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Editorial:

Noche de ópera

DENTRO DE unos días -el 18 de abril- comenzará el llamado Festival de la Opera de Madrid: nueve óperas, con tres representaciones cada una, o sea, un total de veintisiete, que se repartirán a lo largo de más de sesenta días. No hay en Madrid teatro de ópera; el festival se celebra en el de La Zarzuela, que, siendo muy digno, no reúne condiciones suficientes de escenario, técnica y servicio. Las localidades, sin embargo, se van a vender a precios altos: 2.500 pesetas la butaca de patio para la primera representación; 2.000, para la segunda. No es fácil conseguirlas. Una gran parte del aforo está tradicionalmente repartida, sobre todo en la primera representación, gratuitamente, por el Ministerio de Cultura, con la generosidad con que el Estado administra siempre el dinero de los otros: autoridades, funcionarios, compromisos, amigos o pago de algunos servicios. Muchos de estos beneficiarios odian la ópera o son indiferentes: algunas butacas quedan desocupadas; en otros casos las regalan, a su vez, a amigos, parientes, servidores o compromisos. Otras localidades están reservadas a los viejos abonos, sostenidos tradicionalmente y generalmente renovados en cada festival -que algunos llaman abnegadamente «temporada de ópera»-; hay también posibilidad de abonos nuevos. Quedan, finalmente, algunas localidades a la venta, que a pesar de su precio son considerablemente disputadas. Sobre todo, las grandes noches: las que tienen como divos a Montserrat Caballé, a Plácido Domingo, a Victoria de los Angeles; tal vez, este año, a los visitantes de la Opera del Estado de Berlín, de la RDA, que traen sobre todo un Don Giovanni prometedor.Hace años se instituyó la tercera representación con una intención llamada «social» o de precios populares. Es una apreciación relativa: quinientas pesetas la butaca de patio. Se esgrime siempre que hay localidades «a 150 pesetas», que pretenden ser asequibles para todo el mundo. Considerando como todo el mundo al centenar escaso de personas de su aforo. Esta tercera, fuera de abono, está muy disputada: miles de personas pasan la noche en las filas en espera de que se abran las taquillas. Algunos contribuyen así a ganarse la vida: son revendedores. Los que consiguen entrar se quejan luego de que los cantantes no se «entregan» como en las de abono: no hay en el público críticos, músicos, compañeros y posibles empresarios. Esta apreciación no siempre es justa. Incluso hay cantantes que se encuentran más a gusto en la tercera: dicen que el ambiente, la esperanza del público, la afición musical es muy superior y les da mayores «motivaciones».

Toda esta descripción conduce a una simple reflexión: en la ópera el dinero público y el celo de la autoridad cultural va en busca de la brillantez, del espectáculo llamativo, de la ostentación. Como con otras formas de la música, del teatro, de la cultura en general. El Ministerio actual está exento de culpa, y hasta el anterior. Es una herencia que viene desde. hace diecisiete años, en que comenzó el festival. En todo ese tiempo, y aun antes, no se ha hecho nada por mejorar la infraestructura de la ópera. España exporta los mejores cantantes del mundo: no se ha intentado formar con ellos o parte de ellos una compañía nacional (el anterior director general de Música tenía ese proyecto: no se sabe qué ha podido ser de él). Todos los intentos para crear un teatro de Opera adecuado han fracaso, desde la ocasión perdida en la reconstrucción del Real al concurso abierto por la Fundación Mareh. Ultimámente se había pensado que la reconstrucción del Español podría tener ese sentido, mediante la expropiación de fincas colindantes. No se ha hecho por falta de dinero (todavía, que se sepa, no se ha terminado de pagar al contratista de la reconstrucción, y por eso el teatro permanece cerrado) y porque en realidad hubiera obligado a una ambigüedad de ese escenario ilustre en el teatro de verso y prosa: no se hubiera servido ninguno de los dos géneros. No se experimenta ópera nueva: los cantantes que salen de la Real Escuela, algunos excelentes, tienen que buscar su trabajo en el extranjero. No se estimula a los músicos, de los que hay tantos en España, a que compongan ópera de nuestro tiempo. Cuando se anuncia, al fin, un estreno en esta «temporada», es el de una partitura de Moreno Torroba (la de El poeta), ilustre y popular compositor de la más vieja zarzuela.

Una vez más hay que pensar que el dinero -mucho dinero- se emplea mal y a destiempo, y al servicio de una clase social más suntuaria que cultural. De la inocencia del actual Ministeno no hay duda en este caso: pero sería grato verle enunciar unos programas concretos e innovadores al respecto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de abril de 1980