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Reportaje:

La bibliofilia, el mundo de las joyas de papel

Escaso presupuesto estatal para el patrimonio bibliográfico

Las recientes exposiciones bibliográficas presentadas en Madrid, el éxito de las ferias del libro antiguo y de ocasión, cuya próxima edición está prevista para el 5 de mayo, la aparición de nuevas librerías especializadas en Madrid, Oviedo Gijón y León y, en general, el incremento, del mercado de la bibliofilia, vienen señalando, de un tiempo a esta parte, un notable auge del interés por el libro bello, por el libro antiguo, en nuestro país.

«Habría que precisar en primer lugar», nos señala el editor Manuel Arroyo, «qué es la bibliofilia; yo creo que podríamos diferenciar entre la bibliofilia clásica; es decir, la encuadrada en el ámbito estricto del libro antiguo, bien hecho, primorosamente elaborado, y la llamada bibliofilia de edidiones facsímiles, ahora muy en boga».Existe, no obstante, en los círculos bibliófilos de Madrid, cuyo eje central son las llamadas «librerías anticuarias o bibliófilas», un marcado sentimiento de recelo, cuando no de desprecio, hacia las ediciones facsímiles. «Eso no es bibliofilia, es un mercado para nuevos ricos. Un mercado con una lista de clientes fabricada de antemano, a los que se convence de que esto es muy bonito y dentro de diez años se triplicará su valor actual», nos manifiesta el dueño de la librería Escalinata, de Madrid.

Luis Bardón, siguiendo una ya larga tradición familiar, lleva cuarenta años al frente de la madrileña Librería para Bibliófilos. «Quiero aclarar las diferencias existentes entre un bibliófilo y un bibliomaniaco. El primero jamás se limitará a una mera valoración fetichista del libro, sino que aunará la buena calidad del texto impreso con la calidad del material empleado, es decir, una cuidada encuadernación y una absoluta falta de erratas. Por el contrario, el segundo puede fijarse en un solo punto: libros que midan seis centímetros o encuadernaciones de idéntico color, por ponerse un ejemplo».

«Naturalmente», explica Luis Bardón, «para un bibliófilo, las ediciones más codiciadas son las llamadas ediciones príncipe, es decir, las primeras. En cuanto a las dedicatorias del autor, la verdad es que son muy difíciles de encontrar, quizá por ese motivo el precio no sube tanto como la gente suele pensar».

En materia de precios, el mutismo es general, «porque se ha exagerado una barbaridad en la Prensa». Sin embargo, grosso modo, se puede afirmar que no es ni mucho menos imposible hallar buenas ediciones a precios asequibles a casi todos los bolsillos.

«Actualmente, y pese a que el interés por la bibliofilia registre un auge continuo, el problema estriba en que cada vez es más difícil hallar un material verdaderamente interesante. Y paira colmo no estamos en Francia, en donde todos los días hay subastas, como la del hotel Drouot, en París», se lamenta Luis Bardón. Por el contrario, el propietario de la librería del Prado, especializada fundamentalmente en folklore y literatura de principios de siglo, no se muestra muy amigo de las subastas, «porque los precios se disparan; recuerdo que por un libro que yo estaba vendiendo a seiscientas pesetas se estaba pujando cerca de las 5.000».

El origen de las subastas públicas de libros hay que situarlo en la ciudad holandesa de Leyden, a principios del siglo XVII, imponiéndose rápidamente en Francia, país bibliófilo por excelencia, donde en 1691 es abierta al público la gran biblioteca del cardenal Mazarin, formada, en su mayor parte, por el bibliófilo francés Gabriel Naudé. Actualmente, en España vienen celebrándose del orden de unas dos subastas anuales, organizadas por Durán, si bien, la galería Ansórena está comenzando también a promoverlas.

La ley de 1972, que regulaba la exportación de los tesoros bibliográficos, ha supuesto un intento de contener la salida incontrolada del país de verdaderas joyas de nuestro patrimonio. «A pesar de lo cual», nos dice Justo García Morales, director del Tesoro Bibliográfico de la Biblioteca Nacional y uno de los más eminentes bibliófilos de nuestro país, «precisamente por ser este un negocio fructífero y de difícil protección, ha habido demasiadas salidas de España.

«Actualmente, la bibliofilia en España está cambiando, prácticamente ya han desaparecido aquellas sociedades de bibliofilia del siglo pasado, generalmente formadas por aristócratas que se reunían para hacer ediciones numeradas. En el siglo XIX, gracias a la desamortización, que facilitó a una burguesía en ascenso la adquisición del tesoro bibliográfico de la Iglesia subastado, se consolida el fenómeno bibliofílico en España, formándose así las grandes colecciones privadas».

La labor del actual director del Tesoro Bibliográfico tiene un claro exponente en las cuatro colecciones bibliofílicas que ha dirigido: Joyas bibliográficas, Torcurum, Reimpresiones bibliográficas y Bibliofilia social. La última de las cuales, nos cuenta, «me ha valido, más de una discusión, ya que para algunos bibliófilos mi intento de componer una bibliofilia, popular, es decir, crear cuidadas ediciones, a un precio asequible, era traicionar el espíritu de la bibliofilia».

«Esa es precisamente nuestra labor, facilitar a los españoles el inventario de todo lo que hay en España, fotocopiar índices enteros. Ya llevamos cuatro millones de fichas, en las que están reunidas las cuarenta o cincuenta mejores bibliotecas del país. En concreto, le diré que la Biblioteca Nacional posee la colección más completa del mundo del Quijote, incluyendo los ejemplares ilustrados.

«De todos modos», concluye García Morales, «el presupuesto que nos da el Estado es irrisorio, unos quince millones, y con eso no hay ni para empezar. Tengo aquí mismo todos los planos de los barcos de la Armada Invencible, y sólo eso supone diez millones de pesetas, y estamos asimismo a punto de perder la oportunidad de comprar una de las bibliotecas más importantes de España, la de Zabalburu Heredia Espinosa, de más de 22.000 volúmenes».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de febrero de 1981