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La inquisición nazi

Hace 50 años se desarrolló la mayor quema de libros en Alemania. 1.900 autores tuvieron que exiliarse y algunos otros sufrieron torturas

El 10 de mayo se cumple el 50º aniversario de la más bárbara de las medidas tomadas contra la libertad de expresión y la cultura. Esa noche hará cincuenta años que los nazis decidieron quemar, en Alemania, todos los libros cuyo contenido y cuyos autores atentasen contra lo que ellos entendían por espíritu alemán. El acto era obligatorio para los estudiantes pero hubo muchos ciudadanos que colaboraron en ampliar la hoguera. Con anterioridad, se habían publicado, listas negras de autores en las que se incluían a Thomas Mann, Sigmund Freud, Voltaire, entre otros. La consecuencia inmediata fue el exilio para unos 1.900 autores de lengua alemana y en otros casos la tortura y la muerte.

Aunque en la historia de casi todos los países hubo alguna vez persecuciones y expulsiones de minorías, nunca hasta entonces se había dado el hecho de que la casi totalidad de los representantes de las artes y de las ciencias tuviesen que abandonar su patria, como sucedió en Alemania en 1933. La cifra exacta aún queda por determinar, pero Werner Sterrifeld y Eva Tiedemann incluyen en su biobibliografía sobre el exilio a unos 1.900 autores de lengua alemana.Quizá fuese el hecho de haber comprendido muy pronto el papel de la fuerza social de la cultura el único rasgo inteligente que mostró el nacionalsocialismo. Se dieron cuenta de que tenían que acapararla inmediatamente y ponerla al servicio de sus intenciones.

El odio por todo tipo de manifestación intelectual no era nuevo ni había nacido con la toma del poder. Ya Hitler había escrito en Mein Kampf. "No quiero intelectuales". En marzo de 1930, los doce diputados nacionalsocialistas habían presentado ante el Parlamento un proyecto de ley "para la protección de la nación". Con él se trataba de proteger a la nación alemana de los traidores. Traidores eran, por supuesto, todos los que se negaban a cumplir el servicio militar y los que sostenían la culpabilidad alemana en la primera guerra mundial. Daba la casualidad de que casi todos estos traidores eran intelectuales. Y cuando ese mismo año se estrenó la película Im Westen nichts Neues (Sin novedad en el frente), según la novela de E. M. Remarque, militantes del NSDAP soltaron ratones blancos en la sala, causando el pánico entre los espectadores. Naturalmente, la que fue prohibida fue la película, por alteración del orden, y no el partido nazi.

La existencia de listas negras también era anterior al 30 de enero de 1933. Una de ellas apareció, por primera vez, en un número del mes de agosto de 1932 del Völkischer Beobachter, periódico de tendencia fascista, e incluía a doce autores que no podrían publicar en caso de que el partido de Hitler llegase al poder. Todo estaba perfectamente planeado, y lo único que se hizo después del 30 de enero fue pasar a la acción concreta.

'Censura positiva'

Consecuentemente, una de las primeras cosas que hizo el nuevo Gobierno fue establecer una censura positiva como arma eficaz en la lucha contra la desmoralización imperante hasta entonces. De febrero de 1933 data el decreto Zum Schutz von Volk und Staat (para la protección del pueblo y del Estado). En marzo se crea el Ministerio de Propaganda, que será el que canalizará todas las acciones en contra del espíritu antialemán.

El punto culminante de estas acciones se realizaría en la noche del 10 de mayo, y no fue, como se ha creído hasta ahora, un acto espontáneo, sino perfectamente calculado y planeado. Tampoco fue una acción encargada desde arriba, desde el ministerio, sino que la única responsable fue la Deutsche Studentenschaft (la Federación Alemana de Estudiantes Universitarios). Así lo afirma el especialista en temas legales H. W. Strätz en su aportación a una antología sobre la quema de libros y sus consecuencias que acaba de aparecer en la RFA. Se basa para ello en los datos encontrados en los archivos de la Universidad de Würzburg.

Lo que sí parece que hizo Goebbels, poco después de tomar posesión de su cargo, fue ordenar inmediatamente que todas las bibliotecas públicas seleccionasen los libros de ideología judía y marxista para su posterior incineración. El 26 de abril aparecería en la Berliner Nachtausgabe la lista de libros a quemar. Pero todo ello dentro del marco de una serie de actividades organizadas por la Federación de Estudiantes para la ilustración del pueblo alemán y la limpieza de su cultura.

Escribir en hebreo

Otra de estas acciones fue la publicación el 13 de abril, en Berlín, de las Doce tesis en contra del espiritu antialemán. La número 7, por ejemplo, dice: "Queremos considerar al judío como extranjero y queremos tomar en serio el concepto de nacionalidad. Por ello exigimos de la censura que las obras judías tengan que aparecer en hebreo. Si aparecen en alemán, hay que calificarlas de traducciones. Que se tomen enérgicas medidas contra el mal uso de la escritura alemana. La escritura alemana sólo está a disposición de los alemanes. Que el espíritu antialemán sea eliminado de las bibliotecas públicas". Y así se hizo. Se crea ron comités encargados de la limpieza no sólo de bibliotecas públicas y privadas, sino también del mismo profesorado universitario.

