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Entrevista:Entrevista con el ministro de Defensa israelí / 1

Ariel Sharon: "Hemos aplastado a los palestinos"

Mientras que el Gobierno israelí daba finalmente su consentimiento para levantar el bloqueo de Beirut, el ministro de Defensa, Ariel (Arik) Sharon, concedió su entrevista más extensa y más completa sobre la guerra a la escritora y periodista italiana Oriana Fallaci, La primera parte de la conversacion está dominada por la guerra de Líbano. Sharon rechaza el término invasión, prefiere hablar de "operación" y se niega a considerar como combatientes a los hombres de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), a quienes trata reiteradamente de asesinos y cobardes. Afirma que él nunca quiso entrar en Beirut, quita importancia a las críticas norteamericanas y no comparte la opinión de que los palestinos han sido políticamente los vencedores de esta guerra. "El Ejército israelí, verdaderamente, es una máquina potente. Políticamente les hemos aplastado", dice Sharon.

Pregunta. Ha terminado la primera parte de su guerra, general Sharon: los hombres de Arafat han salido de Beirut. Sin embargo, lo han hecho con las cabezas bien altas, después de resistir ante el potente Ejército israelí durante dos meses y medio y en medio de una simpatía internacional que antes no existía. Sin olvidar que habían sido los primeros en invadir Líbano y adueñarse de él, todos reconocen ahora su derecho a tener su patria. No sin motivo habla Arafat de una victoria política. No sin motivo afirman muchos que políticamente le hizo usted un favor. ¿Es eso lo que usted perseguía?Respuesta. Yo les quería expulsar de Beirut y de Líbano, así que he conseguido plenamente lo que quería. Arafat puede decir lo que quiera; es igual. Lo que cuenta son los hechos y sus consecuencias para el futuro. Quizá crea en serio que ha conseguido una victoria política, pero el futuro le demostrará que su derrota ha sido precisamente política. No militar, política... Si yo tuviera que analizar esta guerra como si fuera Arafat, no la consideraría como derrota militar. El Ejército israelí es verdaderamente una máquina potente, los terroristas de la OLP eran sólo 10.000, incluyendo a los sirios, y a estos 10.000 fueron a los que presionamos en gran manera. Está políticamente aplastado; y le diré por qué: su fuerza consistía en ser un foco de terrorismo internacional y ese foco solamente podía existir dominando a un país donde se había instalado un Estado dentro de otro Estado. Eso era Líbano. Desde aquí operaban por todo el mundo. Ahora que han tenido que dispersarse por ocho países distintos, desde Argelia hasta Yemen, desde Irak hasta Sudán, no tienen la menor posibilidad de repetir lo de antes. Ninguna posibilidad.

Anoche me llamó Henry Kissinger y me dijo que en esta región comienza una nueva era. Se abren nuevos caminos para solucionar el problema palestino. Dijo que Israel cuenta con un período de tiempo de unos doce a dieciocho meses para encontrar tal solución antes de que se recupere la OLP.

P. Así pues, Kissinger también se da cuenta de que la OLP no está destruida. No lo está, general Sharon. Arafat ha tenido su pequeño Estalingrado; al mundo le ha conmovido esta guerra tanto como a usted le ha irritado por el sitio de Beirut; se ha deteriorado el entendimiento entre Israel y EE UU... Puede que haya ganado, general Sharon, pero me parece que la suya es una victoria pírrica.

R. Se equivoca: primero, porque no ha disminuido la simpatía por Israel y, aunque procuramos conservarla, cuando está en juego nuestra seguridad podemos pasarnos sin ella; en segundo lugar, porque no se ha alterado el entendimiento con los americanos. Es verdad que hemos tenido agrias discusiones con ellos, fuertes presiones. Antes del comienzo de la guerra no logré que se identificaran con nuestros intereses ni con nuestros propósitos. No obstante, ahora comparten nuestros programas y están de acuerdo en todo.

