CINE

Los rostros de la heroína

Una chica de trece años se aburre en la sucia y fea casa en la que vive casi desde que nació. Su madre, unida a un nuevo hombre, aprovecha el tiempo de su madurez para vivir lo que antes había olvidado. Cristina, pues, se lanza a la calle en busca de diversión. Se enamora y descubre la heroína.A partir de ese momento la película entra en una muestra documental de los sistemas de compra y consumo de la droga, de la descomposición física que sufren los consumidores, de su angustia por no poder escapar de ella. La crónica de Ulrich Edel tiene, en ocasiones, ramalazos moralistas, rápidamente superados. En este sentido, Yo, Cristina F. se transforma en un fiero testimonio al que no se le puede negar verosimilitud. Su sistema de rodaje, la dirección de actores, la localización de decorados tienen coherencia y eficacia. Hay, esporádicamente, algunas muestras de desagrado en la sala entre un público que no conocía lo que iba a ver.

DIEGO GALAN

Yo, Cristina F.Director: Ulrich Edel. Guión: Herman Weigel. Fotografía: Justis Pankau y Juergen Juergues. Música: David Bowie. Intérpretes: Natja Brunckhorst y Thomas Haustein. Alemana, 1980. Drama. Locales de estreno: Rex, Luchana 1, Carlton.

Lo cierto es, al margen de lo que cada cual piense respecto a la heroína, que Edel ofrece un espectáculo sórdido, siniestro, impresionante. Ha conjugado con inteligencia todos los datos que le ofrece la novela en la que se inspira, escrita por Kai Herrman y Horst Rieck.

El se refiere al Berlín Occidental. Ha aprovechado de sus exteriores los aspectos negros, marginados; en ese telón de fondo la historia adquiere detalles que acompañan la emoción. Se puede entender a Cristina F., o despreciarla, o enternecerse con ella. Su historia de amor tiene los matices de una pasión. Por ella, Cristina avanza en el consumo de la droga dura; para obtenerla se prostituye; por defenderla intenta escapar. La joven actriz Natja Brunckhorst es un ejemplo de sensibilidad o quizá su director un maestro en la utilización de actores. En cualquier caso, la expresividad de la chica sintetiza el avance dramático de la historia; hay momentos antológicos.

Yo, Cristina F. bordea en todo momento un cierto afán ejemplarizador. Es evidente que ha querido comunicar a un público adolescente el peligro que puede correr al entrar en la mecánica del consumo. Los censores de nuestro país no han entendido esa disposición y han concluido que los españoles menores de dieciséis años no deben conocer la película. Parece obvio, sin embargo, que la posible polémica que el filme puede despertar tiene a sus interlocutores más válidos entre el público de esa edad.

Edel ha querido incluso aprovecharse de esa audiencia ofreciendo una actuación en directo del cantante David Bowie, a quien da publicidad de forma descarada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 13 de enero de 1982.

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