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Crítica:MÚSICA CLÁSICA

El gran arte de Aurora Nátola

Con el estreno del Concierto para violonchelo y orquesta número dos, de Alberto Ginastera, ha clausurado sus series de abono la Orquesta Nacional de España. Y al interés de la nueva obra se sumó la actuación de su destinataria, Aurora Nátola Ginastera, y del director chileno Maximiliano Valdés.Una primera audición de Ginastera constituye, en principio, un acontecimiento musical; pero en el caso del segundo concierto violonchelístico adquiere mayor significación, dado el valor de la importante partitura, una de las mejores salidas de la invención del músico argentino en su etapa de madurez.

El fin último del concerto, y podríamos decir que de la producción total de Ginastera, es de puro orden estético, como intencionalidad y humano-expresivo, como inevitabilidad. El hombre, su pensar poético, su sentir sereno, su mirar y su recordar, se asoma por los pentagramas ginasterianos desde sus primeras composiciones.

Obras de Ginastera y Mahler

Orquesta Nacional. Director: Maximiliano Valdés. Solista Aurora Nátola Ginastera. Teatro Real, 29 y 30 de abril, 1 de mayo.

Un valor simbólico

En las más recientes -y el concierto adquiere, por ahora, valor simbólico de todo un estilo creador- adquieren último sentido trascendente. Ya en el amplio primer tiempo (Metamorfosis de un tema), la imaginación se despliega a través de una verdadera selva musical habitada por aves andinas, coloreada por vivas tonalidades que, sin embargo, se filtran y estilizan hasta el máximo.

Como Falla, Ginastera parece obedecer al deseo de evocar, entre otras cosas, la impresión que siempre le produjo un tema que se uniría en su biografia a la voz del violonchelo, la voz musical de Aurora Nátola: me refiero al lied del tiempo lento en el segundo concierto de Brahms; a su vez, de procedencia popular alemana. Más que metamorfosis es mero, aunque hondo, punto de partida para una larga invención.

Otro concepto poético: el que anima el tercer tiempo, Nottilucente; esto es, la nocturnidad cruzada de nubes y encendida por la luz lunar hasta tornarla clara y vibratoria.

Ginastera ha trasladado la impresión a sus pentagramas a través de una teoría fisica y emocional de bellezas, en las que -como sucede en todo el concierto- quedan asumidos siglos de evolución musical, desde girones precolombinos hasta las más recientes tendencias.

Lenguaje natural

Después, el compositor habla con naturalidad en su lenguaje y con su acento. Es en ese momento justo cuando puede aludirse a una definitiva madurez, no ya alcanzada, sino superada por el compositor de Buenos Aires.

La espléndida y original cadencia -formidable homenaje a Aurora Nátola y a su poderío violonchelístico- es tan sustancial como el aéreo scherzo; el vivo final renueva la biografía del Ginastera más racial, al jugar sutilmente con algunos elementos populares, paisajísticos y acústicos de Latinoamérica dentro de un espíritu exultante.

Aurora Nátola tocó su concierto de manera prodigiosa: su técnica mecánica, su sonido cálido y pujante, su extraordinaria y casalsiana flexibilidad de arco se unieron a las vivencias que unen intérprete y obra, con lo que aplaudimos un estreno fuera de serie.

A ello contribuyó en alto grado el estupendo director Maximiano Valdés, una batuta en alza mundial, que a su técnica fácil une una seguridad de conceptos, una inteligencia y una sensibilidad que se acusaron con esplendidez tanto en Ginastera como en la Primera sinfonía de Mahler. ¡De cuánta vana retórica la despoja Valdés!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de mayo de 1983