P. Se le ha dado un tono digno a la salida de la OLP de Beirut. Unas cuantas lágrimas, sí; disparos insignificantes, de acuerdo. No obstante, salieron con sus uniformes, sus banderas, sus kalashnikov. ¿O usted sólo sintió desprecio cuando les vio salir con sus prismáticos desde los altos de Bab'da?

R. Sentí lo que dice la Biblia: "No te regocijes cuando caiga el enemigo". Pues aun cuando fueran asesinos, y lo son aun cuando fueran criminales, y lo son, aun si fueran violadores, y... ¡No me interrumpa! ¡Déjeme responder lo que quiera! Aun si fueran violadores, he dicho, canallas violadores, serían seres humanos. Pero no utilice la palabra salida. Ha sido una expulsión. Podría llamarse evacuación si hubiéramos aceptado las condiciones de los terroristas, por ejemplo, nuestra retirada de Beirut. Han sido ellos, por el contrario, quienes han aceptado lo que nosotros queríamos. Así que se trata de una expulsión.

P. Si usted lo dice... Pero habría que hacer un paréntesis. ¿Por qué les llama terroristas? Un terrorista es quien siembra el terror entre los indefensos, por ejemplo entre los ciudadanos que caminan tranquilamente por la calle. O quien dinamita un coche, un autobús, un edificio, y sin duda que la OLP ha cometido muchos crímenes detestables de este tipo. Pero no en Beirut. En Beirut han sido soldados los que se han enfrentado a ustedes. Cañones frente a cañones, artillería frente a artillería.

R. Me recuerda usted al embajador Habib, que contenía la sonrisa cada vez que pronunciaba la palabra. combatientes: conocía mi reacción de antemano. No, señorita. No eran combatientes, ni siquiera en Beirut. Cuando uno entra al quirófano de un hospital en el que los médicos tratan de salvar a un enfermo, y se desconecta la mascarilla de oxígeno, y se le obliga a levantarse para atender a los propios heridos, no se es soldado. Se es un terrorista, un asesino.

Los sirios no se comportan así, ni los jordanos, ni los egipcios. Los asesinos de Arafat, sí. Siempre. Desde siempre. Teníamos docenas de instalaciones militares en nuestras fronteras con Líbano. y sin embargo nunca las atacaron. Siempre mataban a los niños, a las mujeres, a los ancianos. ¡Cobardes! Pídame cualquier cosa menos que les llame soldados.

P. La cuestión es que usted utiliza la palabra terrorista como insulto. Bien. ¿Pero no eran ustedes lo mismo cuando combatieron contra británicos y árabes para crear el Estado de Israel? Los Irgun, los Stem, los Haganas, ¿no eran organizaciones terroristas? La bomba con la que Beguin mató a 71 personas en el hotel Rey David de Jerusalén, en 1947, ¿no fue un acto terrorista? Incluso Beguin lo admite. Hace algún tiempo, en una cena que se le ofreció en Nueva York, se levantó e inició su discurso con estas palabras: "Soy un ex terrorista".

R. La organización que dirigía Beguin no atacaba a los civiles. Beguin hizo cuestión de honor el que sus hombres no atacaran a los civiles. La bomba del hotel Rey David iba dirigida a los militares británicos, y la responsabilidad por esas muertes recae en el alto comisionado británico. No éramos terroristas, éramos luchadores por la libertad y luchamos contra la ocupación británica.

P. Pero los soldados de Arafat también se autodenominan luchadores por la libertad y dicen asimismo que luchan contra la ocupación israelí. Dígame, ¿no se arrepiente de no haber entrado en Beirut y haber liquidado a todos? Incluso como general, ¿no se encuentra insatisfecho.?

