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Tribuna:

El fantasma para el progreso

El 13 de marzo de 1961, el presidente de Estados Unidos John F. Kennedy reunió en la Casa Blanca a los miembros del Congreso y al cuerpo diplomático de los países latinoamericanos, para lanzar un proyecto espectacular. Lo llamó la Alianza para el Progreso, y estaba compuesto por diez puntos con los que pretendía resolver en un decenio el insondable drama económico, político y social de América Latina, y no tanto por compasión ante las injusticias seculares, sino como un emplasto de emergencia para cerrarle el paso a los vientos nuevos de la revolución cubana. La magnitud desmesurada del proyecto estaba resumida en aquel discurso del presidente Kennedy, cuyo aliento profético no tenía nada que envidiarle al Antiguo Testamento.Yo estaba aquel día histórico en la Casa Blanca, en mi condición de corresponsal de Prensa, y no podía menos que evocarlo una vez más y con más fuerza el pasado 24 de febrero, mientras escuchaba el discurso del presidente Ronald Reagan frente a la OEA.

La similitud de los dos discursos, con veinte años de distancia, es sorprendente, sobre todo, como una confirmación -una vez más- de que la historia sólo se repite en comedia. El presidente Kermedy, joven y apuesto, leyó su discurso con un acento juvenil de Harvard University. El presidente Ronald Reagan, masticando su acento de ranchero de California, recitó sin un solo tropiezo las diez páginas apretadas que llevaba en la mano, y a las cuales no dirigió ni una simple mirada de modestia. Pero no fue una improvisación. Varias horas antes, una copia del discurso había sido repartida a las agencias de Prensa, con la autorización de transmitir a sus clientes del mundo entero los párrafos más resonantes. La correspondencia exacta entre las líneas escritas y las líneas dichas por el presidente Reagan no podía explicarse, sino como una proeza en su interminable carrera de actor: se había aprendido de memoria un discurso de casi 3.000 palabras. Y no sólo lo repitió sin tropiezos, sino que supo darle el énfasis y hasta las tonalidades de duda de una improvisación. No lo digo como un reproche, sino todo lo contrario: como el reconocimiento a un anciano casi embalsamado, que, sin embargo, ha sido capaz de semejante aventura escolar.

La Alianza para el Progreso fue concebida como un programa de desarrollo social para oponerlo a la expansión soviética en América Latina. Kermedy lo dijo: "En este momento de máxima oportunidad enfrentamos las mismas fuerzas que han hecho peligrar a América a través de su historia, las fuerzas foráneas que una vez más pretenden imponer a los pueblos del nuevo mundo el despotismo del viejo mundo". Reagan, como si el tiempo sólo hubiera pasado para él, dijo: "Si no actuamos con urgencia y de un modo decisivo en defensa de la libertad, nuevas Cubas van a nacer de las ruinas de los conflictos que hay ahora mismo en la zona, vamos a encontrarnos con regímenes incompetentes, totalitarios, exportadores de la subversión y unidos militarmente a la Unión Soviética". Ambos presidentes se dieron golpes de pecho por los erirores de sus antepasados. "Permítanme ante todo admitir", dijo Kennedy, "que nosotros, los norteamericanos, no siempre hemos comprendido el significado de esta misión común". Reagan, por su parte, dijo: "No siempre hemos cumplido con estos ideales; hemos sido políticamente débiles en algunos momentos de nuestra historia, hemos sido económicamente atrasados, injustos socialmente o incapaces de: resolver nuestros problemas a través de medios pacíficos". Kennedy, conmovido por la lucha de los países de América Latina, nos llamó "compatriotas". Reagan fue más lejos: "En estos momentos, mi país está dispuesto a ser algo más que un simple buen vecino, es decir, a ser amigo y un hermano". Kennedy citó a Juárez: "La democracia es el destino de la humanidad futura". Pero no citó también otra frase suya que también hubiera sido adecuada: "El respeto al derecho ajeno es la paz". Reagan, con un cinismo admirable, citó a José Martí: "La humanidad está compuesta por dos tipos de hombres, los que aman y crean, así como los que odian y destruyen". Pero no citó otra frase que hubiera definido mejor la ideología de José Martí, en relación con Estados Unidos: "Viví en el monstruo y le conozco sus entrañas, y mi honda es la de David". Para concluir, Kennedy expresó su esperanza de que Cuba "se reincorpore a la sociedad de hombres libres, uniéndose a nosotros en un esfuerzo común". Reagan, pensando, sin duda, en Cuba y tal vez en Nicaragua, dijo que algunos países latinoamericanos se han aislado de sus vecinos latinoamericanos y de su propia herencia. "Que vuelvan a las tradiciones y los ideales comunes de esté hernisferio", dijo, "y todos los recibiremos con beneplácito".

Son demasiadas similitudes para ser casuales. Y son además descorazonadoras. En efecto, la Alianza para el Progreso pretendió fundarse en inversión de quinientos millones de dólares para el desarrollo social en todos los países de América Latina. El proyecto del presidente Reagan prevé una inversión de 350 millones de dólares para los países de América Central y el Caribe. Una suma risible en el mundo de hoy, que apenas si alcanzaría para aliviar la mortalidad infantil en Haití, que es una de las más dramáticas del mundo. El hecho de que el proyecto esté dirigido al sector continental que Estados Unidos considera corno el más amenazado por la expansión soviética, es también muy significativo: los gorilas del Cono Sur pueden dormir tranquilos.

Lo único sorprendente en el discurso del presidente Reagan fue el cambio de su estilo bravucón de vaquero viejo, por otro de apariencia evangélica que ha sido todavía más parecido al del presidente Kennedy. Pero esto no tiene por qué tranquilizarnos, sino todo lo contrario. Apenas un mes después de proclamada la Alianza para el Progreso, el propio presidente Kermedy autorizó el desembarco de la bahía de Cochinos, y apenas un año más tarde impuso a Cuba el bloqueo que cinco presidentes sucesivos han mantenido sin el menor asomo de piedad ni lucidez. Sin embargo, para vislumbrar lo que será el proyecto del presidente Reagan dentro de veinte años, basta con releer el párrafo angular del discurso del presidente Kennedy. "Si tenemos éxito", dice el párrafo, "si nuestros esfuerzos son audaces y resueltos, el cierre de este decenio", es decir, a finales de los años sesenta, "marcará el comienzo de una nueva era en la experiencia americana. Los niveles de vida de toda la familia americana se elevarán, la educación básica estará disponible para todos, el hambre será una experiencia olvidada, la necesidad de una ayuda exterior masiva habrá pasado, la mayoría de las naciones entrarían en un período de desarrollo con sus propios recursos, y aunque todavía quedará mucho por hacer, todas las repúblicas americanas serán dueñas de su propia esperanza y su progreso". Hay que creer que si el presidente Kennedy, en vez de ser víctima de una bala infame hubiera sobrevivido a aquella década de sus ensueños -que terminó hace once años-, tal vez habría tenido bastante sentido del humor para morirse de risa de su propio horóscopo de delirio.

Copyright 1982. Gabriel García Márquez-ACI

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 1982