistencia de lo que se ofrecía. La mayoría, sin embargo, aplaudió con fuerza.
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