R. Mire, ya todos saben que en enero fui secretamente a Beirut a fin de estudiar la situación. Siempre lo hago; es decir, siempre me preparo debidamente. Detesto la improvisación. Así que fui, estuve dos días y una noche, caminé por la ciudad hasta llegar al puerto, donde charlé con la gente, luego me detuve en lo alto del edificio que está en la divisoria de la parte occidental y la oriental y observé Beirut con detenimiento. Por último, me volví a la persona que viajaba conmigo y le dije las mismas palabras que luego dije al primer ministro Beguin a mi regreso a Jerusalén: "Si llega el momento de invadir Líbano, quisiera evitar tener que entrar en Beirut". ¿Sabe por qué? Porque, aun ocupada por los sirios y por los terroristas, Beirut seguía siendo la capital. Una capital habitada por cientos de miles de civiles. Señorita Fallaci, afirmo solemnemente que nunca quise entrar en Beirut, a menos que fuera absolutamente imprescindible. Y créame, si hubiera estado convencido de que teníamos que entrar en Beirut, nada me habría detenido. Con democracia o sin ella: habría entrado, aunque a mi Gobierno no le hubiese gustado. Quiero decir que les habría convencido. Y lo habría hecho.

P. Entonces, ¿por qué se esforzó tanto? Durante la etapa final del bloqueo yo estuve allí, general Sharon, y me fijé bien. Sus hombres morían por conquistar cien metros, cincuenta metros, veinticinco metros. Y no avanzaban.

R. Señorita, yo no miento. Desde un punto de vista militar podríamos haber penetrado en cualquier momento. Todo estaba planeado, en caso de que hubiera sido necesario. No olvide que nuestro Ejército es de los mejores del mundo, que hemos luchado contra casi todos los países árabes, que tenemos gran experiencia.

P. Pero no la experiencia de luchar en una ciudad casa por casa. General Sharon, ¿me equivoco o uno de los motivos por los que no entró fue el que esto le habría costado demasiados hombres, pongamos mil por caso?

R. Mirándola a usted de frente le respondo que no, no, no, no. En primer lugar, no habríamos tenido tantos muertos, ni siquiera una cifra que se le parezca. Como el jefe del Estado Mayor dijo a Beguin, habríamos tenido algunas docenas de muertos tan sólo. En segundo lugar, nos detuvimos porque sabíamos que la OLP había decidido irse. Señorita Fallaci, Beirut no es Estalingrado y la OLP no es el ejército rojo.

En Estalingrado, el ejército rojo luchó codo con codo junto a la población; en Beirut, por el contrario, los terroristas utilizaban a la población como rehenes. También en Estalingrado tanto el Ejército como la población luchaban hasta la muerte. Los terroristas de Arafat, no. Luchaban el mínimo necesario para dar la impresión de que lo hacían y nunca hasta la muerte. Nunca. Con frecuencia, ni tan Siquiera luchaban. De hecho sólo nos llevó cuatro días llegar a las afueras de Beirut desde la frontera, y la ocupación de Ouzai, Bourjel-Brajneh, los campamentos de Hagshalum, incluso del aeropuerto, nos, costó un número de bajas sorprendentemente escaso. Porque no, lucharon.

Este es otro de los motivos por el cual no les tengo ningún respeto, por lo que no respeto a Arafat. Respeto a los egipcios porque lucharon bien contra nosotros. A los jordanos, porque nos hicieron pasar momentos difíciles en Jerusalén. A los sirios, por la manera de hacernos frente en esta guerra, también. Pero no respeto a los hombres de Arafat porque son unos cobardes.

P. Veamos, pues. La razón por la que usted no entró en Beirut, ¿no sería porque los americanos no querían que ustedes entraran? ¿Me equivoco o ustedes no podían ignorar la cólera de sus aliados y protectores? Todos saben que el presidente Reagan se enfureció con ustedes. Sólo hay que ver la frialdad con que recibió a Beguin cuando éste se invitó a ir a Washington.

R. Beguin no se invitó a ir a Washington. Usted no conoce a Beguin. No pedimos permiso a nadie para ir a Líbano y seguir esta guerra, incluyendo a los americanos. ¿Les pedimos permiso para proclamar el Estado de Israel, para declarar a Jerusalén capital de Israel, para llevar allí al Gobierno y al Parlamento? ¿Les pedimos permiso para cruzar el canal de Suez, para la operación de Entebbe, para bombardear el reactor nuclear de Bagdad? Somos una nación independiente, tomamos las decisiones libremente; tenemos aliados, no protectores. No nos gustan los protectores. No nos gusta acatar órdenes. Por última vez: el motivo por el que no entré en Beirut fue por respetar la vida de los civiles.

