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Reportaje:

Ciento veinte millones para salvar dos siglos de historia del Botánico

En otoño del próximo año, probablemente en octubre, el Jardín Botánico de Madrid volverá a abrir sus puertas al público, después de seis largos años de clausura, cuando se cumpla el bicentenario de su inauguración. Las obras de reconstrucción del pabellón Villanueva y de dos de las tres terrazas han empezado a mediados del pasado mes y, si nada lo impide, en un plazo de un año habrán concluido definitivamente. Francisco de Diego, quien desde hace un año dirige el Jardín Botánico, asegura que las obras van a suponer la vuelta al estado originario de todo lo que se encuentra dentro de las ocho hectáreas que ocupa el jardín.

La clausura al público del Botánico se produjo en 1974, debido a un evidente estado de deterioro y abandono. A partir de esa fecha, se suponía que se iban a iniciar las obras de reparación y acondicionamiento necesarias de una manera racional y lógica. Sin embargo, una larga cadena de desaguisados histórico-artísticos dieron pie para que algunas entidades culturales pusieran el grito en el cielo.Porque si la toma inmediata de medidas protectoras para todo el material recogido en el jardín fue algo que no planteó ninguna clase de dudas, lo que se hizo dentro del recinto, una vez cerrado, ha conseguido dejar boquiabierto a todo aquel que ha conseguido entrar en el mismo, ya que los efectos de las obras y maniobras han causado más destrozos que el famoso ciclón de 1886. Si éste supuso cuantiosas pérdidas del arbolado, lo que se hizo durante la clausura no sólo ha terminado con más de 4.000 especies botánicas, sino que ha sido una solemne bofetada estética al conjunto que Villanueva realizó.

Lo que fue y volverá a ser

Pero, para comprender los desaguisados cometidos durante estos últimos años, es preciso conocer cómo fue el Jardín Botánico, inaugurado en 1781 bajo los auspicios de Carlos III -del que no queda el menor recuerdo escultórico-, y en cuya instalación intervinieron el botánico Gómez Ortega y el arquitecto Villanueva. Ese diseño es precisamente el que el jardinero paisajista Leandro Silva y el arquitecto Fernández Alba van a intentar recuperar con la máxima fidelidad posible.

Eljardín, con las tres terrazas y el pabellón, forma un conjunto neoclásico único, del que la muestra más parecida está en Padua (Italia). El conjunto -delimitado por el paseo del Prado, calles de Espalter y Alfonso XII y Cuesta de Moyano- responde a un trazado hecho en función de un gran paseo principal dedicado al rey Carlos III, y que divide el jardín en dos grandes bloques. Perpendiculares a esta vía hay otros tres paseos, que sirven para hacer una división natural de las terrazas (grandes jardines en tres planos diferentes aprovechando los desniveles del suelo).

Las dos primeras terrazas (entrando por la puerta que da al paseo del Prado) recibieron un trazado neoclásico y están formadas por veinticinco escuelas botánicas -muestras de la flora nacional o internacional-, en las que se alternaban las formas cuadrangulares con las circulares. Cada una de estas escuelas rodea a una fuente hecha con piedra de granito, en la que se representa a un dios (el agua es el dios de la vida) y luego aparecen colocadas las distintas muestras botánicas.

Una de estas dos terrazas está ya totalmente reconstruida y en ella se han sembrado distintas especies que en otoño empezarán a florecer. Sin embargo, la primera terraza fue totalmente destruida y no hay ningún resto que recuerde el trazado original, porque fue precisamente en esta zona donde se intentó «obsequiar» a los madrileños con una pradera inglesa, de costoso mantenimiento y a todas luces inadecuada para el resto del conjunto.

Las dos terrazas neoclásicas están separadas por el llamado paseo de Rojas Clemente, en el que hay cuatro estatuas de los naturalistas Cavanilles, Lagasca, Clemente y Quer. En este paseo hay una hilera de cañaveral, plantada hace cuatro años cuando a la vista de las críticas surgidas sobre lo que se estaba haciendo dentro e Botánico se pensó en abrir solamente la primera terraza y cerrar el paso al resto del recinto con la hilera del cañaveral. Esta idea. nunca se puso en práctica.