Los hechos de la noche del 10 de mayo fueron algo así como el broche final. En Berlín, Munich, Hamburgo, Franefort y otras ciudades universitarias, los comités de acción en contra del espíritu antialemánjprepararon la destrucción de toda la literatura indeseable en grandes hogueras. El acto era obligatorio para los estudiantes, y los elegidos tiraban los libros al fuego después de pronunciar una especie de sentencia. También algún que otro fanático ciudadano aprovechó la ocasión para mostrar su afán de servicio echando al fuego libros procedentes de su biblioteca o de la de algún amigo, con lo que las acciones de limpieza conseguían su finalidad: llegar al pueblo y concienciarlo. Jürgen Soenke escribiría en 1941, en un estudio sobre la censura de la época: "...el fuego de los estudiantes no representaba sino la eliminación simbólica de todas aquellas obras sucias y rastreras que debían su existencia a una falta de conciencia y compromiso; por tanto, una limpieza necesaria".

Goebbels calificó a los libros quemados esa noche (libros que aparecerían en listas negras, revisadas y aumentadas periódicamente) de literatura pornográfica. Literatura pornográfica eran las obras de Heinrich Mann y Thomas Mann, de Sigmund Freud y Einstein, de Marx y Lenin, de Voltaire y Heine, de Romain Rolland y H. G. Wells, por citar sólo a algunos. No sólo fueron víctimas del fuego purificador autores contemporáneos, sino también los clásicos desde la Ilustración. Como dato curioso hay que mencionar lo que le sucedió al escritor bávaro Oskar Maria Graf. Sus libros no fueron quemados; los nazis incluso recomendaron la lectura de sus obras. El día 12 de mayo de 1933, el órgano del Partido Socialista Austríaco, Arbeiterzeitung, publica en Viena su manifiesto ¡Quemadme!- "Según el Berliner Börsencurier, estoy en la lista blanca de los escritores de la nueva Alemania, y todos mis libros, excepto Wir sind gefangene, son recomendados; ¡estoy, por tanto, destinado a ser uno de los exponentes del nuevo espíritu alemán! Inútilmente me pregunto: ¿Qué he hecho para merecer tal deshonra?". Naturalmente, sus obras desaparecieron inmediatamente de esa lista blanca y en junio se privó a Graf de su nacionalidad alemana.

Al igual que el resto de las acciones en contra del espíritu antialemán, la persecución de intelectuales ya había sido iniciada con anterioridad. A principios de febrero habían sido expulsados de la academia Käthe Kollwitz y Heinrich Mann, después de haber hecho un llamamiento a los trabajadores alemanes para oponer resistencia al fascismo. Después del incendio del Reichstag -27 de febrero de 1933-, se habían producido detenciones masivas. Entre los detenidos figuraban Ludwig Renn, Erich Müsham, Egon Erwin Kisch y Carl von Ossietzky.

Müsham sería asesinado en 1934, en el campo de concentración Oranienburg, por las SS. Ossietzky, redactor jefe de la prestigiosa Weltbühne -revista marcadamente pacifista, y antifascista, que gozaba del especial odio de los nazis-, moriría a consecuencia de las torturas a las que había sido sometido durante su estancia en un campo de concentración, poco después de que, en 1936, le hubiese sido concedido el Premio Nobel de la Paz, premio que Hifler le había prohibido aceptar.

Las expulsiones de la academia siguieron. En marzo fueron expulsados Thomas Mann y Alfred Döblin. Después, Franz Werfel, Leorihard Frank y Bernhard Kellermann. Muchos se exiliaron, otros sucumbieron en cárceles o campos de concentración y otros se suicidaron, como Ernst Toller, en 1939, en su exilio de Estados Unidos, y Walter Hasenclever, este último en Francia, poco después de comenzar la guerra. Esta suerte no sólo afectó a escritores, sino también a actores, directores de teatro y cine, compositores, pintores, escultores, arquitectos, médicos y científicos. Sus puestos fueron ocupados en Alemania, en los doce años siguientes, por artistas y científicos de segunda y tercera categoría, oportunistas deseosos de hacer carrera. Y aunque todavía no se sabe demasiado sobre el exilio, y mucho menos sobre el exilio interior, lo que sí se puede decir es que en estos años la literatura alemana se escribió fuera de las fronteras de Alemania.

Éste fue el triste resultado de la unificación en el terreno cultural. Heinrich Heine, el exiliado alemán más conocido del siglo XIX, ya había escrito: "Allí donde queman libros, quemarán, finalmente, también a seres humanos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de mayo de 1983