P. ¡Por el amor de Dios, no diga eso! ¿Pero qué historia es esta? Ha bombardeado usted a esos civiles durante semanas de la manera más feroz, provocando incendios nunca vistos en una guerra, y sabe Dios que yo he estado en guerras, en todas las de nuestro tiempo. Durante semanas, les bombardeó desde mar, tierra y aire, y ahora viene usted con la historia de que quería ahorrarles unos cuantos cañonazos?

R. Es usted dura, muy dura. Sí, ya sé que ha estado allí y lo ha visto. Pero también sé que nunca hemos bombardeado a los civiles intencionadamente. La mayoría de

los bombardeos, y digo la mayoría porque la guerra es la guerra, se realizó donde los terroristas tenían sus bases y cuarteles. Es decir, al sur del Boulevard Mazra, en la zona de Falklani.

P. Recuerdo Coventry, en 1941; Berlín, 1945. Eso también lo vi. Pero usted no bombardeó sólo allí. También bombardeó el centro, las casas, hospitales, hoteles, escuelas, embajadas...

R. ¡No, no, no, no! Los atacamos porque se hallaban próximos a las instalaciones militares, convirtiéndose así en blancos. Bombardeamos porque los terroristas se escondían entre la población. Mire estas fotos aéreas: a 120 metros de la Embajada del Vaticano, una batería de morteros de 82 milímetros; a quince metros de la Embajada egipcia, una batería igual; a trescientos metros de la Embajada soviética, buena parte de la artillería pesada y artillería de alcance medio; a unas cuantas docenas de metros de las Embajadas de Japón y de Chile, de nuevo artillería pesada y de alcance medio; junto a la Embajada de España, un cañón de 130 milímetros. Tanques rodeando la Embajada americana. ¿Cree acaso que queríamos bombardear la Embajada americana, la Embajada egipcia y todas las demás?

P. Bien, de acuerdo. Pero yo podría responder a eso que en los últimos días en Beirut oriental también tenían ustedes sus tanques junto al hotel Alexandre y al hospital Hotel de Dieu. Así que todas las noches y todas las madrugadas aquello era un infierno de morteros y katiuskas palestinas. Pero debo admitir que en este punto tiene razón. Además, la OLP a veces hizo cosas peores. Ponían los cañones antiaéreos en los tejados de los hospitales. Pero no es esto el quid de la cuestión. Es la exageración, la desproporción de sus bombardeos. Cada vez que volaba un mosquito sobre Beirut le disparaban toneladas de metralla. Si no hubiera sido así, ¿cómo justificausted la indignación de todos los judíos del mundo y del presidente Reagan?

R. Con la exageración que usted pinta nuestra exageración. La misma exageración que se achacó al presidente Reagan. Sí, porque en cierta ocasión el presidente Reagan dijo que el símbolo de esta guerra era una niña con los brazos mutilados. Alguien había puesto en su escritorio una foto de una niña vendada como una momia, y así lo dijo. Bueno, fuimos a buscarla y la encontramos. No era una niña, era un niño; y no tenía amputados los brazos, sólo un brazo herido. Le habían vendado así porque...

P. General Sharon, si quiere usted pelea de fotos le puedo tapar con fotos de niños muertos o heridos por los bombardeos. Tengo una en el bolso. Pero no me apetece enseñársela.

