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REPORTAJE

'La fuerza del cariño' de James L. Brooks, ganó cinco premios de la Academia de Hollywood

Los Ángeles
Cinco oscars para La fuerza del cariño, de James L. Brooks, cuatro para Fanny y Alexander, del sueco Ingmar Bergman, que competía en diversos apartados al haberse estrenado su película doblada al inglés, y otros cuatro oscars para la película castigada por crítica y público, Elegidos para la gloria, de Philip Kaufmann, conforman el núcleo de la 56 edición de los premios de la Academia de Hollywood. Pocas decepciones hubo porque los favoritos acudieron a recoger sus trofeos. No pudo subir al podio ninguno de los responsables de Carmen, de Carlos Saura, que no consiguió derrotar a Bergman y regresa sin la estatuilla que el pasado año obtuvo José Luis Garci.

Pocas veces en los últimos años las previsiones de público y crítica se han cumplido con tanta exactitud, por lo menos en lo que a los galardones más importantes se refiere. La fuerza del cariño, la gran triunfadora, ha acaparado cinco oscars, todos ellos en las categorías importantes. Tres veces ha subido al estrado James. L. Brooks, su debutante director. Primero para recoger la estatuilla al mejor guionista, más tarde la del mejor director y por último, para recibir de manos de Frank Capra el premio gordo a la mejor película. Sin embargo, por lo menos de cara al público, los nombres que se asociarán para siempre con esta edición de la gran noche de Hollywood son los de Shirley Mac Laine y Jack Nicholson, merecidos vencedores del oscar a la mejor actriz y al mejor actor secundario, por haber protagonizado en la pantalla a la pareja más explosiva del año, la excéntrica viuda y el astronauta borrachín del filme ganador.La Academia ha vuelto así a premiar a un clásico producto de la industria local, alejándose de las veleidades anglófilas de los últimos años, reconociendo la ardua labor de un oscuro profesional de la industria, creador en la sombra de series televisivas de éxito, que durante cuatro años luchó lo indecible para juntar todas las piezas del filme, escribió 11 diferentes versiones del guión y se enfrentó a los ejecutivos de los estudios, especialmente a la Paramount -que no creyó en su película hasta que la tuvo acabada-, para sacar adelante su proyecto.

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The right stuff (Elegidos para la gloria), el filme más ambicioso de los producidos este año por la industria norteamericana, se ha. hecho con cuatro oscars, todos ellos en categorías eminentemente técnicas, incluyendo eÍl de mejor niontaje, entregado por uno de los mejores montadores de la historia, el, director Robert Wise.

Fanny y Alexander, la supuesta obra póstuma de Ingmar Bergman, se ha llevado cuatro oscars. Además del previsto a la mejor película en lengua extranjera, Seven Níkvist, el director de fotograria, ha repetido el premio que ya consiguiera, también con Bergman, por Gritos y susurros, en 1973, y junto a él la película sueca ha ganado en el apartado al mejor vestuario y a la mejor dirección artística.

Quizá la única sorpresa relativa a este año haya sido el premio a la mejor actriz secundaria, conseguido por la diminuta Linda Hunt, por su papel de fotógrafa de la película El año que vivimos peligrosamente, del australiano Peter Weir. Las apuestas se decantaban por la ex cantante Cher, por su retrato de la lesbiana amiga de la protagonista en Silkwood. Sin embargo, la Academia ha preferido reconocer este año el atípico papel de esta actriz que en un principio ni siquiera figuraba en las listas de créditos del filme. Su presencia en el escenario para recoger la estatuilla ha sido uno de los momentos más emocionantes de la noche.

Otro australiano, Bruce Beresford, ha llevado también a su actor principal al oscar, aunque en este caso Robert Duvall partía como favorito, no sólo por su impecable trabajo como el cantante country fracasado que intenta rehacer su vida en Tender mercies, sino porque la consistencia de su carrera merecía este oscar, un reconocimiento que parecía escapársele inexplicablemente año tras año.

Entre los perdedores, el golpe más fuerte lo ha recibido Silkwood, la vuelta al cine de Mike Nichols ausente de la ceremonia. Ni el director, ni los guionistas, ni sus dos actrices, Meryl Streep y Cher, han conseguido nada.

El oscar honorario de esta edición ha correspondido a Hal Roach, el anciano productor de las películas de Laurel y Hardy, quizá el único de los pioneros de Hollywood que queda con vida. Ha sido éste uno de los momentos más emocionantes de la ceremonia.

La larga jornada

Desde las cuatro de la tarde, cuando las limusinas los depositan frente al Dorothy Chandler Pavillion, a la vista de los incansables fans que chillan al descubrir a su estrella favorita, hasta altas horas de la madrugada, cuando el último de los festejos de la noche más larga del año cierra sus puertas, la entrega de los oscars es, para sus protagonistas, una auténtica prueba de resistencia.Este año el griterío empezaba con las fans de Barbra Streisand pidiendo justicia y agitando sus pancartas. Un poco más allá, varios activistas religiosos les llamaban por su nombre preguntándoles si creían en Dios, al tiempo que agitaban una Biblia. Por si esto no les intimidaba, la prueba siguiente era la del encierro. Apretados, avanzando muy lentamente, debían recorrer unos 40 metros hasta la entrada a la sala por un pasillo formado por barreras metálicas, a cuyos lados se amontonaban paparazzi de todo el mundo ametrallándoles con sus flashes.

Tres horas y 45 minutos ha sido el tiempo total de la ceremonia. No han faltado las viejas glorias entre los presentadores. Dos viejas damas de la aristocracia hollywoodiense han abierto la ceremonia: Ginger Rogers y Shirley Temple, esta última portando el pequeño oscar en miniatura que le fue concedido en 1934. Cary Grant, cuyo grado de conservación empieza ya a ser sospechoso, las siguió en escena. A Gene Kelly la Academia le entregó una réplica de la estatuilla que ganara en 1951 y que desapareció en el incendio que en diciembre destruyó su casa.

Otra invitada fue Bibi Samaranch, la esposa del presidente del Comité Olímpico Internacional, que fue presentada por el ex actor y actual embajador de Estados Unidos en México, John Gavin.

Uno de los protagonistas de la noche no se encontraba en el patio de butacas, sino en la sala de prensa habilitada en el cuarto piso del edificio, Ronald Reagan, junior, el hijo del presidente de Estados Unidos, ex bailarín y ahora comentarista radiofónico, que la pasada noche debutaba retransmitiendo el acontecimiento para una emisora de Filadelfia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de abril de 1984