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Entrevista:

Edgar Morin: "Quemé las naves, pero con una canoa me acerco a la vida contemporánea"

El pensador francés explica la evolución de su obra

Durante las dos últimas semanas, Edgar Morin ha presentado en diversas universidades españolas -Madrid, Barcelona, Valencia- el primer volumen, La naturaleza de la naturaleza, de su última obra, El método, que acaba de publicar la Editorial Cátedra. El periplo intelectual de Morin constituye una experiencia límite entre los científicos sociales actuales. Antropólogo, filósofo, analista de la cultura, sociólogo de la modernidad, comunicólogo, pensador social, pero, sobre todo, «testigo y actor de su tiempo», su lealtad a lo concreto, aliada a su postulación de lo general, hacen de su trabajo y de su presencia un caso único en la vida intelectual del vecino país.

Hoy, Edgar Morin explica la evolución de su obra y concluye afirmando que ha quemado las naves, pero que se ha quedado con una pequeña canoa, «con la que de cuando en cuando me acerco al continente de la vida contemporánea. Tal vez por ello, y por la extraordinaria ambición que representa El método -cinco volúmenes previstos y más de 3.000 páginas-, puede decirse que hoy, desaparecidos Sartre, Friedmann y Barthes, inutilizado Althusser e ingresados Lacan, Aron y Lévi-Strauss en el panteón de las glorias que se sobreviven, Edgar Morin, con apenas sesenta años, se sitúa en la punta de la vanguardia de los pensadores franceses. El libro que acaba de publicar J. B. Fagés, Comprende Edgar Morin (Toulouse, Privat, 1980), o el editado por la Universidad de Niza, Avec Edgar Morin (Aix-en-Provence, Edisud, 1980), son prueba de ello.Pregunta. Muchos piensan que en su producción hay dos fases claramente diferenciadas: una, que se caracteriza por su trabajo como investigador social y como analista cultural de la vida contemporánea, y otra, que se inicia en los setenta, con su estancia en el Instituto Salk de Estudios Biológicos (La Jolla, California), en la que su preocupación central es de tipo teórico y epistemológico y que se traduce en 1975 en El paradigma perdido: la naturaleza humana, y luego y hasta hoy, en los dos volúmenes ya publicados del Método. ¿A qué cree usted que obedece esa ruptura y cómo definiría la orientación que domina esta segunda fase?

Respuesta. No creo que exista tal ruptura, ni que pueda hablarse de dos maneras o fases absolutamente distintas en mi obra. Mire usted: ya en mi primer libro, El año cero de Alemania, lo que me planteo es la interrogación fundamental del destino de una comunidad al hilo de una crisis concreta, de unos aconte.cim lentos específicos. Quiero decir, que esa sociología de la contemporaneidad más actual me interesa en cuanto reveladora de la problemática radical del hombre. En esa misma línea, mi primera investigación importante, El hombre y la muerte, no es sino el intento de una antropología fundamental desde sus dos esquinas principales: la vida y la cultura, Pues, ¿qué hay más biológico y, a la par, más cultural que la muerte?

P. Pero, entonces, ¿cómo incorpora usted a esta búsqueda de lo fundamental su interés y dedicación a temas corno el cine, la industria de la cultura, etcétera?

R. En 1950 entro en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CNRS) de mi país y busco un ámbito de dedicación profesional. Mi ruptura con el partido comunista en 1951 me aísla tanto del medio social comunista como del burgués, y, al mismo tiempo que me convierte en un marginal, fragiliza mi vida cotidiana. Todo lo cual me lleva a evitar los temas peligrosos y conflictivos y a refugiarme en aquellos en los que nadie pueda sentirse particularmente aludido. De aquí el cine. Pero es que además el cine es el vehículo por excelencia de la mitogénesis contemporánea el gran soporte de lo imaginario en la sociedad actual. Mis libros El cine o el hombre imaginario y Las star son fruto de ese doble planteamiento. Ellos me hicieron descubrir la cultura de masas y la condición industrial de su estructura productiva.

P. Con todo, ¿no cree usted que puede decirse que su estancia en California, en su doble aspecto, existencial, del que dio cuenta en El Diario de California, y científico, representa un punto de deflexión muy importante en su actividad intelectual?

R. Mi experiencia californiana prolonga y profundiza mayo del 68 y, en ese sentido, El Diario viene a ser como la segunda parte de mi contribución a La brecha. En cuanto a mi orientación epistemológica y a mi voluntad de tener en cuenta el componente biológico del comportam lento humano y del acontecer social, creo que está inscrito en toda mi obra. En cualquier caso, en 1970, y antes de ir a California, formo ya parte del «grupo de los diez», que, animado por el doctor Robin, reúne a una serie de biólogos, cibernéticos, físicos, etcétera. Claro está que, por otra parte, la invitación de Jonas Salk me permite dar un gran paso, al estar en contacto durante todo un año con eminentes profesionales de la biología, al tener acceso al manuscrito, entonces aún inédito, de Monod El azar y la necesidad, y al descubrir la doble apertura de la biología, hacia abajo -la naturaleza, lo físico -y hacia arriba- el hombre, lo sociocultural.

P. Visto desde fuera, el cambio más importante que produce el Salk Institute en la vida de Edgar Morin no es ya el del tema de su reflexión, sino el, de su comportamiento intelectual. Al Morin presente indispensable en la intelligentsia parisiense, director de revistas, animador de colecciones, intérprete de modas, show-man de las ideas, salonard, si me permite la expresión, le sucede el estudioso de termodinámica y de teoría de sistemas, el eremita de Simiane y de Ménerbes, el hombre que renuncia a aparecer en la televisión y a escribir en Le Monde.

R. Tiene usted toda la razón. El paradigma perdido me hizo ver que una reflexión que hoy se quiere fundamental sobre cómo pensar tiene que asumir tanto la doble determinación bioantropológica y sociocultural como la inverificabilidad empírica de Popper y la indecidibilidad de Gödell y Tarsky, y que ello implica un trabajo en profundidad dilatado en el tiempo e incompatible con las solicitaciones de lo inmediato, con la continua movilización a que estaba sometido, tanto por los acontecimientos exteriores como por mis propias sacudidas interiores...

P. El método es, sin duda alguna, una obra a plazo largo. ¿Cuánto tiempo cree usted que podrá costarle el terminarla?

R. Cuando comencé, creí que diez años. Ahora llevo ya ocho y sólo he terminado dos de los cinco volúmenes previstos, de modo que no me atrevo ya a hablar de plazos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de abril de 1981