R. Déjeme verla.

P. No, porque ni yo misma quiero volver a verla. Me hiere; me enfurece.

R. De todos modos deseo verla.

P. He dicho que no. No hace falta.

R. Que sí. Tengo que verla.

P. Muy bien, de acuerdo. (Abro el bolso y saco una foto. En ella se ve un grupo de niños muertos. Su edad es aproximadamente de uno, dos, cuatro y seis años. Lo más espantoso, no obstante, no es el hecho de que siendo tan jóvenes estén muertos; es el hecho de que estén materialmente hechos pedazos. Se ve que a uno, al más pequeño, le falta un piececito; al mayor, un bracito; se distingue una manita abierta, como solicitando compasión. Arik Sharon la mira, la coge y durante una fracción de segundo se le contrae el rostro, se le nublan los ojos. Inmediatamente recupera el gesto y me devuelve la foto.)

R. Lo... Lo siento. Lo siento mucho, muchísimo, de veras. Lo siento tanto que casi no me importa decirle que la foto se parece mucho a las de nuestros niños muertos en el kibutz por los terroristas de Arafat. Suceda donde suceda, cada muerte es una tragedia, y la muerte de un niño es una tragedia insoportable. Pero debe creerme cuando le digo que no hicimos éstas cosas a propósito, que hicimos grandes esfuerzos por evitarlas. Teníamos que convencer a los terroristas de que debían abandonar Beirut, y esto se pudo lograr únicamente con los bombardeos.

P. Entonces, ¿por qué siguieron con la matanza incluso cuando ya habían decidido la marcha? ¿Y por qué cuando se llegó al acuerdo, el 11 de agosto, gracias a Habib, ordenó usted el bombardeo más feroz de todos, de doce interminables horas, que causó casi seiscientos muertos?

R. Porque Arafat seguía jugueteando, engañando, mintiendo. Porque el mentiroso se burlaba de nosotros. Nunca se puede confiar en él, nunca se puede confiar en ellos. Viven de la astucia y nunca cumplen su palabra, sus acuerdos. No lo hicieron ni siquiera durante la evacuación. Habían accedido a dar sus nombres, por ejemplo, y no lo han hecho. Habían accedido a no ocupar camiones y jeeps, y lo han intentado. El 11 de agosto aún exigían que nos retiráramos de Beirut para que nos sustituyeran las tropas internacionales. Así que los bombardeé, y de que manera... Pero dio resultado. A la noche siguiente, es decir, la noche entre los días 12 y 13, aceptaron nuestras condiciones y yo paré.

P. ¿No paró usted porque su propio Gobierno le paró a usted?

R. Señorita Fallaci, esos bombardeos no han sido una iniciativa personal de Arik Sharon. Fueron decididos y aceptados por el Gobierno. Así, cuando el primer ministro y todo el Consejo de Ministros decidió detenerlos, el Gobierno puso fin a lo que el mismo Gobierno había decidido y aprobado. Esta guerra no es mía, no es la guerra de Sharon como dijo usted al principio; es la guerra de Israel.

P. Sin embargo, fue Sharon quien la concibió, quien la soñó, quien la quiso, quien la preparó y quien la dirigió en todos sus detalles. Y, por hacerlo a su manera, no vaciló en irritar a sus aliados. General Sharon, ¿por qué el nuevo secretario de Estado americano, George Shultz, se negó a recibirle y uno de sus ayudantes dijo que la presencia del ministro de Defensa Sharon, no era grata en Washington?

R. Así se ha dicho, en efecto. Sin embargo, unas cuantas horas más tarde el portavoz de Shultz dijo que no era cierto y que el ministro de Defensa Ariel Sharon era bien recibido en Washington, y que sin embargo era mejor mantener los contactos a través del embajador Habib. Además, yo nunca pedí ser invitado a ir a Washington. Ni por el presidente Reagan, ni por el ministro de Defensa Weinberger, ni por el secretario de Estado George Shultz. Y bien sabe Dios si a mí me preocupa el conocer a Shultz. Era Beguin el que quería que fuera yo a Washington a entregar personalmente al Gobierno americano información sobre lo que sucede, en esta parte del mundo. Así que él solicitó la visita a través de nuestro embajador en EE UU. Hay que decir la verdad...

