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La neumonía atípica y el aceite tóxico

La policía vigila los Almacenes Rael, de Alcorcón

Dos nuevas muertes, esta vez en Palencia, y posiblemente más de 10.000 personas afectadas por la enfermedad, constituyen el último balance de la neumonía atípica. Una epidemia cuyas causas, que tan misteriosas parecían en las últimas semanas, se relacionan cada vez con más fuerza con la distribución ilegal de aceite a granel. En las últimas horas se han producido requisas de aceite en Bilbao y Sevilla, y se han cerrado dos almacenes en Alcorcón (Madrid) y Valladolid. El descontrol de la venta ambulante y la indefensión del consumidor aparecen en estos momentos, cuando son ya veintinueve las personas fallecidas por la neumonía atípica y se desconoce el aceite tóxico que puede continuar en el mercado, en toda su crudeza y gravedad. Hoy, el causante de esta enfermedad parece ser el aceite, pero mañana podrían producirse otras epidemias misteriosas en base a la leche no envasada que se sigue vendiendo ilegalmente, a productos lácteos, helados, horchatas o refrescos. Las atenciones médicas han supuesto, hasta el momento, por otra parte, unos gastos aproximados a los 3.000 millones de pesetas como consecuencia de la neumonía atípica, sin contar los desembolsos indirectos de muchos particulares.

La policía vigila permanentemente los almacenes Rael, del poligono Urtinsa, de Alcorcón, en los que se expendía el aceite que las últimas hipótesis relacionan con la neumonía atípica. Los empleados y regentes de las naves próximas aseguran que el establecimiento tenía una vida comercial muy intensa: vendedores ambulantes provistos de furgonetas, carros de mano e incluso bolsas de viaje se surtían allí de aceite de oliva, soja o girasol para revenderlo en zonas distantes o próximas. Según algunos testimonios, un camión cisterna de gran capacidad reponía las existencias de los almacenistas cada dos o tres días.Los almacenes Rael ocupan la nave número once del polígono Urtinsa, un complejo de construcciones de techo piramidal, todas ellas destinadas a fines industriales. Bajo el rótulo Rael, almacén de aceites, hay unas grandes puertas marrones vigiladas por la policía, y ante ellas, algunas garrafas de plástico translúcido. Los vecinos conocen muy bien este tipo de envases de cuello estrecho, únicamente señalados por la inscripción cinco litros. «Son los utilizados por los almacenistas de Rael, unos comerciantes muy bien instalados. Disponen de cinco o seis grandes depósitos y de máquinas llenadoras y empaquetadoras. En esta zona del complejo es muy frecuente la imagen de los transportistas que acuden a llenar sus furgones de cajas y envases. Muchos otros pequeños vendedores llegaban con carritos de mano o, en algunos casos, con grandes bolsas. Los dos hermanos que atendían el almacén supervisaban todas las ope raciones de venta: a veces los hemos visto probar el contenido de las cisternas con ayuda de un cacito, tal como hacen los catadores de vínos».

Numerosa clientela ambulante

A primera vista, los almacenes tenían una envidiable vida comercial. Estaban respaldados por su numerosa clientela de vendedores ambulantes. Los más poderosos se distinguían fácilmente por sus furgones, y llevaban su cargamento a mercados de la capital o de otras provincias. Los ambulantes meno res sólo se aventuraban hasta lo grandes pueblos próximos o hacían sus ventas sin salir de Alcorcón. Cerca de la nave número 11, algunos curiosos respiran con cautela el aroma pegadizo de aceite que viene todavía de los grandes depósítos, y recuerdan algunas de las últimas ofertas que recibieron en sus propias casas. Todos ellos evitan dar sus nombres, porque la neumonía tiene ya una pequeña tradición de peste, y es un error mentar la soga en casa del ahorcado. «Hace sólo unos días rechacé en el bar de mi marido una oferta de varios bidones que me hacía una pequeña vendedora. Yo creo que la fácil salida del producto indujo a muchas personas sin empleo a dedicarse a la venta ambulante como ayuda familiar. Aquí, en Alcorcón era habitual la imagen del hombre del carrito y de las vendedoras, que llegaban con sus bolsas de mano llenas de garrafas».

Angustia en el vecindario

Casi todos los vecinos tienen ahora alguna pequeña historia de aceite sospechoso que contar. Hay amas de casa que juran haber eludido a vendedores ambulantes emboscados o que cayeron en la tentación de comprarles, pero se arrepintieron milagrosamente de hacer ensalada a última hora. «Mi madre», dice un recadero de comercio, «compró cinco garrafas hace algo más de una semana: ahora está angustiada, porque cuando quiso enterarse de que estaba contaminado habíamos consumido casi media. Por el momento, no tenemos síntomas de enfermedad. Estamos, eso sí, muy preocupados. Obsesionados, mejor dicho». A primeras horas de la tarde, un retén de policías nacionales releva a la dotación del zeta que vigilaba el almacén. En el centro del pueblo, todos piden las últimas cifras..Buscan residuos de aceite atípico en sus despensas y comienzan a acusar síntomas de intoxicación de rumores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de junio de 1981