La tercera terraza, situada en la parte alta del jardín, llamada «Terraza del Plan de la Flor» es posterior a las dos anteriores. Es de estilo isabelino y aquí se pierden las formas geométricas para dar formas más románticas a losjardines.

En el centro de esta última terraza, dedicada a las rosas, hay un gran estanque de forma circular, presidido por un busto de¡ naturalista sueco Linneo y, a ambos lados de él, dos fontines de granito en forma de estrella. Este estanque es el único que hay en todo el jardín -construido en el siglo XIX- y, en la recuperacion del conjunto, será ampliado hasta tres veces más de su dimensión actual, para poder introducir en él plantas acuáticas.

De esta tercera terraza no quedan en la actualidad ni rastros del diseño. Es más, con los movimientos de tierra que ha habido a lo largo de los años, la fuente se encontraba enterrada con medio metro de tierra. Para que los visitantes puedan acceder a ella está prevista la construcción de unas veredas quesirvan de acceso a la fuente.

Pabellón de Villanueva, futuro museo botánico

El pabellón Villanueva -anteriormente utilizado como invernadero- está en estos momentos difícilmente reconocible. Reducido a una nave ruinosa, el arquitecto Fernández Alba va a ser el encargado de devolverlo a su estado original. Para ello tirarán la planta superior, añadida en 1930.

El edificio quedará con una sola planta y todo su trazado responde a las típicas características neoclásicas: rectangular, con grandes ventanales. En la parte posterior de esta construcción se encontraba la famosa cátedra de Cavanilles, primera escuela de botánica de España. Las ruinas dejan ver un techo, terminado en forma de cúpula con vidrios, y es posible que el recinto sirva otra vez para la enseñanza de la botánica.

En el ala paralela se encontraba un semillero herbario y distintos servicios de investigación, de los que no queda el menor rastro y cuya reconstrucción no está prevista por el momento. El único invernadero que queda fue construido en 1960, con ayuda americana para la investigación, y actualmente alberga una interesante colección de plantas tropicales.

Las "obras" de los tres últimos años

En suma, tanto las tres terrazas como el pabellón Villanueva y la pequeña cátedra de Cavanilles, volverán a poder ser contemplados por los visitantes del jardín en su estado originario, pero dentro del recinto hay una serie de «obras», producto de estos dos últimos años, que van a desaparecer haciendo un claro favor a la estética deliardín.

Son las «obras» consecuencia del decreto de 1974, firmado por el entonces ministro Cruz Martínez Esteruelas, por el que se ordenaba la creación del Museo Goya dentro del jardín. La contestación al desafortunado proyecto pudo oírse casi inmediatamente después de ser conocido, sin ningún resultado concreto, como lo prueba la construcción de un muro-pantalla en las proximidades de la calle de Alfonso XII, además de un mamotreto-maqueta que se levantó en un extremo del jardín. La cantidad exacta de esta construcción no se ha llegado a aclarar, aunque se han barajado muchos millones. Lo cierto es que el Ministerio de Cultura, en un intento de expiar culpas, aporta 45 millones de pesetas para sufragar los gastos de la reconstrucción del pabellón Villanueva y de la terraza isabelina (los 44 millones que costará recuperar la terraza inferior los pagará el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organismo propietario del jardín).

Otra de las construcciones realizadas durante los tres últimos años y que ya está prácticamente eliminada es una pérgola para plantas acuáticas, con una cascada de veintiséis metros incluida, todo a base de veintiséis placas de metacrilato -cada una cuesta unas 60.000 pesetas-, que costó más de cuatro millones de pesetas y que ahora, por antiestética, ha sido desmontada. Algunas de las placas se aprovecharán para el museo y las restantes serán puestas a la venta, por si a alguien le pueden servir de algo.