P. Entonces, ¿cómo justifica usted las iras que ha provocado entre los americanos durante el curso de esta guerra?

R. Por el miedo a que fracasara esta formidable empresa. La duración de la guerra preocupaba a los americanos enormemente. No querían entender que duraba precisamente porque yo me resistía a entrar en Beirut. Sepa usted que Líbano, es un asunto muy complicado. En Líbano no sólo están los libaneses y los terroristas de la OLP. Están también los sirios, los soviéticos y... ustedes, los de los medios de información. Ustedes se han convertido en un factor decisivo en lo concerniente a la evaluación de los hechos.

El presidente de EE UU debe cuidar la opinión pública, si se tiene en cuenta que ha de afrontar las elecciones de noviembre... Sin embargo, yo no dramatizaría la irritación de los americanos. Nuestra alianza con ellos se basa en intereses recíprocos, y los americanos lo saben. Israel ha contribuido a la seguridad de EE UU en la misma medida que EE UU ha contribuido a la seguridad de Israel; así que no tiene importancia que surja alguna riña.

P. En otras palabras, ustedes les necesitan tanto como ellos a ustedes. ¿Pero cuándo les informó exactamente sobre sus intenciones de invadir Líbano?

R. Aparte de que no me gusta la palabra invasión, prefiero la palabra operación, yo, nunca informé a los americanos de que invadiría Líbano. Nunca discutí planes con ellos, ni horarios, ni programas. Pero desde hace casi un año, es decir, desde septiembre, pasado, llevo discutiendo con ellos la posibilidad de que podría llevarse a cabo la operación. Lo discutí en varias ocasiones con Alexander Haig cuando vino a Oriente Medio, lo discutí con Weinberger cuando fui en noviembre del año pasado, lo discutí en varias ocasiones con el embajador Habib... Mire, para ser sincero, yo solía reunirme con Habib, Haig y Weinberger a fin de discutir el problema del terrorismo y la OLP. Nunca tuve secretos para ellos, nunca les oculté nada.

P. ¿Y qué le contestaron? ¿Cómo juzgaron su proyecto? ¿Le dijeron alguna vez "con ese proyecto se arriesga a comenzar la tercera guerra mundial"? Por cierto, ¿nunca se hizo usted esa misma pregunta?

R. Desde luego, habíamos ya considerado las posibilidades de una intervención soviética y las habíamos examinado con los americanos. Sabrá usted que nosotros también tenemos nuestros servicios de inteligencia, y que son muy buenos. Habíamos llegado a la conclusión de que los soviéticos no intervendrían en absoluto.

P. Sin embargo, Alexander Haig consideraba insensato todo el asunto, según ha dicho uno de sus ayudantes.

R. ¿Insensato? No recuerdo esta palabra. Nunca la dijo nadie. Estaban en contra, ¿no? Absoluta, totalmente en contra. Esto debo admitirlo. Aunque conocían la situación y cómo se iba deteriorando, no querían admitirlo. Recuerdo que una y otra vez repetían esta frase: "¿Para qué quiere usted esta guerra?". Luego dijeron que si se hacía algo sería en proporción a los actos de terrorismo; nada más.

P. General Sharon, yo le hago la misma pregunta, ¿para qué quería usted esta guerra? ¿Dónde estaba la amenaza inmediata, la situación nueva que hiciera peligrar su existencia? No lo entiendo. Nadie lo entiende.

R. Habla usted como ellos. Habla como Alexander Haig cuando dijo: "¡Conténganse! ¡No contesten a las provocaciones!". Un día perdí la paciencia y pregunté a Habib lo que ya había preguntado a Habib y ahora le pregunto a usted. ¿Dónde está la provocación cuando se trata de judíos? ¿Es una provocación cuando asesinan a un judío en un campo o en la calle, es eso una provocación suficiente? ¿O quizá que mueran dos? ¿No son suficientes? ¿Cuántos entonces? ¿Tres, diez, quince? Y si un judío pierde sólo la pierna o los ojos, ¿es suficiente? ¡Dígame lo que es suficiente!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de septiembre de 1982

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