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TRIBUNA

Una mística con los pies en la tierra

La ambigüedad que entraña el concepto de experiencia religiosa (J. Mouroux, W. Kasper) queda despejada en el caso de Teresa, a quien reconocen los estudiosos el hecho de haber clarificado la mística cristiana. Parece cierto que ella es, a lo espiritual, lo que Aristóteles al pensamiento griego o Tomás de Aquino a la teología medieval. Los teresianistas admiten sin reservas que leyó los libros más representativos de la espiritualidad del siglo XVI, así como otros de no menor importancia de la antigüedad cristiana y del medievo, traducidos por mandato de Cisneros. La fuente primordial de su doctrina, sin embargo, se encuentra en la Biblia y en su experiencia religiosa.Acerca de esta última, y más en concreto del Problema místico, manifiesta su pensamiento en no pocos pasajes, pero lo hace expresamente en dos capítulos admirables. Ellos solos hubieran sido suficientes para inmortalizarla. Me refiero al vigésimo segundo de Vida y al séptimo de sextas Moradas, que constituyen la clave de lectura de todos sus escritos.

Después de no pocas lecturas y múltiples encuentros con los grandes teólogos de entonces llegó a hacerse una idea muy precisa de cuanto nensaban acerca de la espiritualidad los especialistas de aquel tiempo. La reflexión y meditación pertenecen a los principiantes, mientras que la contemplación pura es privilegio de los perfectos. Como podrá apreciarse, nos hallamos en pleno neoplatonismo, infiltrado a través de Agustín y el seudo-Dionisio. Teresa rechazará de plano todo este planteamiento. Algunos autores actuales creen que ella no formuló con exactitud la opinión de sus adversarios. En su día le dijeron algo parecido. Dice ella: «Esto es una cosa que escribí largo en otra parte, y aunque me han contradecido en ella y dicho que no lo entiendo, a mí no me harán confesar que es buen camino» (6-M, 7,5). Mi parecer es que formuló la opinión de los espirituales con precisión.

Para Teresa, la mística es la vida cristiana en su máxima intensidad. No partirá de ninguna concepción ajena al Evangelio sobre la bondad o maldad de las cosas, sino del hecho cumbre de la humanización de Dios (Jesucristo). A esa luz leerá el entero proceso religioso. Mística no es perderse estáticamente en la divinidad, sino entrar en comunión con el Resucitado y su historia precedente. Escribe: «Porque les parece que, como esta obra (la contemplación) toda es espíritu, que cualquier cosa corpórea la puede estorbar... Esto bien me parece a mí algunas veces..., mas que entre en cuenta este divino cuerpo (el de Cristo) con nuestras miserias... no lo puedo sufrir» (V 22, 1). Apoyada en la Biblia y en su experiencia, mantendrá la continuidad de lo humano de Cristo en todo el proceso y cristificará la mística de tal manera que donde los demás ponen Dios, ella pone Cristo, donde los otros dicen abstracción en la divinidad, ella, inmersión en Cristo resucitado y en su historia prepáscual. El cambio de perspectiva es total, y sus denivaciones, innumerables.

Desde la cristología desciende a la antropología y rechaza el vacío del entendimiento, tan común a la mística universal. «Yo no puedo pensar en qué piensan», escribe con gracejo, «porque apartados de todo lo corpóreo para espíritus angélicos es estar siempre abrasados en amor, que no para los que vivimos en cuerpo mortal...» (6-M, 7,6). La mística debe asumir lo corpóreo; dice: « Nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos liacer ángeles estando en la tierra... es desatino» (V, 22,10). Según Teresa, la aspiración suprema del cristiano no ha de ser la mística, sino la ética (el seguimiento). Así opinaba ella al finalizar su obra cumbre, las Moradas.

La religiosidad teresiaría es absolutamente contraria a toda forma de neoplatonismo y extraña al concepto clásico de mística-. Su concepciión de la experiencia cristiana empalma con los grandes teólogos del Nuevo Testamento -sus numerosas visiones de Cristo así lo comprueban-, entronca también, en parte, con la mística medieval italiana y, en sus intuiciones, es muy similar a la espiritualidad actual, derivada de la nueva cristología. Su pensamiento encaja mejor en nuestra comprensión de la vida cristiana que en la de su tiempo. Secundino Castro carmelita, es autor de Cristología carmelitana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de octubre de 1981