Una tercera «obra» está siendo eliminada estos días por los obreros que trabajan en el jardín. Son unos caminos asfaltados que se construyeron sobre los entrañables paseos de arena y que eran más apropiados para que sobre ellos pasaran tanques que para que pasearan los visitantes. De hecho, los obreros están utilizando una enorme piedra para poder romper el hormigón y devolver al conjunto su aspecto tradicional.

Durante los últimos años, la pérdida de árboles ha sido tan triste como numerosa. Quienes ahora trabajan en el jardín no saben con certeza el número de ellos que ha podido desaparecer. Por un lado, las obras de estos años no han respetado debidamente los viejísimos ejemplares que allí vivían. Pero ha habido algún problema más. Alguno tan grave como la falta de presupuesto para llevar agua y regarlos, ya que el agua que alimenta al Botánico se paga el mismo precio que cualquier usuario. Considerando que el presupuesto anual del jardín es de tres millones de pesetas (para investigación e intercambios, además de mantenimiento), el pago de un millón de pesetas al año para agua ha llegado a ser un gasto dificil de afrontar.

Por si esto fuera poco, una «operación limpieza» realizada poco tiempo después de ser clausurado el Botánico y que fue realizada por expertos en la poda del naranjo, supuso lo que algunos calificaron de auténtico holocausto vegetal, sin respetar una de las colecciones botánicas más importantes de Europa, producto de constantes intercambios con diferentes países, especialmente con Suramérica.

Los viejos y grandes árboles aparecen ahora tristemente aislados. Junto a una zelcoba procedente del Cáucaso y que constituye el único ejemplar de la Península, hay un ciprés de doscientos años, olmeces de 120 años. También está un viejo olmo conocido por los jardineros como el pantalón, y que tiene la forma de esta prenda tendida al revés, o el abuelo, plantado en tiempos de Carlos III.

Sólo diez jardineros para el Botánico

El actual director del jardín, Francisco de Diego Calonge, se muestra entusiasmado ante la apertura prevista vara el próximo otoño. Para entonces, además de la entrada gratuita a los jardines y al museo que se ubicará en el pabellón Villanueva, proyecta establecer un aula cultural en la que se enseñe botánica a todas las personas interesadas (gruvos de estudiantes han solicitado reiteradas veces que se impartan estas clases). En estos cursillos se hablará sobre floricultura, podas, esquejes, injertos. Todo ello acompañado de conferencias sobre ecología vegetal y exposiciones públicas de dis

tinta naturaleza, sobre rosas, tulipanes, narcisos o cualquier clase de planta, dependiendo de la época del año de la que se trate. Es posible también que se regalen plantas medicinales a los que lo soliciten, como se hacía hasta 1963.

Pero para ello, el señor De Diego, asegura que es imprescindible que se cumplan una serie de condiciones. Una de ellas es algo tan elemental como el poder contar con un mínimo de veinticuatro jardineros (tres por hectárea), ya que los diez con los que se cuenta actualmente es un número claramente insuficiente.

Otro punto del que se queja el director afecta al exiguo presupuesto que reciben, ya que con tres millones anuales (uno para agua) quedan pocas posibilidades de entrar en la investigación y de fomentar los intercambios botánicos con otros países.

En este sentido, Francisco de Diego está estos días en conversaciones con el Icona, la diputación y el ayuntamiento. Hace cuatro meses, el alcalde le prometió verbalmente que podría contar con una ayuda de veinticinco millones de pesetas, que se invertirían en reconstruir los invernaderos. Sin embargo, el concejal de Saneamiento ha dado marcha atrás en la promesa municipal y asegura que no hay dinero para esas obras.

La biblioteca y el herbario del Jardín Botánico, también quedarán abiertos al público. El herbario posee la colección de flora más importante de España, además de un millón de pliegos. La biblioteca también es la más importante de España, tanto por los volúmenes como por sus archivos. Estos contienen láminas de incalculable valor, producto de las principales expediciones botánicas hechas a México, Colombia, Venezuela, Perú y Chile. Son láminas valiosísimas, hechas a mano, con colores naturales conseguidos a partir de pigmentos de las flores que representan. Aún hoy se encuentran perfectamente conservadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de septiembre de 1980

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