Crítica:TEATROCrítica
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Mentiras de vodevil

Sálvese quien pueda es una pieza característica del vodevil inglés: Ray Cooney, su autor, es un especialista (El visón volador, Sé infiel y no mires con quién, han entusiasmado en España a los aficionados al género). Se suele ensalzar de obras como ésta su mecánica (su carpintería en la jerga anterior del teatro). Su misterio es probablemente otro, y quizá más importante: el de crear en el público la complicidad, la colaboración, la decisión absoluta de dejarse engañar.Esta obra reproduce la situación clásica del capitán con dos esposas en dos puertos. En este caso, un taxista, con dos hogares a cuatro minutos y medio de distancia entre sí -distancia calculada para hacer posibles los rápidos traslados de los personajes-a punto de ser descubierto por un suceso y, siguiendo tam bién la fórmula clásica, acurnu lando mentiras para salir del problema; mentiras que, inevitablemente, aumentan el embrollo. El vodevil ha mejorado much desde sus tiempos originales franceses como consecuencia sobre todo, de un aprendizaje del público, que comprende más rápidamente las situaciones, acepta la abreviatura de las justificaciones y entra en las convencíones que se le sugieren. En este caso, el escenario simultáneo con los dos, hogares y, sin embar go, utilizado para cada uno de ellos, incluso cruzándose los personajes invisibles entre sí, es comprendido y forma parte del regocijo.

Sálvese quien pueda

De Ray Cooney. Versión de J. J. Arteche. Intérpretes: Marta Puig, Anabel Montemayor, Pedro Osinaga, Enrique Cerro, Fernando Guillén, Carlos Aranda, Alfonso Goda, Pepe Ruiz.Dirección: Juanjo Menéndez. Estreno en el teatro Fuencarral de Madrid el 20 de diciembre de 1983.

Este misterio de la creación de la complicidad y la participación del público nace, indudablemente, del autor inglés, pero lo conservan el adaptador español, Arteche, y el director de escena, Juanjo Menéndez, capaz de trasplantar a los demás algo de su personal sentido de la comicidad y el humor. Pedro Osinaga viene de años de interpretación con éxito de este género y de este autor y mantiene su vis cómica; Fernando Guillén procede de otro teatro, pero sabe incorporarse muy bien a éste. Pepe Ruíz hace el inevitable tipo de mariquita con la teatralidad necesaria; las dos mujeres -Marta Puig y Anabel Montemayor- representan la indignación y el elemento creador de terror del protagonista; Alfonso Goda y Enrique Cerro son los personajes característicos de quienes no se enteran de nada y son, al tiempo que recipiendarios de las mentiras, agentes ingenuos del embrollo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 22 de diciembre de 1983.

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